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sábado, 7 de diciembre de 2024

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 36. (Platón, 29b - 30a)

En el texto sigue hablando Sócrates. Es una pequeña defensa propia en medio del juicio, y va dirigido muy directamente a la asamblea democrática de Atenas, que ostenta ciertamente el poder de decisión. En este caso, está sobre la mesa su futuro próximo e inmediato. No es cuestión de dilatar mucho la decisión. Por eso contrapone la posición a la decisión. Por posición entiende el lugar recibido, bien desde dentro de la propia conciencia, o bien desde fuera por una orden. No es existencialmente individual, sino personalmente comunitario. 

Es habitual hablar de la ignorancia de Sócrates y su sabiduría, uniendo ambas. Pero eso genera una confusión lamentable, que en este texto queda maltrecha. La sabiduría de Sócrates es saber qué ignora y en qué saber puede realmente afianzarse, posarse con fuerza y no ceder ni un ápice. Lo que ignora es aquello que muchos temen, que es la muerte. Lo que sabe es aquello que muchos no quieren reconocer, que es el mal que alguien puede hacer. Si, como él viene diciendo, se trata de estar anclado en el bien, de suyo está que hay que evitar en todo momento posible el mal, que sí se puede hacer. No sabe si el bien se puede hacer, pero sí se conoce el mal que no se quiere. De ahí que la posición en la que se está y se ha recibido signifique un bien y no mal. En primer lugar, porque nos ayuda a tener un punto de vista sobre la realidad en diálogo con el bien. Sea donde sea que hayamos caído, ahí estamos en diálogo con el bien. En segundo lugar, porque desde ese punto se reciben muchas acciones, que modificarán el punto de vista original, si dejamos que sea así. Permanecer es importante para continuar. La fidelidad, la lealtad, la constancia en el punto recibido. 

Por lo tanto, ignora y sabe. ¡Y también se fía! 

Sócrates manifiesta aquí que, en una escala, hay mejores y peores. Los humanos no son iguales entre sí respecto al bien. Los hay mejores y conviene aprender de ellos al máximo. Se puede escuchar el bien, y de hecho se escucha. No cabe duda de ello. Toda persona tiene esa capacidad despierta para el bien en su conciencia. 

Yo, atenienses, seguramente es en esto en lo que me diferencio de la gente, y si en algo dijera que soy más sabio que otros, diría que en esto: en que ya que no sé lo bastante sobre las cosas que hay en Hades, pienso que las ignoro; en cambio, que delinquir y desobedecer al que es mejor, tanto si es Dios como si es hombre, es malo y vergonzoso, esto sí lo sé. De modo que por males que sé que son males jamás temeré ni rehuiré lo que no sé si no resultará ser un bien. 

ὅτι μέγιστον τῶν κακῶν ἐστι. καίτοι πῶς οὐκ ἀμαθία ἐστὶν αὕτη ἡ ἐπονείδιστος, ἡ τοῦ οἴεσθαι εἰδέναι ἃ οὐκ οἶδεν; ἐγὼ δ᾽, ὦ ἄνδρες, τούτῳ καὶ ἐνταῦθα ἴσως διαφέρω τῶν πολλῶν ἀνθρώπων, καὶ εἰ δή τῳ σοφώτερός του φαίην εἶναι, τούτῳ ἄν, ὅτι οὐκ εἰδὼς ἱκανῶς περὶ τῶν ἐν Ἅιδου οὕτω καὶ οἴομαι οὐκ εἰδέναι: τὸ δὲ ἀδικεῖν καὶ ἀπειθεῖν τῷ βελτίονι καὶ θεῷ καὶ ἀνθρώπῳ, ὅτι κακὸν καὶ αἰσχρόν ἐστιν οἶδα. πρὸ οὖν τῶν κακῶν ὧν οἶδα ὅτι κακά ἐστιν, ἃ μὴ οἶδα εἰ καὶ ἀγαθὰ ὄντα τυγχάνει οὐδέποτε φοβήσομαι οὐδὲ φεύξομαι: 

Sócrates habla como expresando un principio fundamental, del que sacará después conclusiones prácticas. Pero tiene un principio. No es, por lo mismo, una acción cualquiera. Se sitúa aquí entre dos obediencias: a lo mejor y a lo peor, al Dios y a los envidiosos o perezosos o ignorantes interesados. ¿Le queda al ser humano alguna opción? ¿Por qué obedecer lo peor, pudiendo escuchar a lo mejor y obrar así lo mejor? ¡Por miedo! ¡Porque matan! ¡Porque dan muerte!

Así que, tanto si me absolvéis, sin prestar oídos a Ánito, que ha dicho que o bien habría habido que empezar por no conducirme hasta aquí, o, una vez que he venido, no queda otro remedio que hacerme morir, ya que os ha dicho que si escapo de ésta vuestros hijos se van a dedicar a lo que Sócrates enseña y se van todos a echar a perder por completo...; si me decís luego: "No vamos a hacer caso a Ánito, Sócrates, sino que te absolvemos, con la única condición de que jamás vuelvas a pasar tu tiempo en tu investigación y viviendo como un filósofo, de modo que si te sorprende volviendo a las andadas morirás"... Si, como digo, fuerais a absolverme con esta condición, os tendría que hablar así: Yo, atenienses, os aprecio y os quiero bien, pero he de obedecer antes al Dios que a vosotros; así que mientras respire y sea capaz de ello, no dejaré de vivir como filósofo y de exhortaros y conminaros a cualquiera de vosotros a quien me encuentre, diciéndome lo que suelo: "Querido amigo, que eres ateniense, ciudadano del Estado más poderoso y más célebre por su sabiduría y su fuerza, ¿no te avergüenzas de cuidarte de tener todo el dinero posible, y de la reputación y de los honores, mientras no te ocupas, en lo que hace a la sabiduría, la verdad y el alma, de cómo llevarlas a la perfección, ni piensas tal cosa?". 



 

domingo, 22 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 21. (Platón, 23a - 23b)

La calumnia tiene dos versiones. La primera, decir que Sócrate es más sabio que nadie porque a todos deja en ridículo, por lo que es normal que se enfaden e indignen contra él. La segunda, que es la que viene a continuación, dice que Sócrates desprecia la sabiduría como algo que no tiene ningún valor humano. Así de siempre. Sócrates sería el escéptico o el cínico mayor del mundo demócrata, pero aquí se adelanta, en sus palabras, a desmentirlo para toda la eternidad. 

Es justo reconocer la exageración para cualquiera que haya seguido su argumentación y discurso mínimamente. La pieza clave está en comprender de qué sabiduría habla Sócrates como aquella que es realmente humana y que tiene por objeto igualmente lo humano, y cómo está sabiduría es distinta de todas las demás. Pero también está el punto en el que se considera que esta sabiduría es tremendamente valiosa y conveniente para los seres humanos, porque no les lleva ni a considerarse dioses entre ellos, ni tampoco piedras insignificantes. Los coloca, por así decir, en la situación precisa para vivir humanamente, tratarse humanamente y decidir humanamente. Por eso tenía tanto que ver con el amor y el misterio. 

En esta parte, además, insiste en que lo que hace lo hace en obediencia al Dios. Y hay que ser sabio para saber eso, que se obra de ese modo y con esta intención y no otra. O es pura ironía, como en otros casos, o es lo más serio de lo más serio que hay en el diálogo que tenemos entre manos. Que Sócrates diga que salía a la vida pública buscando a los que se decían sabios para obedecer al Dios y poco más. Tan poco más que no tiene ningún otro mérito añadido ni en lo político, ni en lo económico, y que se ha quedado empobrecido pudiendo haberse enriquecido como ninguno con semejante aval. 

Esta ha sido su forma de gastar el tiempo. O sea, de empeñar la vida. 

Añado algo más. Mostrarle a alguien que no es sabio es, si el oráculo está en lo cierto, mostrarle que hay sabiduría humana posible, que se puede conocer a sí mismo como ser humano, que este camino es real y que ese conocimiento es real. Y que lo hace otro ser humano como él, no un rayo iluminador, entrando en diálogo capaz y vinculante. Resulta realmente paradójico e irónico que al conocimiento del propio misterio inabarcante le corresponda, como a ninguna otra cosa, la ignorancia radical como fundamento. Decimos demasiado quizá al hablar así, porque todos actuamos comúnmente como si sí supiéramos y todo fuera un juego de situación en relación con otros, unas veces de inferioridad y debilidad, otras de superioridad y poder. Este juego entre iguales, al que se ve reducida tantas veces la vida, hasta llenarse naturalmente de miedo y temblar, es poco en comparación con la hondura de una posible relación con Dios. No con la sabiduría y el conocimiento, sino con Dios. 

Si se lee el discurso con calma se verá que el intelectualismo no es tal, sino una explicación, con lenguaje de la época, de una relación con lo absoluto que busca y obra en favor del ser humano para que sea ser humano y no otra cosa. Si a esto se le quiere llamar sabiduría, adelante. Pero quizá podría recibir otra palabra, igualmente racional y de carácter profundo, como espíritu. Es un espíritu que está presente a sí mismo en tanto que dialoga con otro espíritu. No habla de cosas, sino del espíritu en el mundo. 



lunes, 16 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 15. (Platón, 21d - 21e)

El encuentro con el político no ha sido favorable, sino más bien todo lo contrario. Ni ha conseguido refutar el oráculo de Delfos, ni ha conducido a nada bueno para Sócrates mismo, ni para el político, ni para el pueblo. Es más, se podría incluso pensar que del examen, si surge la indignación, se ha vuelto una situación mucho peor de lo esperado. Ahora convendría empezar a temer. Porque el político, y el pueblo en su conjunto, deciden lo que ocurre en la ciudad. En Atenas se podía expulsar a cualquier ciudadano que no se considerara alineado con la vida común. Y no han sido pocos casos. Por supuesto, también se puede condenar a muerte o hacerle sufrir mucho. Mejor no pensarlo. 

El caso es que si Sócrates ha comprobado que es sabio en algo, al mismo tiempo ha comprobado que ese saber no es "poder", en sentido estricto. No se impone sobre otros. Esto no estaba en lo que el oráculo había dicho. Pero de forma palmaria aparece. Queda en el resumen de lo sucedido. El político, que accedió a dialogar con él, ahora se ha vuelto en su contra. Y con él, porque él sí tiene poder, el pueblo, la opinión general, la opinión pública. En Atenas no había redes sociales, ni medios de comunicación como televisión y periódicos, pero sí había opinión general, opinión pública. La democracia se asienta en la salud o enfermedad de esa opinión, que es, en definitiva, un elemento constituyente de un "sentido común". 

No solo el político, sino otros que también decían saber mucho y ser sabios, también estaban en la misma situación y respondían con el mismo esquema. Tras el diálogo convertido en examen, que en el fondo es examen de la sabiduría de Sócrates por un lado y no solo examen del interlocutor que dice ser sabio, se prueba que, si no se parte de la ignorancia del saber humano, todo se desmorona fácilmente. La evidencia está en que hablan y hablan contradiciéndose a sí mismos y sin querer solventar la contradicción, sin darse cuenta de ella o haciendo "como si" diera igual tal contradicción. Esto es lo trágico, fuera de la teatralidad en la que se pueden leer hoy los diálogos. No es una muestra escrita para ser contemplada, sino el modo habitual y común en el que las personas viven: la contradicción, la paradoja, la tensión. ¿Quién la resuelve? ¿Quién se apoya y cómo en semejante tensión? ¿Qué descanso posible queda?

En este punto se expone muy claramente el asunto. Sócrates no ignora que ignora, no pasa por alto la limitación, la crudeza de su falta de conocimiento, no da un paso más allá haciendo de su débil opinión una opinión fuerte para todos, sino que queda instalado en la pregunta, el misterio y, en cierto modo también, la duda, el paréntesis, la distancia. Si da un paso más adelante, y no queda otra al viviente, será por algo distinto a la seguridad que se atribuye a ciertos conocimientos y sabidurías. Mejor dicho, si da un paso adelante será por cierta sabiduría, que no es la que comúnmente se considera como tal en tanto que certeza total y cerrada. Será, y esto es lo más propio del ser humano, para abrir posibilidades y no solo para realizarlas, será para adelantar algo en la historia y no solo para cumplir un destino impuesto externamente. 

Al irme, pensaba para mí: "Yo soy más sabio que este hombre. Seguramente, ninguno de nosotros sabe nada más que valga la pena, pero él cree que sabe, aunque ignora, y yo, ya que no sé, tampoco creo que sé. Así que, por este matiz, yo soy más sabio que él: porque no creo saber lo que no sé." Me dirigí entonces a otro de los que tenían fama de saber más que aquel hombre, y me pareció lo mismo, y de nuevo él y muchos otros se indignaron conmigo.

Este párrafo es fundamental en la historia de la filosofía. Muestra cómo la vida entera se asienta y sostiene en aquello que sabemos. La persona es racional no porque las ideas, tal y como lo entendemos hoy, en tanto que pensamientos, sean lo decisivo. Sino porque vivimos simbólicamente y actuamos en un mundo repleto de referencias, relaciones, visiones. O vemos, o no vemos. O hay salida, o no hay salida. O hay oportunidad de algo más, o quedaremos con el menos. En este sentido y dirección comprendo yo lo que aquí se dice. No como "intelectualismo", sino como un racionalismo realista, como sujeto inserto en la realidad, no constituido al margen de ella, y, sin embargo, diferente de todo lo demás incapaz de confundirse con un objeto en cualquiera de sus movimientos. 



domingo, 15 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 14. (Platón, 21b - 21d)

Un buen texto tiene citas, que son realmente enlaces y conexiones, para demostrar que se ha tratado de un tema antes de decir por decir, o hablar por hablar. Pero algunos de estos textos, al mismo tiempo, dan importancia a la gratuidad de la palabra por la palabra. Por ejemplo, un examen es sacar de sí lo que hay y dejar en evidencia lo que no hay. Más que citar se trata de mostrar. Y el diálogo socrático es, de suyo propiamente, un examen.  

Hay un salto enorme entre citar al oráculo de Delfos, a la Pitia, aunque en realidad todo queda mediado por el difunto Querofonte y representado por su hermano presente, y el examen que emprende ahora por la ciudad. Una distancia cuyo arco va de la recepción a la experiencia de la propia vida. Se podría decir que Sócrates trata de poner en presente el oráculo, que indica una sabiduría que, en su recepción, Sócrates dice no poseer "en absoluto". Como quien habla en el tribunal es el Sócrates que ha pasado por todo eso y más, se da una paradoja todavía mayor. El oráculo tenía más razón que Sócrates, porque decía que sabía y Sócrates pensaba que no sabía "en absoluto". Lo cual ha demostrado ser, con el tiempo, falso. Sócrates ha descubierto que la sabiduría de la que hablaba la Pitia era una que él no había considerado, quizá llevado por el ambiente general: la sabiduría propia del hombre. En esta página están todas estas consideraciones. Y Sócrates mismo cambia y sale de su "absoluta ignorancia" hacia "otra ignorancia" que le lleva a una sabiduría inesperada. Insisto, "la propia de los hombres". 

Seguimos. Después de ese tiempo de consideración privada del asunto, y suponemos precisamente que es este momento de su vida en sí mismo y con sus amigos el que lleva a esa segunda necesidad por agotamiento. El oráculo decía que era sabio en algo y de una forma concreta. No que fuera el sabio que todo lo sabía, sino que era "más sabio que otros". Y como la sabiduría acepta grados, se trata de comparar sabidurías para ver quién está por encima, quién por debajo. La cuestión socrática está ahí precisamente, en esta paradoja en la que no saber implica más sabiduría que el decir que se sabe de algunos temas. Siempre conviene apostillar que se trata de algún tema, del tema específicamente humano. Por lo que surge es la sabiduría humana sobre el ser humano. 

Se le ocurrió a Sócrates lo que quizá se le puede ocurrir a cualquiera. Consideró sabio, en primer lugar, a aquel que más brillaba en la ciudad, al que más reconocimiento recibía de parte de todos, al más escuchado por los habitantes libres de Atenas. Y este es, sin lugar a dudas fruto de la democracia, quien entonces se llamaba "político" y que no conviene confundir demasiado con los políticos de nuestras sociedades complejas. El político era un ciudadano libre encargado de dirimir y encaminar los asuntos comunes, tomando decisiones. Para ello, por lo tanto, debe conocer muchas cosas. Dos muy importantes: la situación actual y el problema que hay; la situación futura y el modo de dirigirse a ella. 

De este modo, tomado el político como alguien de sabiduría reconocida por todos en un espacio democrático de elección y aclamación popular (popular como comunidad, no popular por acoger a todos). Dice el texto sabiamente, que "no hace falta decir su nombre", porque bien puede tomarse por una "forma" (rol social, que se dice a veces) que algunas personas encarnan. Este político pasa a ser examinado por Sócrates para que Sócrates pueda refutar el oráculo. 

La intención socrática es la refutación de un oráculo, el llevar la contraria al oráculo, el querer situarse en actitud de negación. No negarlo, sino afirmarlo para ver si se sostiene. No es una palabra negativa respecto del oráculo, sino que el oráculo misteriosamente pasa a guiar su vida. Entonces, conducido de este modo y con esta intención, tomando el oráculo como método, pasa a "examinar" y este "examinar" significa dialogar, colocar ambos logos uno junto al otro. 

La conclusión del examen es paradójica y la saca Sócrates. No saca la conclusión para todos, sino que se muestra que debe ser una conclusión que cada cual debe sacar para sí. Pero a Sócrates "le parecía" que el hombre supuestamente sabio era considerado sabio por muchos y, sobre todo, se creía sabio él mismo sobre ciertos asuntos cruciales relativos al ser humano. No se acentúa tanto la aceptación por la comunidad como la actitud que tiene quien ejerce cierta función social respecto de sí mismo. Sin embargo, la conclusión socrática es "que no era sabio". Decía serlo y actuaba "como si" en función de su responsabilidad y cargo, pero "no lo era". Solo era apariencia, "como si" fuera sabio. 

Y llegado este momento, Sócrates intenta mostrarle que no es sabio y se descubre que el sabio no quiere aprender de él, sino que se ofende. El sabio no quiere ser conducido por otra sabiduría distinta que la suya. Este es, por lo mismo, el inicio de la calumnia contra Sócrates, el motivo de la opinión común en la que Sócrates aparece como un combatiente y crítico destructor frente a otros. No como quien trabaja en positivo, sino como quien conduce al escepticismo del no saber, a la nada. En este momento gira toda la historia, porque continúa interesándose por el político. Mejor dicho, por la persona que puede quedar encerrada en la apariencia del rol que ejerce, sin responsabilidad y sabiduría real alguna respecto de un asunto tan crucial como la orientación decisiva de la comunidad. Diríamos hoy que la sabiduría aquí tiene mucho que ver con la humildad bien entendida y, sobre todo, con una responsabilidad que nos desborda y ante la cual siempre se es pequeño respecto de la misión que se encomienda. 

En resumen, Sócrates despierta pasiones contrarias a él, pasiones contra él al intentar mostrarle que pensaba ser sabio, pero no lo era. Como bien se pregunta el profesor Miguel García-Baró, ¿por qué se quedaba a su lado, si eso no se lo ha pedido el oráculo?




sábado, 14 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 13. (Platón, 21a - 21b)

Si nos entendiéramos con palabras y hablando, todo sería mucho más fácil. Comunicamos cosas que no siempre se oyen, se entienden. Las palabras no son tan transparentes. Hay polisemias, sinonimias, relaciones internas y externas entre palabras y cosas, entre lenguaje y mundo. 

Como en otras ocasiones, si al ser humano se le pidiera vivir en un único "mundo", en una única "realidad", todo sería más fácil y estaría integrado. Pero la complejidad deriva en tensión y requiere tensión para su expansión. Así, por ejemplo, la palabra propia tiene que vérselas con la palabra ajena, la palabra propia que es palabra del corazón tiene que exponerse y salir de su hogar cómodo y placentero donde encaja para ir al encuentro posible con el otro, llamando a la puerta y quedando a la espera de ser recibida. En ese tiempo que va de una a otra, en ese "entre" tan profundo, la palabra se ha vuelto donación y se hace también llamada. No es ni de uno, ni de otro propiamente hablando. O de los dos. Ambos quedan al margen de ella, en cierto sentido. Y los dos quedan implicados por ella, en cierto sentido. Alguien dirá que esa palabra es de quien la dice siempre, pero en tanto que el oyente puede hacer con ella lo que quiera es evidente que hay una separación. No diría absoluta y radical, pero hay una separación que comprender y entender para que pueda llegar a ser palabra oída por otro. 

El caso es que Sócrates está ante el tribunal. Ha expuesto su sabiduría, que es lo importante, como sabiduría meramente humana. Sin el meramente: sabiduría humana, propia del ser humano. Hay otras sabidurías ya citadas. La primera, la del domador. Segunda, la de los sofistas. Pero en la ciudad hay más sabidurías. Así que ahora lo que toca es ponerse a ello y comprobar si la Pitia, después de que Querofonte "se atreviera a preguntar", tiene razón en lo que enigmáticamente dice o no. Sócrates dice o piensa que él no es sabio, pero eso haría que todo entrara en colapso y absurdo. Luego la Pitia debe haber querido decir algo que Sócrates quizá no comprenda del todo. A lo mejor Querefonte sabe más de esto que Sócrates, quién sabe. 

El caso es que Sócrates ahora se va a pasear por la ciudad investigando su saber y el saber de otros. Esto es lo que narra al principio de 21b, con más sencillez incluso. 

Considerad por qué os refiero esto, ya que voy a instruiros sobre el origen de la calumnia contra mí. Cuando oí aquello, me quedé pensando: "¿Qué dice el Dios? ¿Qué enigma me ofrece? Yo tengo plena conciencia de no ser sabio en absoluto. ¿Qué quiere decir, entonces, al afirmar que soy el más sabio? No puede decir algo falso, porque no le es lícito." Permanecí perplejo por mucho tiempo sobre lo que quería decir. Luego, a duras penas, me puse a investigar su significado de la siguiente manera. Me dirigí a uno con fama de sabio... 

σκέψασθε δὴ ὧν ἕνεκα ταῦτα λέγω: μέλλω γὰρ ὑμᾶς διδάξειν ὅθεν μοι ἡ διαβολὴ γέγονεν. ταῦτα γὰρ ἐγὼ ἀκούσας ἐνεθυμούμην οὑτωσί: ‘τί ποτε λέγει ὁ θεός, καὶ τί ποτε αἰνίττεται; ἐγὼ γὰρ δὴ οὔτε μέγα οὔτε σμικρὸν σύνοιδα ἐμαυτῷ σοφὸς ὤν: τί οὖν ποτε λέγει φάσκων ἐμὲ σοφώτατον εἶναι; οὐ γὰρ δήπου ψεύδεταί γε: οὐ γὰρ θέμις αὐτῷ.’ καὶ πολὺν μὲν χρόνον ἠπόρουν τί ποτε λέγει: ἔπειτα μόγις πάνυ ἐπὶ ζήτησιν αὐτοῦ τοιαύτην τινὰ ἐτραπόμην. ἦλθον ἐπί τινα τῶν δοκούντων σοφῶν εἶναι 

Tres cuestiones sobre este tema, a considerar brevemente. Primero, que quien ahora habla se ha situado antes a la escucha. Una escucha no comprensiva, sino interrogativa. Cuando oye lo que el oráculo ha dicho, lo que hace es preguntar. No darse por enterado y conforme, sino preguntar qué quiere decir. Porque en su sencillez hay enigma. Olvidar que las palabras son enigma, que no siempre se entienden a la primera, como las cosas a su modo y las personas en su misterio, es ya iniciar un camino. Ese camino se puede quedar en uno mismo o volverse pregunta sobre ello, que, además, en esta circunstancia es volverse pregunta uno mismo por el contenido mismo, tan directo, del oráculo. Quién soy. Dicho brevemente esta es la pregunta del oyente de la vida y del enigma. Quién soy. Y se da una confrontación entre lo previo y lo recibido. Un choque, un golpe, una oposición. Yo sé que no sé mientras el oráculo dice que sé. ¿Qué es lo que pasa aquí?

En segundo lugar, llama la atención el mundo afectivo, el mundo pasivo. "Permanecí perplejo mucho tiempo." No es tampoco cualquier experiencia. Se puede decir que la claridad aquí convoca la oscuridad, que la palabra llama al silencio, que la luz ennegrece la apacible existencia previa. Qué ha pasado. Y de ahí no se sale sin un trabajo duro, sin "a duras penas" ponerse a examinar, a investigar, a reflexionar, a pensar, a razonar, a darle vueltas, a considerar con atención qué quiere decir aquello y qué pasa aquí. Quién tiene más razón: o yo, o el oráculo. Con la salvedad de la confianza puesta, no demostrada, de que el oráculo no tiene legalmente la ocasión de mentir, decir algo falso. Así que, el cambio está servido en otra dirección más. Que es reconsiderar el propio pensamiento. 

Y, tercero, la alteridad más próxima. El oráculo está lejos, pero el prójimo está cerca. Así que solo queda recuperar la alteridad del "más que" en diálogo, precisamente en diálogo, con el otro más cercano que dice ser sabio. O sea, intentar refutar al oráculo. Y la sabiduría trata del diálogo. Es sabio quien dialoga, se ve la sabiduría en el diálogo. No en la soledad, sino en el diálogo, en el encuentro con el otro. Allí es donde emerge posiblemente esto que llamamos sabiduría. 

Quedan siempre muchas cosas por decir, pero quien escribe sabe poco. Ojalá pudiésemos dialogar más sobre estos temas, que nos harían, pienso yo, mejores en muchos sentidos. 


 


jueves, 12 de enero de 2023

APOLOGÍA DE SÓCRATES. Día 11. (Platón, 20d - 20e)

Hay conversaciones insulsas y otras definitivas. Resulta indiscutible que vivimos de palabras. Lo normal es pensar en las que recibimos, que nos impactan. Pero del mismo modo las que decimos sobre otros, o para otros. No se borran y además tienen la cualidad de no ser fácilmente olvidables, ni de poder pasar por ellas como si no tuvieran valor alguno. Para bien o para mal, están ahí. Tan sencillo es recordar lo que no quisiéramos haber dicho como lo que no quisiéramos haber escuchado. No es una paradoja, sino la realidad. Y lo inolvidable tiene otro valor que destacar: ha sido comprensible, aunque no se desentrañe su esencia hasta más adelante. Por eso podemos quedarnos con palabras en el corazón y guardarlas para luego. 

En este diálogo Sócrates ha mencionado a Calias y luego se ha dirigido hipotéticamente al tribunal rescatando de ellos una pregunta que no ha sido formulada en alto, pero que el filósofo -vamos a llamarlo así- atiende. "Como si" hubiera sido dicha, sin haber sido dicha, el núcleo de la cuestión se revela como justo. Insisto: si hubiera sido dicha la pregunta, el tribunal habría preguntado justamente, ajustadamente, adecuadamente, pertinentemente. Sería la mejor pregunta, porque de eso trata la justicia, que se puede hacer. La mejor, la más prudente, la más buena. O, de otro modo, la pregunta excelente, la pregunta por antonomasia. Una pregunta que diría abierta y sinceramente que no comprende a Sócrates, porque Sócrates se ha salido de la norma comprensible y hace cosas que resultan extrañas. Es un genio o un loco. En ambos casos, peligroso para que las cosas sigan como están, que es lo que muchas veces se dirime en los tribunales. 

Una palabra que no he estudiado aquí, pero que ha aparecido antes en el diálogo con Calias, es excelencia. La famosa "areté" que, siendo inconmensurable, no me detengo mucho a analizar. Doy por supuesto que se sabe que en gran medida toda la vida, y también la filosofía socrática, va sobre eso. Ahora se conecta esta excelencia con el preguntar adecuado y justo, que no es ni más ni menos que lo que Sócrates ha hecho interrogando tan brevemente a Calicles. Pues bien, ahora comienza el periodo en el que el interrogatorio pasa a ser con el tribunal. Y es algo raro e inusual, porque no se puede hablar realmente con una masa sino dando un discurso. Pero un diálogo se me antoja imposible. Ni en clase, diría yo. Menos aún en un momento tan decisivo, como a vida o muerte. Pues bien, comienza el diálogo en esta circunstancia tan especial sin saber por dónde continuará. La apertura es su signo más propio. Si no, no sería diálogo. 

Ahora entra en materia sobre su sabiduría. Y lo llama así sin ambages, ni ambigüedades. Su sabiduría, siendo algún tipo de sabiduría, puede recibir el título común de sabiduría igual que otras muchas cosas que se llaman con el mismo nombre común, general y abierto, en relación con quien sabe algo. Sin más, quien sabe algo es sabio en ese algo y por tanto es "sabio". Si no se diferencia sobre qué o en qué grado, si es que existen, todos podrían decir que son sabios en algo porque todos los que viven saben muchas cosas. Alguien que sabe que dos más dos son cuatro es sabio. Alguien que doma caballos es sabio. Alguien que cocina es sabio. Alguien que habla, sin más, es sabio también. Se trata en primer lugar de esto, de que Sócrates sabe algo y, por eso mismo, se le llama sabio. 

Inmediatamente, como es natural ahora, que están examinando el tema, se dan cuenta de que no todo es lo mismo. Existen diferentes niveles, grados. Se pueden hacer apuntes, anotaciones. Al menos dos asuntos son principales. El relativo a qué se sabe y el relativo a cómo se sabe. Luego, pero solo luego, se puede preguntar si eso que se sabe sirve para algo o no, y qué hace quien sabe con el saber que tiene. Tres preguntas como mínimo, que darán para mucho más. 

A estas diferenciación se le llama "clase", tipo o, sin más, "qué". O sea, de qué estamos hablando y con qué se puede comparar o de qué se debe separar para no confundir. Poner orden, como primer camino para enterarse de algo. Y la respuesta de Sócrates está a la altura del oráculo de Delfos que recordará a continuación. Su sabiduría debe ser la propia del hombre. Lo cual apunta en tres direcciones separadas. Primero, sobre el tema. Que no es la naturaleza del hombre, ni la naturaleza general. Sino sobriamente dicho "del hombre". Segundo, que debe ser la propia del hombre en tanto que propiedad, la que le corresponde, la que más se ajusta a ser hombre por tanto. Y tercero, descolgado de lo anterior, que su intención no fue ser sabio, sino más bien ser hombre. Quien sabe algo se vuelve aquello que sabe y actúa en consecuencia. Por eso el título viene después de y no antes de. A todas luces nadie es sabio de primeras, sino de segundas, después de haber vivido. 

Ya veremos cómo se formula esta sabiduría más detalladamente, pero de momento tenemos a Sócrates confesando (irónicamente) que, por supuesto, él es sabio de algo tan común y general en la ciudad como ser hombre. Se podría hacer un tratado entero sobre esto si no fuera porque, una vez que alguien se dedica a ello, la realidad queda tan abierta siempre que resulta inabarcable e infinita. La ambigüedad queda servida. Quien sabe es al mismo tiempo lo sabido. Sin embargo, la sabiduría es sobre algo. Y nadie se trata a sí mismo como algo. No es un qué, sino un quién. Y con saber esto se sabe tanto y de un modo tan desbordante que, muy probablemente, sea lo que le corresponde a todo ser humano que se vuelve sobre sí en algún momento decisivo. Se dice poéticamente y no poéticamente, que el ser humano se vuelve pregunta de sí mismo, pregunta absoluta, que no acepta ser disuelta, perdida o menospreciada. Demasiada pregunta para quien sale del polvo y queda en cenizas. 

Esta sabiduría contrasta con la de los sofistas nombrados anteriormente y muchos otros. El sofista, presentado por Sócrates con mayor ironía, no es un hombre cualquiera, no es un ciudadano más de la ciudad, ni un hermano en la comunidad. Tiene una sabiduría que le distingue notablemente. Lo suyo es algo más, algo mayor a la sabiduría humana. O sea, deben ser revelación de la divinidad, como mínimo. O una especie de ángeles. Pero identificar tal sabiduría es conocerla como lo que es, luego es estar por encima de ellos un peldaño más. 

Mientras tanto, Sócrates se rebaja y rebaja. No niega ser sabio, pero al modo del ser humano y nada más. Alguien que sabe que es ser humano, podríamos decir. Alguien que sabe lo que implica decididamente ser humano y no va más allá. Reducción, limitación, vuelta atrás. No paso adelante sobre otros, y mucho menos contra los demás, sino ajustarse a la medida. Un saber que se mide a sí mismo como ser humano. ¡Nada más y nada menos! 

Por si no queda claro, Sócrates dice no tener la sabiduría que es algo más que lo humano. Aunque apunta a Delfos. A lo que se ha dicho en Delfos. A lo que el amigo le dijo que se había dicho en Delfos. Y que él investigó e investigó, como para llevar la contraria o para demostrarse a sí mismo lo que no era. Cuando decía en el primer párrafo que somos palabra, y que es innegable, me refería precisamente a esto. Y quizá el "logos" y la "razón" sea lo más humano que tenemos, aunque el mero hecho de ser humano no se agote en sí mismo y deba permanecer, para siempre en el tiempo, abierto a la eternidad.