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miércoles, 25 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 24. (Platón, 24c - 24e)

Comienza el examen de Meleto, el acusador que toma la voz por todos los que callan. No está solo en eso. Hace poco hemos visto que es un príncipe entre los poetas, y esta causa lo elevará, supone él al menos, un poco más todavía. Pero su alianza va más allá, respaldado por Ánito, por artesanos y políticos, y Licón, por oradores. Una tríada curiosa, asentada en la "poi-", que enfatiza la palabra y lo que se puede hacer con la palabra, reflejando el estado en el que se encuentra la democracia en Atenas. Como titular serviría: "Los poetas van a juicio." 

Haría falta comprender qué es un poeta y qué lugar, mítico todavía, ocupa. Una especie de enfrentamiento larvado entre el oráculo y la inspiración, la alteridad del oráculo y la inspiración interior, entre la visibilidad del oráculo de lo divino y la apropiación de ese misterio por los poetas. Pero no entraré en la cuestión, que hoy sería estudiada como una anticipación de lo trascendente y lo inmanente, por no hablar del alma o espíritu y la materia. De hecho, Sócrates ha repetido en diversas ocasiones que lo suyo ha sido un separarse de la investigación de la "physis", aunque no se disponga de palabras precisas para esta región evidentemente presente y tan poco atendida o confundida. El sometimiento del hombre antiguo a la naturaleza hacía ociosa esta otra cuestión y, quizá eso precisamente, fue lo que propició que fuera Atenas la cuna de la filosofía cuando ésta comenzaba a entrever un orden distinto en el mundo, que no se ocultaba tanto en los mitos cuando que había sido velado en ellos. 

La situación, en cualquier caso, pasa a ser un interrogatorio directo de Meleto justo después de desatar la oleada de indignación en la asamblea ante la evidencia de la ignorancia en la que están, en gran medida siendo presas fáciles de un discurso engañoso y diabólico, de una colección de calumnias contra Sócrates. 

Este interrogatorio tiene la forma propia de un diálogo común platónico. Aunque enuncia bien claro qué se va a tratar de esclarecer. Lo primero, sobre la educación de los jóvenes, o su corrupción. Nada más y nada menos que, como un bumerán, la acusación será contra Meleto, no contra Sócrates. Es él, en palabras de quien se defiende, quien verdaderamente corrompe a los jóvenes. No los educa, ni los beneficia. ¿Qué pruebas tiene Sócrates? Que Meleto habla bromeando, como un bufón, sin tomarse en serio lo que dice. De hecho, todo le da igual o nada le preocupa al que dice ser el más preocupado de todos y cabeza de todos ellos. Y pasa a la acción Sócrates.

Ven, Meleto, y dime: lo que más te importa es cómo llegarán a ser buenos los jóvenes, ¿no es así?

Es así. 

Hay que escuchar con claridad lo que ha ocurrido. Tesis y afirmación. Tesis en forma de pregunta y afirmación indubitable. Sócrates se hace pregunta para examinar la tesis que enuncia. Meleto no tiene ninguna pregunta. Luego no ha aprendido nada de Sócrates. Luego no ha aprendido su ignorancia. Si la tuviera presente y a la vista, preguntaría como mínimo algo de lo mucho concentrado en la tesis. Preguntaría por alguna de las partes de ese todo cerrado que suena con tanta contundencia. Qué puede preguntar. Casi cualquier cosa: sobre lo que importa, sobre el modo, sobre el devenir, sobre la bondad, sobre los jóvenes. Cualquier tema de estos está sin definir, pero habla. Habla creyendo que entiende lo que Sócrates quiere decir palabra por palabra. Entiende todo y el todo no le abruma, ni le asusta, ni le retrae. No se para ni un instante. 

Siguiente cuestión. 



domingo, 22 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 21. (Platón, 23a - 23b)

La calumnia tiene dos versiones. La primera, decir que Sócrate es más sabio que nadie porque a todos deja en ridículo, por lo que es normal que se enfaden e indignen contra él. La segunda, que es la que viene a continuación, dice que Sócrates desprecia la sabiduría como algo que no tiene ningún valor humano. Así de siempre. Sócrates sería el escéptico o el cínico mayor del mundo demócrata, pero aquí se adelanta, en sus palabras, a desmentirlo para toda la eternidad. 

Es justo reconocer la exageración para cualquiera que haya seguido su argumentación y discurso mínimamente. La pieza clave está en comprender de qué sabiduría habla Sócrates como aquella que es realmente humana y que tiene por objeto igualmente lo humano, y cómo está sabiduría es distinta de todas las demás. Pero también está el punto en el que se considera que esta sabiduría es tremendamente valiosa y conveniente para los seres humanos, porque no les lleva ni a considerarse dioses entre ellos, ni tampoco piedras insignificantes. Los coloca, por así decir, en la situación precisa para vivir humanamente, tratarse humanamente y decidir humanamente. Por eso tenía tanto que ver con el amor y el misterio. 

En esta parte, además, insiste en que lo que hace lo hace en obediencia al Dios. Y hay que ser sabio para saber eso, que se obra de ese modo y con esta intención y no otra. O es pura ironía, como en otros casos, o es lo más serio de lo más serio que hay en el diálogo que tenemos entre manos. Que Sócrates diga que salía a la vida pública buscando a los que se decían sabios para obedecer al Dios y poco más. Tan poco más que no tiene ningún otro mérito añadido ni en lo político, ni en lo económico, y que se ha quedado empobrecido pudiendo haberse enriquecido como ninguno con semejante aval. 

Esta ha sido su forma de gastar el tiempo. O sea, de empeñar la vida. 

Añado algo más. Mostrarle a alguien que no es sabio es, si el oráculo está en lo cierto, mostrarle que hay sabiduría humana posible, que se puede conocer a sí mismo como ser humano, que este camino es real y que ese conocimiento es real. Y que lo hace otro ser humano como él, no un rayo iluminador, entrando en diálogo capaz y vinculante. Resulta realmente paradójico e irónico que al conocimiento del propio misterio inabarcante le corresponda, como a ninguna otra cosa, la ignorancia radical como fundamento. Decimos demasiado quizá al hablar así, porque todos actuamos comúnmente como si sí supiéramos y todo fuera un juego de situación en relación con otros, unas veces de inferioridad y debilidad, otras de superioridad y poder. Este juego entre iguales, al que se ve reducida tantas veces la vida, hasta llenarse naturalmente de miedo y temblar, es poco en comparación con la hondura de una posible relación con Dios. No con la sabiduría y el conocimiento, sino con Dios. 

Si se lee el discurso con calma se verá que el intelectualismo no es tal, sino una explicación, con lenguaje de la época, de una relación con lo absoluto que busca y obra en favor del ser humano para que sea ser humano y no otra cosa. Si a esto se le quiere llamar sabiduría, adelante. Pero quizá podría recibir otra palabra, igualmente racional y de carácter profundo, como espíritu. Es un espíritu que está presente a sí mismo en tanto que dialoga con otro espíritu. No habla de cosas, sino del espíritu en el mundo. 



sábado, 21 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 20. (Platón, 22d - 23a)

Sócrates se queda en la ciudad "como soy", "como respuesta" que en verdad es pregunta, en forma de investigación del oráculo sobre una sabiduría que él no reconoce del todo en sí mismo o que no entiende bien al principio cómo se puede formular. Porque al final, me parece a mí, sí llega a reconocer que sabe de algo y que ese algo recibe la forma de "un saber humano", esto es, "una ignorancia de sí y de su propia condición" o "una sabiduría sobre el misterio como misterio, sobre el misterio indestructible". 

Fruto de esta investigación nacen contra él odios, no amores, ni gratitudes, ni aplausos, ni admiración. De estos odios nacen a su vez hijos nuevos: todo tipo de calumnias. La principal calumnia era usar la palabra "sabio" contra él, con un desprecio que no se usaba en otros casos: ni en el caso de los políticos, ni en el de los poetas, ni en el de los artesanos. Una calumnia fundamental que consistía en no reconocer, no identificar bien su sabiduría e ignorancia, su misterio e investigación. 

Es decir, que se comenzó a decir que era sabio como los demás, pero en grado mayor que los demás. No se comprendió su "diferencia", su "distancia", como tampoco, por tanto, su novedad radical. Simple y llanamente, al refutar a otros, al mostrar su ignorancia, pensaban que lo suyo era por tanto de una sabiduría mayor, en lugar de aceptar, sin más, que su respuesta al oráculo era ser una pura pregunta a quien se mostraba sabio, sin más. Sin tener respuesta para eso mismo en lo que decían ser sabios. De esa última parte, al parecer, no se percataron suficiente. 

Debido a esta investigación, surgieron contra mí, atenienses, muchos odios, durísimos y gravísimos, tanto más cuanto que dieron lugar a muchas calumnias: se me empezó a llamar así, se empezó a decir que soy sabio. Pues siempre los que están presentes piensan que soy sabio en aquellas cosas sobre las que refuto a otro. Lo que debe de ocurrir, atenienses, es que en realidad es sabio el Dios, y con este oráculo quiere decir que la sabiduría del hombre vale poco o nada.  


Esta es la cuestión radical, la radical posibilidad de llamar a algo sabiduría como un conocimiento directo e inmediato de la realidad, que le pertenece solo a Dios. Si hacemos esta precisión, todo lo demás que no sea el conocer divino será o bien algo parecido, pero no idéntico, a la sabiduría, o bien no será sabiduría propiamente, sino otra cosa que deberíamos llamar, como mínimo, de otra manera. Sea como sea, esta precisión conduce en la siguiente dirección: situar, colocar, hacer permanecer o pertenecer al ser humano al orden propio que le correspondería, como mínimo a diferencia de Dios, como mínimo igualmente a la diferencia con aquello que quiere ser conocido. Una situación singular del ser humano en el mundo y en relación también con lo divino. Y este sería propiamente el arte en el que Sócrates sería sabio a diferencia de los demás que dicen que son sabios sin serlo y del Dios, que parece que es sabio aunque no necesite siquiera decirlo. 

Es más, Dios no lo dice de sí, sino que utiliza de algún modo a Sócrates para que se haga notar la diferencia. Sócrates es, de alguna manera y sin identificarse con ello, un modo de hablar de lo divino humanamente en el mundo. Algo que a él solo se le da a conocer en forma de ignorancia de lo humano. No una ignorancia absoluta y total, sobre todo y cualquier cosa, sino sobre lo humano. Lo que él sabe de eso irónicamente se llama ignorancia, pero propiamente se denominaría misterio y haría referencia a la condición humana en dos grandes direcciones: la muerte y la vida; el amor y el odio. Estos dos grandes temas son tratados con frecuencia. Lo que afecta a la Apología podría ser aparentemente la muerte, pero no desvinculada de su factor de unidad con el amor a la vida. O sea, que no es un "conocimiento" como entendimiento, sino un "conocimiento" como vida. Y el hombre está obligado a vivir la vida, incluso cuando quiere distanciarse de ella todo lo posible. 



martes, 17 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 16. (Platón, 21e - 22a)

Leo que, después de examinar al primero, fue a por otros. Y en ese plural se esconde un "muchos otros", no pocos. No son rarezas. Los que creen que saben y los que se presentan ante los demás sabiendo no son rarezas extrañas. No es que sean muchos, sino que somos muchos. Si no, se notaría. Pero rápidamente notamos que vivimos entre sabios de las cosas relativas al ser humano. Quizá respecto al mundo, callamos. No digamos en lo que se refiere al universo, las matemáticas, los grandes libros, el arte, la cultura y la ciencia, y todos esos ámbitos en los que consideramos casi de modo natural que hay una condensación de conocimiento enorme formado por muchos otros grandes hombres. Pero respecto a lo que se refiere a cómo vivir y a cómo es debe vivir y a qué es el bien, la justicia, el amor, la libertad... todos viven sabiendo. 

No sabiendo porque sean capaces de escribir un libro sobre él que engrose todavía más lo que hay al respecto en ética, política, antropología o ciencias humanistas y sociales, sino respecto a la propia vida. Diría más todavía, sobre todo respecto a lo que otros deben hacer con su vida. De la humanidad del otro hombre sabemos mucho, nos pronunciamos en exceso quizá con la palabra. Y, con respecto a nosotros, igualmente, pero con la acción, con la vida. Andamos por el mundo creyendo que sabemos cómo vivir y cómo se debe vivir. 

Cuando la duda se cierne, aunque sea un poco, todo se detiene. Y vivir en la pregunta seriamente es dolorosísimo. Porque, de alguna manera, es como salir del mundo por un instante, desgarrarse internamente y confiar y confiar y confiar plenamente con una fe que no tenemos claro de dónde viene, ni a dónde va. Dudas y más dudas. O preguntas y más preguntas. Dudas de primeras, que golpean muy seriamente. Quizá tomadas como locura, como cosa de juventud, como una carencia adolescente más entre otras carencias más de su edad que se aplacan con los años y con la sistemática con la que obra el mundo para ser una presa más, una pieza más de su rítmica. Quizá primero como dudas, que pueden pasar ciertamente a ser motivos de investigación seria y de diálogo sincero con el otro. Entonces se vuelven palabra en forma de pregunta. Pregunta densa, transparente y traslúcida. Pero pregunta insoluble. Pregunta para la confianza de la razón más que para las categorías del entendimiento. Pregunta sobre la que se puede decir algo fundamental, por hondo y por fundante, pero no algo cerrado en lo netamente comprensible.

La situación de Sócrates es dramática en sus palabras. Y, de nuevo, por qué no darse la vuelta rápidamente ante la primera y segunda indignación recibida. Por qué no dejar de interrogar a otros según el dios. Por qué no callarse, replegarse a la vida entre amigos, que los tenía. Por qué no dejar el espacio público ateniense, del que no salió, y poner un cartel que replique el oráculo haciendo de él punto de encuentro en el que ser él el centro. Por qué. No lo sé. De verdad, no lo sé. Lo normal, por supuesto, es plegar velas y dejar de navegar. Al menos en lo que a mí se refiere, en lo que veo en muchos otros también muy despiertos, es lo frecuente. Hacerse un hueco en el mundo para, si no disfrutar de placer y comodidad, al menos para no ser incordiado y ser sacudido por la ira y el desconcierto ajenos.

Pues en estas, según sus palabras, el tema se iba caldeando. Al primer enfadado, siguió otro y otro. Y cuanto más sabios se creían, más enfado. Porque, eso es verdad, reconoce que no todas las personas se consideran sabias con el mismo grado, con el mismo orgullo. Pero todas se ofenden al tener que reconocer que no saben lo que dicen que saben o al intuir sus propias contradicciones. Dicho sea de paso, no es que Sócrates fuera a ellos para decirles que él se sabía el más sabio, sino justo para lo contrario. Lo suyo era buscar el encuentro en la ignorancia con otros, para ver si de aquella ignorancia podía salir algo realmente bueno en el diálogo. Quizá en uno mismo no puede hacer la verdad, pero la verdad es posible que sea audible si la dice otro. Es decir, más que crear la verdad, recibirla en común. Y esto es realmente maravilloso. 

Esta parte reconozco que me llama poderosamente la atención. Y no encuentro en Sócrates el "intelectualismo" del que con frecuencia se le acusa. Tampoco sé muy bien cómo explicarlo en clase cuando se tocan estos temas, dada la circunstancia. Porque el socratismo no puede ser impostado en una metodología más entre otras. Nos podemos esforzar en el diálogo, en las preguntas y en las respuestas. Pero los diálogos en los que la vida aparece como sostén de ciertos argumentos y se pueden examinar esas palabras con verdad, esos diálogos no se planifican ni para primera, ni para tercera hora. Se dan con cierta disposición previa. Y a esta disposición previa deberíamos llamarla "libertad" en sí misma, "libertad" de uno mismo. 



viernes, 13 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 12. (Platón, 20e - 21a)

La cuestión que está ahora trabajando es a qué se dedica y cuál es su sabiduría. Tiene, por ello mismo, una intención o finalidad, una dedicación, un quehacer. No es una acción anárquica, sino una misión en algún sentido y orientación. No lo niega, lo afirma. No estaba porque sí, de cualquier manera. Si salía al ágora, o se sentaba en un círculo invitado por otros tomando la palabra, es porque tenía algo que hacer. Y también, junto a eso, una sabiduría. Irónicamente presentada, en contraste con los sofistas más sabios que sabios de lo suyo. Una sabiduría "humana", constreñida en esa "humanidad" y firmemente asentada en ella. Tanto a lo que se refiere de objeto probablemente y, quizá, mejor sería todavía contemplarla como "método". Una finalidad y un camino. 

Sigue la exposición, en la que ha pedido que sea escuchada la verdad, porque sabe que hay otras dos palabras fundamentales que trabajan en otra dirección. La primera, la calumnia, la acusación, la opinión que se ha generalizado a propósito de algunos ciudadanos libres de Atenas contra él. La segunda, que según parece tiene una autoridad mucho mayor que cualquier otra en su tiempo, la del oráculo de Delfos. O sea, la de Apolo. Pero en lugar de nombrar a Apolo y regodearse en la atención que le dispensó la Pitia, hay que recordar al amigo que ya no está, a Querefonte. 

Narra Sócrates brevemente ese acontecimiento del siguiente modo. En un párrafo, diríamos hoy, más de la mitad de él es memoria del amigo. Primero, de su amistad y de la amistad con otros. Después de su exilio y regreso a Atenas. No para estar con Sócrates, sino "con vosotros", pensando en la asamblea. Tercero, el empeño que ponía en todo, la pasión. Y, por último, y como si tal cosa, por el viaje a Delfos, la pregunta y la respuesta. Como Querefonte no puede hablar ya, tomará por él como testigo su hermano en caso de que sea necesario, pues está presente allí. 

Sobre Querefonte, conviene resaltar la estupidez de la pregunta gastada. La Pitia no es que estuviera allí todos los días para dialogar con los visitantes. Había que hacer un esfuerzo grande hasta llegar a ella y, como suele pasar en estos casos, empeñar además parte de la propia riqueza. ¿Qué le hacía pensar a Querefonte que esa pregunta era la pregunta que debía formular? Lo desconozco. Pero hay que hacerse cargo de esa primera motivación. Y qué conseguiría de la respuesta, cuando lo normal es que, por muy sabio que sea alguien a nuestro alrededor, siempre pensemos que habrá otros de igual o mayor sabiduría, virtud, excelencia o inteligencia, puesto que todos estamos en camino y siempre nos queda qué recorrer y qué alcanzar. Pues nada, Querefonte quería saber la respuesta, que se contesta con un sí o con un no. Sin más. ¿Alguien hay más sabio que Sócrates? Sí o no. O sí, o no. Lo uno o lo otro. Punto. Y, una vez más, en qué. ¿En la sabiduría, así general y primera y última, en la radical sabiduría?

Pues la Pitia responde que no hay nadie más sabio que Sócrates e imagino a Querefonte descompuesto después de aquello, haciendo bártulos para regresar a Atenas y contárselo al propio amigo. Esa otra conversación tampoco debió ser fácil y el propio Sócrates quedaría traspasado. ¡Qué cosas tiene el enigma, el oráculo! ¡Qué crédito tan absurdo, de primeras! Lo paradójico es que Sócrates dirá de él mismo que, sabiendo que no sabe, tampoco entendió qué decía la Pitia. Pero, y esto es importante, se podía hacer el intento por comprobar si estaba o no en la verdad y dialogar con los que sí decían de ellos mismos ser sabios, independientemente de su campo y actividad. ¿Y por qué no montó una fiesta y lo hizo saber antes a todos sus conciudadanos para colocarse a sí mismo por encima de cualquiera que ose ir en contra? ¿Por qué no poner un letrero a la puerta de su casa, y recibir allí a gente venida de todo el mundo y cobrar y cobrar y cobrar por su sabiduría, con el aval de la Pitia? ¿Por qué hizo otra cosa y aceptándolo no terminaba de aceptarlo del todo? ¿Por qué?

Lo dicho: "La Pitia le contestó que no había nadie más sabio." ¡Menudo problema! ¿Y quién fue su maestro?

 Χαιρεφῶντα γὰρ ἴστε που. οὗτος ἐμός τε ἑταῖρος ἦν ἐκ νέου καὶ ὑμῶν τῷ πλήθει ἑταῖρός τε καὶ συνέφυγε τὴν φυγὴν ταύτην καὶ μεθ᾽ ὑμῶν κατῆλθε. καὶ ἴστε δὴ οἷος ἦν Χαιρεφῶν, ὡς σφοδρὸς ἐφ᾽ ὅτι ὁρμήσειεν. καὶ δή ποτε καὶ εἰς Δελφοὺς ἐλθὼν ἐτόλμησε τοῦτο μαντεύσασθαι—καί, ὅπερ λέγω, μὴ θορυβεῖτε, ὦ ἄνδρες—ἤρετο γὰρ δὴ εἴ τις ἐμοῦ εἴη σοφώτερος. ἀνεῖλεν οὖν ἡ Πυθία μηδένα σοφώτερον εἶναι. καὶ τούτων πέρι ὁ ἀδελφὸς ὑμῖν αὐτοῦ οὑτοσὶ μαρτυρήσει, ἐπειδὴ ἐκεῖνος τετελεύτηκεν.

Al lector de griego, al que pueda como yo sin más pronunciar y juntar letras, les sonará familiar y cercana la sintonía entre "Delfos" y "adelfos". 




jueves, 12 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 11. (Platón, 20d - 20e)

Hay conversaciones insulsas y otras definitivas. Resulta indiscutible que vivimos de palabras. Lo normal es pensar en las que recibimos, que nos impactan. Pero del mismo modo las que decimos sobre otros, o para otros. No se borran y además tienen la cualidad de no ser fácilmente olvidables, ni de poder pasar por ellas como si no tuvieran valor alguno. Para bien o para mal, están ahí. Tan sencillo es recordar lo que no quisiéramos haber dicho como lo que no quisiéramos haber escuchado. No es una paradoja, sino la realidad. Y lo inolvidable tiene otro valor que destacar: ha sido comprensible, aunque no se desentrañe su esencia hasta más adelante. Por eso podemos quedarnos con palabras en el corazón y guardarlas para luego. 

En este diálogo Sócrates ha mencionado a Calias y luego se ha dirigido hipotéticamente al tribunal rescatando de ellos una pregunta que no ha sido formulada en alto, pero que el filósofo -vamos a llamarlo así- atiende. "Como si" hubiera sido dicha, sin haber sido dicha, el núcleo de la cuestión se revela como justo. Insisto: si hubiera sido dicha la pregunta, el tribunal habría preguntado justamente, ajustadamente, adecuadamente, pertinentemente. Sería la mejor pregunta, porque de eso trata la justicia, que se puede hacer. La mejor, la más prudente, la más buena. O, de otro modo, la pregunta excelente, la pregunta por antonomasia. Una pregunta que diría abierta y sinceramente que no comprende a Sócrates, porque Sócrates se ha salido de la norma comprensible y hace cosas que resultan extrañas. Es un genio o un loco. En ambos casos, peligroso para que las cosas sigan como están, que es lo que muchas veces se dirime en los tribunales. 

Una palabra que no he estudiado aquí, pero que ha aparecido antes en el diálogo con Calias, es excelencia. La famosa "areté" que, siendo inconmensurable, no me detengo mucho a analizar. Doy por supuesto que se sabe que en gran medida toda la vida, y también la filosofía socrática, va sobre eso. Ahora se conecta esta excelencia con el preguntar adecuado y justo, que no es ni más ni menos que lo que Sócrates ha hecho interrogando tan brevemente a Calicles. Pues bien, ahora comienza el periodo en el que el interrogatorio pasa a ser con el tribunal. Y es algo raro e inusual, porque no se puede hablar realmente con una masa sino dando un discurso. Pero un diálogo se me antoja imposible. Ni en clase, diría yo. Menos aún en un momento tan decisivo, como a vida o muerte. Pues bien, comienza el diálogo en esta circunstancia tan especial sin saber por dónde continuará. La apertura es su signo más propio. Si no, no sería diálogo. 

Ahora entra en materia sobre su sabiduría. Y lo llama así sin ambages, ni ambigüedades. Su sabiduría, siendo algún tipo de sabiduría, puede recibir el título común de sabiduría igual que otras muchas cosas que se llaman con el mismo nombre común, general y abierto, en relación con quien sabe algo. Sin más, quien sabe algo es sabio en ese algo y por tanto es "sabio". Si no se diferencia sobre qué o en qué grado, si es que existen, todos podrían decir que son sabios en algo porque todos los que viven saben muchas cosas. Alguien que sabe que dos más dos son cuatro es sabio. Alguien que doma caballos es sabio. Alguien que cocina es sabio. Alguien que habla, sin más, es sabio también. Se trata en primer lugar de esto, de que Sócrates sabe algo y, por eso mismo, se le llama sabio. 

Inmediatamente, como es natural ahora, que están examinando el tema, se dan cuenta de que no todo es lo mismo. Existen diferentes niveles, grados. Se pueden hacer apuntes, anotaciones. Al menos dos asuntos son principales. El relativo a qué se sabe y el relativo a cómo se sabe. Luego, pero solo luego, se puede preguntar si eso que se sabe sirve para algo o no, y qué hace quien sabe con el saber que tiene. Tres preguntas como mínimo, que darán para mucho más. 

A estas diferenciación se le llama "clase", tipo o, sin más, "qué". O sea, de qué estamos hablando y con qué se puede comparar o de qué se debe separar para no confundir. Poner orden, como primer camino para enterarse de algo. Y la respuesta de Sócrates está a la altura del oráculo de Delfos que recordará a continuación. Su sabiduría debe ser la propia del hombre. Lo cual apunta en tres direcciones separadas. Primero, sobre el tema. Que no es la naturaleza del hombre, ni la naturaleza general. Sino sobriamente dicho "del hombre". Segundo, que debe ser la propia del hombre en tanto que propiedad, la que le corresponde, la que más se ajusta a ser hombre por tanto. Y tercero, descolgado de lo anterior, que su intención no fue ser sabio, sino más bien ser hombre. Quien sabe algo se vuelve aquello que sabe y actúa en consecuencia. Por eso el título viene después de y no antes de. A todas luces nadie es sabio de primeras, sino de segundas, después de haber vivido. 

Ya veremos cómo se formula esta sabiduría más detalladamente, pero de momento tenemos a Sócrates confesando (irónicamente) que, por supuesto, él es sabio de algo tan común y general en la ciudad como ser hombre. Se podría hacer un tratado entero sobre esto si no fuera porque, una vez que alguien se dedica a ello, la realidad queda tan abierta siempre que resulta inabarcable e infinita. La ambigüedad queda servida. Quien sabe es al mismo tiempo lo sabido. Sin embargo, la sabiduría es sobre algo. Y nadie se trata a sí mismo como algo. No es un qué, sino un quién. Y con saber esto se sabe tanto y de un modo tan desbordante que, muy probablemente, sea lo que le corresponde a todo ser humano que se vuelve sobre sí en algún momento decisivo. Se dice poéticamente y no poéticamente, que el ser humano se vuelve pregunta de sí mismo, pregunta absoluta, que no acepta ser disuelta, perdida o menospreciada. Demasiada pregunta para quien sale del polvo y queda en cenizas. 

Esta sabiduría contrasta con la de los sofistas nombrados anteriormente y muchos otros. El sofista, presentado por Sócrates con mayor ironía, no es un hombre cualquiera, no es un ciudadano más de la ciudad, ni un hermano en la comunidad. Tiene una sabiduría que le distingue notablemente. Lo suyo es algo más, algo mayor a la sabiduría humana. O sea, deben ser revelación de la divinidad, como mínimo. O una especie de ángeles. Pero identificar tal sabiduría es conocerla como lo que es, luego es estar por encima de ellos un peldaño más. 

Mientras tanto, Sócrates se rebaja y rebaja. No niega ser sabio, pero al modo del ser humano y nada más. Alguien que sabe que es ser humano, podríamos decir. Alguien que sabe lo que implica decididamente ser humano y no va más allá. Reducción, limitación, vuelta atrás. No paso adelante sobre otros, y mucho menos contra los demás, sino ajustarse a la medida. Un saber que se mide a sí mismo como ser humano. ¡Nada más y nada menos! 

Por si no queda claro, Sócrates dice no tener la sabiduría que es algo más que lo humano. Aunque apunta a Delfos. A lo que se ha dicho en Delfos. A lo que el amigo le dijo que se había dicho en Delfos. Y que él investigó e investigó, como para llevar la contraria o para demostrarse a sí mismo lo que no era. Cuando decía en el primer párrafo que somos palabra, y que es innegable, me refería precisamente a esto. Y quizá el "logos" y la "razón" sea lo más humano que tenemos, aunque el mero hecho de ser humano no se agote en sí mismo y deba permanecer, para siempre en el tiempo, abierto a la eternidad. 



martes, 4 de enero de 2022

LISIS. Día 4. (Platón, 204a - 204b)

Si de algo sabe la filosofía, y se aprende muy bien en los diálogos platónicos, es hacer preguntas. No cualquier pregunta, sino preguntas que decimos fundamentales y últimas, radicales y primeras. Y cuestionar así lo evidente. Es decir, recupera la pregunta para seguir su pista en la historia, sabiendo que en la pregunta misma hay ya mucho indicado, al menos un horizonte largo o corto desde el que comprender la realidad. No es algo que, por otro lado, se pueda aprender sin más. Diría que se reciben o se viven, o se va haciendo camino para, llegado un cierto momento, descubrir lo que se da en ellas. Sin duda, son transformadoras. Pero convendría señalar el lugar en el que impactan y qué es, por otro lado, lo que exigen. Grandes preguntas requieren paciencia. De ahí que el filósofo sea molesto, muy especialmente, con las primeras respuestas que quieren, como chiquillos, aplacar la inquietud y el desasosiego. 

Volvamos al diálogo. Hipotales, este joven que ha frenado, literalmente, el paso directo de Sócrates de la Academia al Liceo, quiere ahora invitarle a participar, tomar parte en la conversación con la que pasan el tiempo. "Diatriba" era la clave. Y pregunta así: 

¿Quieres, pues, seguirnos -dijo- y ver así los que están dentro?

βούλει οὖν ἕπεσθαι, ἔφη, ἵνα καὶ ἴδῃς τοὺς ὄντας αὐτόθι αὐτοῦ; 

La petición es muy respetuosa. Le pide a Sócrates que se deje entrar, como con docilidad, para ser uno más entre otros, bellamente dicho. Lo cual va a ser muy interesante, por la reserva que viene a continuación. Sócrates dice: 

Primero me gustaría oír para qué es para lo que entro y quién es vuestro favorito. 

πρῶτον ἡδέως ἀκούσαιμ᾽ ἂν ἐπὶ τῷ καὶ εἴσειμι καὶ τίς ὁ καλός. 

Muy claro y muy sencillo. Tomando distancia, antes de ser uno más con otros. Quiere saber, diríamos hoy, dónde se va a meter, con quién va a participar. Algo sumamente significativo, porque podría no aparecer esta indicación. Sin embargo, que esté así colocado, justo al inicio del diálogo, en el que todo parece escenificarse rápidamente, es fundamental. Porque no será Sócrates alguien que se deje llevar. Ha tomado una dirección firme y recta. Y le encantaría, como se dice en otras ocasiones, participar del diálogo. Pero no de cualquier manera. Quizá, habría que decir, no cualquier método o forma es válido. 

Lo primero, escuchar. Al que después tomamos como maestro de la palabra, primero escucha. Se sitúa en esa primera distancia, que ya es participación. Pero, como en otras ocasiones se muestra, la cautela del maestro que escucha es que sabe escuchar. Y sabe lo importante que es escuchar, tomar la medida, la temperatura. De estas cosas no se da cuenta un niño, a quien todo le va o todas las palabras le parecen igual. Tampoco lo percibe de igual manera un principiante, a quien muchas conversaciones quedarán siempre elevadas, sobre todo por falta de vida e implicación. Pero paciencia, nada más que paciencia e ir poco a poco. Los jóvenes ya sabemos que tienen conversaciones exaltadas y soluciones facilonas, creyendo saberlo todo. Así que, ¡alerta! Pero también ponerse a escuchar por otro motivo, para velar por el alma. 

Lo segundo, dos preguntas, que se dan en la escucha precisamente: saber sobre la finalidad, saber sobre el para qué, saber sobre el horizonte en el que están colocados, y sobre todo respecto a él; lo segundo, qué es lo que es considerado mejor, es decir, quién lo encarna especialmente. Estas últimas palabras no son, sin más, cualquieras palabras, sino la pregunta fundamental de la filosofía: ¿Quién es "el bien"? No qué, sino quién. 

Ambas preguntas, evidentemente, se pueden conectar entre sí. Tanto sobre el lugar que le corresponde, desde el que podrá situarse, a el quién es el bien, quién es lo mejor, quién es lo bello, quién transmite mejor la cuestión más importante. Esto es, un diálogo. Por una parte, Sócrates. Por la otra, el que se crea más sabio o sea tomado por más sabio. ¡Ya sabemos de dónde viene todo esto!