domingo, 4 de octubre de 2026

FEDRO. Día 19. Platón 237a

Comienza este anti-discurso en el que Sócrates jugará tanto con las palabras como con Fedro. Sócrates mostrando desde el principio su dominio de la imagen y las palabras, invocando las musas como de costumbre, pero con giros personales. Por darle un toque genuino y separarse a la vez de lo común, creyendo que se puede decir cualquier cosa, porque tampoco hay que demostrar ni justificar todo. Las musas pueden gustar o no a los ligures. Qué más da. Lo que resulta adecuado en un discurso retórico es la capacidad para entretener y para desconcertar. Quien se quede pensando de dónde viene esa referencia se perderá en la maraña de la historia, como le ha ocurrido a más de uno, hasta constatar que no hay nada que mereciera la pena tanto esfuerzo. Pero Sócrates comienza así, sin que su interlocutor diga nada. Y prosigue. 

Lo primero, después de la invocación, es el marco narrativo. Una historia bien contada vale un potosí. Se trata de un muchacho joven muy bello que, siguiendo con el tema de Lisias, hace como si no estuviera enamorado y, aunque encuentra respuesta de su amado, dice que él tiene que entregarse al que no le amase. Y lo justifica a partir de ese momento. 

El genio socrático repete la misma entrada que Lisias, pero se nota que aquí hay mucha más calidad y claridad. De lo enrevesado que es todo en aquel discurso queda solo el asunto. Pues Sócrates lo trata con nitidez, estando o no de acuerdo. Sócrates también es, como los sofistas, alguien que domina la palabra hasta el punto de componer "música", cosas que suenan bien. 

Lo que llega a continuación es un frenazo considerable. Algo que metodológicamente forma parte de la esencia socrática y del inicio de toda filosofía. O se define, o se acota, o se habla de lo que se quiere hablar hasta enfocar, o no vale para nada y habrá que volver una y otra vez al punto de partida. De modo que aquí se inicia realmente lo más interesante. Da igual lo anterior, da igual cualquier narración. Se hace al margen de todo. Todavía no es una definición plena según las herramientas de las que dispone, pero es una primera aproximación. Simplemente se llama: "saber de qué trata la deliberación". Para no equivocarse, para no errar, para no confundirse. Si bien esto tampoco es tan verdad, porque faltará que, a la definición racional, le acompañe algo de realidad. Aunque esto lo dejamos para más adelante. 

Esto es relevante porque "la mayoría de la gente no se ha dado cuenta de que no sabe lo que son, realmente, las cosas". Punto decisivo. Para meditar. "Sin embargo, y como si lo supieran, no se ponen de acuerdo en los comienzos de su investigación, sino que, siguiendo adelante, lo natural es que paguen su error al no haber alcanzado esa concordia, ni entre ellos mismos, ni con el otro."

No es una cuestión metodológica en el sentido de un proceder especial, sino que es un punto en el que recae la destrucción de todo elogio al sentido común elemental. Para Sócrates, y no es fácil comprobar cuánta razón hay en ello, la ignorancia nubla la vista al punto de desconocerse uno a sí mismo y todo lo que carga. Y esto es decisivo porque la conexión entre la idea y la acción es elemental. No hay tanto separado en el ser humano. La unidad de lo humano se empeña en correlacionar todo hasta dar un cierto sentido a toda realidad que acontece, que vendrá o que ha pasado incluso. 

Punto esencial merece la anotación que indica que hay una concordia con otros y con uno mismo. O sea, dos. La primera sería aclararse uno a sí mismo. La segunda trata de entenderse con los demás. No diría que una antecede a la otra. Quizá se requieren conjuntamente. Pero el punto de partida no podemos decir que sea optimista con la situación humana. Más bien, al contrario. Comprende que el uso indiscriminado de ciertas ideas demasiado pronto, puede que incluso faltos de vida, conlleva su perdición y distracción total, de modo que pasan a hablar y decir, siendo cada uno una palabra, cosas prácticamente absurdas, que solo suenan bien a quien no se ha parado a llenar (o descubrir) esas palabras de contenido real antes de usarlas, es decir, a conectarlas con la verdad, a iluminarlas con el bien, a vestirlas de la belleza transparente que deberían tener. 

Por continuar, las palabras, por mucho que se amen, no portan realidades por sí mismas. Refieren cosas. No las portan por sí mismas. Alguien puede hablar usando ciertos sonidos para decir lo que nadie más comprenderá. Otro puede ajustarse plenamente a la realidad al referirse a algo y otro que lo escucha no comprender nada de lo que está diciendo o puede que incluso llegue a parecerle una locura. La palabra debe ir acompañada de algo más o mostrarse plenamente en un contraste donde se hace comprensible o no, por comparación, por análisis, por identificación. Quizá quien quiera, y este sería otro peligro ya probado, dar a cada palabra un único significado y sentido termine volviéndose loco por la esclavitud de su pretensión y el sentido de semejante estrechez. La vida real prima, por así decir, sobre todo lenguaje. 

Sócrates termina esta introducción pidiendo que no ocurra así entre ellos. Y ajusta la tarea a intentar decir "sobre qué es el amor y cuál es su poder". Luego vendrán otros análisis, luego se sacarán consecuencias. Pero primero, definir. 

sábado, 3 de octubre de 2026

FEDRO. Día 18. Platón 236c

Fedro insiste en que Sócrates debe hablar y expresarse del mejor modo. Y que todo lo demás no tiene sentido, porque así lo decidieron. Están dando vueltas para evitar lo inevitable, pero Fedro no logra todavía que Sócrates dé el paso y poder así escuchar su discurso para comprobar si es mejor o no que el de Lisias. De hecho, le recuerda que ya en algún otro momento de su vida otros le recriminaron que actuara tan esquivamente y, por eso mismo, logró desatar furia y violencia. 

Sócrates intenta de nuevo zafarse alegando que hará el ridículo en la comparación, por dos razones: ser un profano, o sea, que Sócrates se distancia conscientemente de toda retórica y muestra así que lo suyo no es eso; y porque hacer un discurso así es improvisar algo rápidamente, dar una respuesta ágil e ingeniosa. 

Fedro se vuelve con cierta furia, le pide que deje de tontear o le obligará a hablar. Es muy interesante este aspecto, que en otros lugares de los discursos es Sócrates quien lo emplea. Aquí se produce una inversión en los papeles habituales, pues los remolones suelen ser aquellos a los que Sócrates pregunta y no a la inversa. De hecho, lo común es que muestre muy solícito para el diálogo, pero no para los discursos. 

Obligado, Sócrates dice que accederá a hacer un discurso, con la cabeza tapada para no ver a Fedro y no sentir vergüenza. Pero justo antes ha dicho algo que es central en el discurso: Sócrates dice de sí que él es un amante de las palabras, un filólogo. 

Σωκράτης

βαβαῖ, ὦ μιαρέ, ὡς εὖ ἀνηῦρες τὴν ἀνάγκην ἀνδρὶ φιλολόγῳ ποιεῖν ὃ ἂν κελεύῃς.

En todo el diálogo esta cuestión será clave. Por dos razones, tanto por lo que pueda decirse del amor como por lo que signifique que nuestro acceso humano a la realidad sean las palabras, hasta el punto de constituirnos y construirnos con ellas. Ni poseedor, ni técnico de palabras, ni usador de palabras, sino un amante. O sea, alguien que trata a las palabras como el enamorado puede verse arrebatado por el amante en su presencia o en la soledad. Alguien que, de una manera u otra, no puede separarse de ellas y tiende a sentir esa llamada a la unidad y a la cercanía que, en el caso de las palabras, cobra un significado también distinto cuando se habla de ellas como vivas en el diálogo o muertas en la escritura. Amante de las palabras por lo que recibe y por lo que, como el loco e insensato, quiere entregar. 

viernes, 2 de octubre de 2026

FEDRO. Día 17. Platón 235d

Fedro alaba la respuesta de Sócrates. Reconoce su bien decir cosas. Se expresa bien. Así que insiste en que más que recordar se ponga manos a la acción y haga un discurso mejor, que diga cosas diferentes. Le gusta la novedad a Fedro, como a tantos otros, que estéticamente disfrutan cuando se dan cuenta de que hay distintas perspectivas y no solo una. Y, para que sea más comprometida su escucha, promete una estatua de Sócrates en Delfos, como si fuera uno de los arcontes que ha faltado a su compromiso con la ciudad, y así reparar su acción. Nada más y nada menos que, de este modo, Fedro se muestra convencido de que no podrá superar lo dicho en Lisias. 

Sócrates vuelve a la carga con más retórica halagadora. Más aún que Fedro, sus palabras brillan por encima de él. Acto seguido pide ir al asunto del discurso, aunque lo hace confusamente. Y dice justo lo contrario, pues la tesis básica sería que hay que conceder favores al que ama, y a esto se llama sensatez frente a la insensatez que gastaría el contrario. Si se dijera esto, más o menos así de sencillo, no habría nada que decir ni que aportar. Por lo demás, hay que dejar al orador sus cosas, que es hablar con inventiva y ser ingenioso, creativo o perspicaz. Hay asuntos básicos en los que lo común nos vale, y otros en los que el orador es ciertamente alguien que tiene una capacidad que se muestra muy superior a otros, pues en los temas difíciles puede mostrar una inventiva que otros no tienen. 

Me quedo, de todo, con la división entre lo sensato (phronesis) y lo insensato (aphron). Una simple partícula relaciona ambos como si fueran dos horizontes opuestos. Evidentemente, nadie es o lo uno o lo otro. Pero en una decisión sí que puede verse o lo uno o lo otro. No en una vida entera, sino en lo concreto, singular y pequeño, frente a todo lo grande de lo que normalmente hablamos. Esta distinción, que en el discurso aparecía a la inversa, o se pretendía hacer ver lo contrario, como enloqueciendo en sentido común de cualquier persona mínimamente atenta a la vida desde la infancia. Aquí se devuelve, como de pasada, a su sitio normal. Y se insiste, de paso, en cómo las palabras pueden estar a su servicio o en franca oposición a su criterio elemental. No se pide mucho más. Es sencillamente señalar que el ingenio del retórico puede, o no, estar del lado del bien y la verdad. Es sencillamente dejar plasmado que la belleza, en cierto modo, se puede convertir en apariencia oscurecedora en lugar de transparencia o señal dignificante. 

Fedro alabra a Sócrates por ser alguien que "ha medido bien sus palabras". O sea, que sigue a lo suyo. Y sigue por el camino del enamoramiento. Hace la concesión a Sócrates de que el enamorado pueda estar más enfermo que el no enamorado. Y acto seguido le recuerda otra vez su intención de hacer de él una estatua. Terminando tan retóricamente el discurso que a día de hoy cuesta comprender cuál es su hilazón. 

Sócrates responde con dos preguntas. La primera, dejando clara su ironía. Que no debe ofender a nadie, menos a aquel con quien dialoga. La segunda, sobre el asunto, que Sócrates no quiere situar en intentar superar la elocuencia y retórica de Lisias, y se lo vuelve a decir porque todavía no lo ha entendido. Si acaso, lo que Sócrates hará será pensar el discurso, darle vueltas a quien lo oiga para que razone de otro modo y, con todo, abrirse un poco más el sendero de sus búsquedas. 

jueves, 1 de octubre de 2026

FEDRO. Día 16. Platón 235b

Fedro se ha vuelto tan repetitivo como el discurso de Lisias e insiste, no sin recriminar antes a Sócrates que Sócrates no ha dicho nada, que el discurso realmente dice todo lo que hay que decir y que no se puede decir ni más ni mejor. Hasta en ese más y mejor resulta repetitivo en griego, queriendo hacer un juego de sonidos y musicalidad. Pero lo que dice es muy serio. 

En primer lugar, que alguien es capaz de agotar un tema. En segundo lugar, que ese tema es tan pobre que cabe, aun siendo algo como el amor, en un par de páginas escritas de un libro que puedan ser proclamadas o pronunciadas por cualquiera. Después, que es algo que debe decirse, como si hubiera una obligación humana de poner por palabras la vida en el mundo. 

Es un convencido. Está claro. Y frente a lo que quiere defender, otra cuestión que no hay que dejar pasar, ni olvidar. El hecho de que Sócrates haya dado una primera respuesta irónica y centrada en la retórica, más que en el contenido, pues de eso se trata en la sofística principalmente y no de otra cosa, es interpretado por Fedro justo al revés de como cabe esperar de un sabio. Cosa sorprendente. 

Φαῖδρος

οὐδὲν λέγεις, ὦ Σώκρατες: αὐτὸ γὰρ τοῦτο καὶ μάλιστα ὁ λόγος ἔχει. τῶν γὰρ ἐνόντων ἀξίως ῥηθῆναι ἐν τῷ πράγματι οὐδὲν παραλέλοιπεν, ὥστε παρὰ τὰ ἐκείνῳ εἰρημένα μηδέν᾽ ἄν ποτε δύνασθαι εἰπεῖν ἄλλα πλείω καὶ πλείονος ἄξια.

Sócrates vuelve a responder lacónicamente. "Esto es algo en lo que ya no puedo estar de acuerdo contigo." Aquí aparece la famosa distancia, la falta de "homología", aunque no se use el término específicamente (lo cual solo debe preocupar mucho a los más puritanos entre los señores del lenguaje). La discordancia, la separación que se produce entre dos personas que hablan de un tema revela algo importante: hay interpretaciones diversas, lo cual puede ser en muchos casos posible sin más. El problema es cuando se produce una contradicción, como bien apunta Sócrates al señalar que otras muchas personas del pasado -pues la escritura siempre es pasado-, y sabias además, dijeron otras cosas y, por lo que sea y del modo que sea, pudieran levantarse y plantar cara a Sócrates como si se tratara de un traidor juzgado en el ágora por la democracia entera de Atenas. Se levantarían, sobre todo, si "cediera" a Fedro como si no pasase nada por dar la razón a alguien que, en opinión de uno, no la tiene, sin discutir al menos un poco o ver quién refuta a quién. Lo interesante de la cuestión es este enorme pórtico sobre las reglas del juego socráticas que dibujan un mapa del que es difícil escapar. Sin decirlo, lo que está puesto encima de la mesa es que en la verdad no hay contradicción alguna. 

Σωκράτης

τοῦτο ἐγώ σοι οὐκέτι οἷός τ᾽ ἔσομαι πιθέσθαι: παλαιοὶ γὰρ καὶ σοφοὶ ἄνδρες τε καὶ γυναῖκες περὶ αὐτῶν εἰρηκότες καὶ γεγραφότες ἐξελέγξουσί με, ἐάν σοι χαριζόμενος συγχωρῶ.

Fedro, de forma un tanto perezosa, se queda extrañado y pregunta quiénes son esos testigos. O sea, de todo lo dicho, quiere interrogar lo último de todo. Imagino que para saber algo más de lo que sabe, porque si lo supiera lo hubiera dicho o se hubiera acordado de ellos o pudiera mostrar que lo conoce y que los ha refutado. Sin embargo, calla y pregunta por esos nombres. Y, además, por el lugar en el que Sócrates oyó de ellos, es decir, por el modo en que Sócrates los trató. No sea que no haya habido trato directo o el mensaje estuviera tergiversado o fuera manifiestamente engañoso. 

El caso es que pregunta. Entra ya en la conversación. Y Sócrates va a ampliar el mundo del que habla, como buen testigo que es de lo que va ocurriendo. La razón, por cierto, siempre es amplia y amplía. No es cualquier cosa. No se queda pegada a una cosa como si solo existiera esa en el mundo. 

Lo primero que dice Sócrates es que él no sabe de esas cosas. Pero ha escuchado ciertos nombres: Safo, Anacreonte, algún escritor de prosa. Y recuerda, acto seguido, dos temas importantes: que hoy se siente capaz de decir cosas bellas y que él calla porque, reflexionando sobre sí y sin olvidarse de quién es, sabe perfectamente que es un ignorante y no se deja, por tanto, llevar fácilmente. El Sócrates que sabe, insisto, que no sabe. Esa es la fuerza que tiene para dominarse a sí mismo, dirigir su vida y gobernarla de un sitio a otro yendo donde corresponde. Con más o menos sufrimiento. 

Como criterio fundamental, saber qué ha venido a la mente por uno mismo. Es decir, dónde hay trabajo personal racional, dónde ha habido esfuerzo por alcanzar una idea. Y no conformarse, ni por asomo, con aquello que llega de fuera como sombra, como un intento de conquista. Lo cual me recuerda, una vez más, el bello texto del Protágoras donde el Platón inicial hablaba en estos mismos términos de la acción de aquel hombre mayor que tanto le asombró. Dejarse llenar con cosas de otros, como si fuera un "tonel", sería poco menos que una locura o estupidez. 

Φαῖδρος

τίνες οὗτοι; καὶ ποῦ σὺ βελτίω τούτων ἀκήκοας;

Σωκράτης

νῦν μὲν οὕτως οὐκ ἔχω εἰπεῖν: δῆλον δὲ ὅτι τινῶν ἀκήκοα, ἤ που Σαπφοῦς τῆς καλῆς ἢ Ἀνακρέοντος τοῦ σοφοῦ ἢ καὶ συγγραφέων τινῶν. πόθεν δὴ τεκμαιρόμενος λέγω; πλῆρές πως, ὦ δαιμόνιε, τὸ στῆθος ἔχων αἰσθάνομαι παρὰ ταῦτα ἂν ἔχειν εἰπεῖν ἕτερα μὴ χείρω. ὅτι μὲν οὖν παρά γε ἐμαυτοῦ οὐδὲν αὐτῶν ἐννενόηκα, εὖ οἶδα, συνειδὼς ἐμαυτῷ ἀμαθίαν: λείπεται δὴ οἶμαι ἐξ ἀλλοτρίων ποθὲν ναμάτων διὰ τῆς ἀκοῆς πεπληρῶσθαί με δίκην ἀγγείου. ὑπὸ δὲ νωθείας αὖ καὶ αὐτὸ τοῦτο ἐπιλέλησμαι, ὅπως τε καὶ ὧντινων ἤκουσα.

Lo siguiente será un elogio. Pero tocará mañana.  


 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

FEDRO. Día 15. Platón 234e

La situación es la siguiente. Después del discurso leído y el primer intercambio, el único que no ha revelado la posición en la que está es Sócrates. Y de ahí su capacidad para actuar. Una estrategia que, con suma ironía, tiene desconcertado a Fedro, que en verdad ya ha manifestado todo lo que se puede esperar de él. ¿O no?

Analicemos la primera respuesta de Sócrates. En primer lugar, le da igual todo. Un buen punto de partida. Una radical indiferencia. 

Pero continúa negándose a sí mismo y preguntando si se tiene que alabar a alguien por decir lo que tiene que decir y poco más. Si es que este fuera el caso. Un elemento que aparece en otros muchos diálogos: la persona que se ajusta a lo debido, al tema propiamente hablando, y expresa su opinión de forma libre y pública, para otros. Aunque, en este caso, Sócrates le tira el guante al propio Fedro, respecto al contenido, mientras que él dice haberse fijado más en lo aparente y la forma, es decir, en lo retórico, en el uso de las palabras. Como a mí, sinceramente, el discurso le ha parecido repetitivo por escasez de contenido. Esto es, que el autor habla y habla, como diciendo cosas, porque en realidad solo tiene una que decir y es pobre, pequeña o insignificante. No se ajusta al contenido, entra en discrepancia formal con el tema y queda en un entretenimiento infantil, como le parecía a Fedro que Sócrates respondía de primeras. O sea, que se está tomando a broma lo que es más serio, en parte porque le da igual el tema y cree que con palabras más o menos bien usadas puede satisfacer populistamente a la masa que lo escuche. 

No le falta razón a Sócrates en este punto. En el fondo, lo que está en juego es el servicio que prestan las palabras como herramientas. De momento, solo son consideradas en su valor de medios portadores de algo más. Si cargan con mucho y se hacen pesadas por eso mismo, quizá no consigan su objetivo real que es llegar a buen puerto y transmitir algo relevante. Si se vuelven ligeras en exceso, será que nada soportan. Tendrían que ajustarse más bien entre ellas para alcanzar con éxito la meta. 

Las palabras pueden servir para profundizar. Una palabra se agarra, no se deja escapar y se la interroga para que suelte entonces todo lo que lleva dentro. Fijarse en la retórica es quedarse en lo superficial, cuando no está al servicio de la verdad. Este va a ser el tema realmente importante del diálogo a partir de ahora. Puesta la verdad en el medio, aunque solo sea intuitivamente, la retórica se vuelve problemática no solo por la calidad de sus formas, sino porque puede servir humildemente a la verdad o servir soberbiamente a su ocultación o engaño. Las palabras son el dedo que señala en medio del mundo en alguna dirección. No son cualquier cosa. Nuestra existencia entera, por así decirlo, es una palabra. Y sabemos que, al examinarla, lo relevante es qué porta, qué anuncia, qué confía y qué confirma. Sabemos que la existencia vivida así, como palabra, se somete por tanto a la luz de la verdad. 

martes, 29 de septiembre de 2026

FEDRO. Día 14. Platón 234c


Leído el discurso, su final es muy interesante. Primero dice que considera suficiente lo que ha dicho. Imagino que sobre el tema. Y tiene razón, en parte al menos, sobre la suficiencia de lo dicho. Nos hacemos de sobra una idea de por dónde van las cosas. Por otro lado, añade una invitación como cierre: "si echas en falta algo (es decir, si notas alguna carencia, hueco o problema), pensando que se ha omitido (esto es, que algo se ha restado a la exposición con una intención), pregunta." 

Dos verbos de pensamiento se oponen. El escritor se reserva para sí mismo el término más fuerte y poderoso, relacionado con hacer un juicio de valor y sancionar una realidad. Es el verbo, por así decir, propio del saber de los dioses, que sopesan la realidad y la tienen a la mano casi directamente. Mientras tanto, el segundo verbo (ἡγεμών) es más bien una interpretación personal. Cabe imaginar aquí como dos polos de tensión fortalecidos: la objetividad de quien defiende lo suyo y la subjetividad de quien está escuchando, que debe ceder y dar la razón al primero. 

Esta última palabra, como se ve abajo, tiene un sonido muy similar a "eros" que salta a la vida. La pregunta dice algo del amor. Si nos ponemos exquisitos, la pregunta es una invitación a amar, continuando el discurso y haciéndolo, como ahora mismo veremos a Sócrates procediendo, materia y cuerpo y alma de la conversación a viva voz.  

ἐγὼ μὲν οὖν ἱκανά μοι νομίζω τὰ εἰρημένα: εἰ δ᾽ ἔτι τι σὺ ποθεῖς, ἡγούμενος παραλελεῖφθαι, ἐρώτα.

Después de eso, Fedro pregunta a Sócrates con mucho valor. Todos esperamos que llegue su opinión lo antes posible y, con ella, termine ya este pobre discurso de palabras confusas e ideas repetitivas. Poco elegante, no digamos edificante. 

Φαῖδρος

τί σοι φαίνεται, ὦ Σώκρατες, ὁ λόγος; οὐχ ὑπερφυῶς τά τε ἄλλα καὶ τοῖς ὀνόμασιν εἰρῆσθαι;

Lo que Fedro pregunta es por el "parecer". Este es el grado en el que están trabajando, el de las impresiones. Es interesante que el discurso es "logos", en su conjunto. Es sobre lo que Sócrates está invitado a valorar. Mientras que, en la segunda pregunta, un hábil Fedro cree que puede adelantar ya el final dando a entender todo lo que hay que decir, que no es otra cosa que destacar que es algo superior por el empleo de nombres de cosas, de sustantivos con sustancia propia. 

Destaco que se trata de una valoración estética, de algún modo superficial, que vale para infinidad de discursos y no para "el discurso" propiamente hablando. Cabe esta opinión de casi todo, sobre todo si hay que opinar en el terreno de la buena educación y la compostura fina de quienes se mueven en sociedad. Ellos, por otro lado, se encuentran muy lejos de todo eso, tirados en el campo a la vista de nadie y, por lo mismo, podrán considerar las cosas que quieran. 

La respuesta de Sócrates resulta pura ironía, no difícil de reconocer. Se muestra extasiado y conmovido, traumatizado por semejante poderío. No el de las palabras, sino el de Fedro discurso en mano. O sea, que el discurso le ha dado igual. Y, una vez más, en un ejercicio de discreta juventud, se coloca por debajo del interlocutor, le cede el puesto de maestro y sabio para ver si se sienta en él con comodidad, y si accede a responder a lo dicho. Y lo dice a su modo, con el encanto amoroso y tierno que le acostumbra a poseer al inicio de cada encuentro. 

Haciendo de aedo, imitando a Homero, también él cautiva con sus palabras y se refiere a Fedro como "el de la cabeza inspirada". Así es como dice haber seguido su enseñanza, su lectura, entrando en trance con él igualmente, pues las palabras, y esto es verdad, nos conducen de un sitio a otro. ¿A dónde le ha seguido, dejando todo? ¡A una bacanal (συμβακχεύω)! ¡Qué locura! ¡Arrastrado por Fedro a una bacanal a través de este discurso y su rostro entregado! 

Lo que ocurre, y aquí está el juego, es que Sócrates se pone en el lado que ha sido duramente criticado por el discurso, como humillándose a sí mismo por adelantado, aunque nadie se lo creerá realmente. Ni Fedro. Tan es así que Fedro ahora pregunta, como bloqueado, si Sócrates no se está comportando como un niño que juega (παίζειν). Es decir, si Sócrates no está haciendo broma de algo que a él le parece tan serio y hermoso. Debe ser duro, la verdad, tener un amigo y que este responda con tanta crueldad ante la emoción ajena, dejando en ridículo el propio entusiasmo. Y Sócrates responde, preguntando muy hábilmente por la parte del conocimiento, que cómo es posible que Fedro piense semejante cosa de él y no que se lo está tomando en serio (σπουδάζειν). Porque Sócrates, redoblando la ironía, lo que hace aquí es mostrar que el discurso, para tomárselo en serio, lo que merece es que sea recibido en broma. 

¿Ha dicho algo Sócrates? No mucho. Pero ha usado la misma técnica retórica que con tanto ahínco se repite, hasta hartar, en el discurso. Esto de dividir en dos y tener que elegir o lo uno o lo otro. Imposible no dejarse ahora confundir porque qué responde Fedro para salir airoso. Lo primero sería dejar a Sócrates como un niño que juega con lo más grande. Lo segundo es ponerse en el lado de aquello que justamente el discurso critica, arrastrados por la locura. 

Fedro insiste, para no dejarse enredar, y retoma el momento inicial con una exageración, invocando a Zeus. ¿Hay algo más que decir sobre este asunto? ¿No es tan perfecto que es suficiente en sí mismo y tiene poder por sí mismo para convencer a cualquiera?


lunes, 28 de septiembre de 2026

FEDRO. Día 13. Platón 231a-234c

Fedro lee el discurso. Será el punto de arranque del diálogo. Sócrates escucha sin interrumpir. Permanece a la espera. Quizá guardando una o dos palabras clave sobre las que luego investigar a fondo. Fedro está orgulloso, pues cree que porta un tesoro sobre el que debe meditar y refrescar la memoria. 

Lo primero es ir contra el amor (eros), como una pasión contraria a la libertad y que, por eso mismo, lleva en su secuestro el arrepentimiento que será signo de estar despertando. Pues el enamorado es generoso sin medida y luego, cuando el frío llegue a su pecho, la razón pondrá blanco sobre negro. Sin embargo, frente a él, el modelo a seguir e imitar es quien se entrega al amor sin esa presión y dominación, como actuando por libertad. Y no le falta razón al discurso por tanto, pues quién quiere dejar de ser dueño de sí de semejante modo. Peor aún cuando lo que se cree perseguir es algo bueno, que concede dicha y felicidad, y, sin embargo, muta después en algo turbio. 

En segundo lugar, esta enfermedad une a uno tanto con otro que puede llegar a separar y romper la relación con los demás. Lo cual es muy significativo y muestra hasta qué punto llega la sinrazón, destruyendo la comunidad y la historia previa. Dice el texto que el enamorado está tan fuera de sí que, si el amado se lo pide, llegará a hacer mal a los que primero quiso. Según lee Fedro, los enamorados saben que "no están sanos, sino enfermos". Su enfermedad es "falta de dominio". O dominio excesivo del otro sobre uno. 

En 231d creo que la lógica se rompe, pues ahora habla de un enamorado que elige amante. No como antes, que era algo así como presa de un devastador monstruo. Ahora trata de la capacidad para elegir amante y subraya una diferencia. Si se elige "al mejor", se tiene que elegir entre pocos. Si se elige "el que mejor va", se puede hacer entre muchos. Pero me parece que esto no funciona así. 

Otro aspecto que trabaja, paradójicamente, es sobre la difusión de las relaciones, sobre su publicidad. Y vuelve a diferenciar entre dos opciones. Los que están enamorados creen que los demás compartirán su locura y, entonces, lo cuentan a todos esperando aplausos y alabanzas, aunque encuentren lo contrario. Sin embargo, "los dueños de sí mismos", que no aman, se mantienen en la discreción. Y vuelven entonces a escoger lo mejor. Es inevitable, dice el texto, que el amante vaya detrás del amado y todos lo vean. Y todos piensan entonces que está satisfaciendo sus necesidades o que pronto lo hará. Mientras que los que no aman, aunque estén juntos, no serán motivo para que nadie piense nada. Solo se pensará en que dialogan. Esta exposición o visibilidad del amor redobla, por lo mismo, los problemas del amor, sobre todo entre los jóvenes que no se dominan a sí mismos. 

Se suman los celos. El amado teme perder a su amante al encontrarse este con otros que le superen en riqueza o cultura. Lógico, en esta lógica. Y busca por ese motivo que el amante se enemiste y separe de los demás, para cerrar su círculo y visión, para que nada haya que pueda hacer sombra. Puro temor, cuya consecuencia es que, por miedo y poco amor real, impide la libertad del amado transformándolo en piedra que contemplar inmóvil. Y el discurso vuelve a contraponer otra vez a los que, por no amar, tampoco se preocupan ni sufren por estas cosas. Ellos, como no han estado bajo el influjo del amor, lo que tienen lo tienen por su propia acción y mérito. Y conscientes de esta posición de suficiencia, no temen como los otros. 

El eros, en este discurso al menos, tiende antes al cuerpo que a todo lo demás. Hace secundario el carácter de la persona y todo lo demás. Se queda fijo atendiendo al cuerpo y lo inmediato. De donde se deduce que no hay amistad todavía entre ellos y no se sabe si habrá amistad después de la satisfacción del deseo erótico. Al contrario, los que no aman sí tienen amistad y seguirán conservándola, "en memoria del buen rato pasado" y llegando a ser "promesa de futuro". No es poco. 

Avanza el discurso, a mi entender, en otra dirección poniendo ahora más en valor el amor de amistad que el amor erótico, destacando en él su parte más racional y fría, y no la física e impulsiva. Como consecuencia, el autor ve en la amistad algo mucho más firme que el eros, mucho más sólido y perdurable, que se sostiene por sí mismo en el ánimo de ambos, y no reposa en el alocado impulso de un amor que golpea más que conduce. Y además de ser más sólido, también le atribuye como característica o nota particular un cierto desinterés por sí mismo a causa de la entrega desbordada al amado, convirtiéndose así en fuente de ruina. Lo que elogia el discurso es, al contrario, a aquel que es capaz de mirar por sí mismo y calcular bien quién estará en deuda, quién tendrá que verse obligado a considerarlo por encima de sí a partir de ese momento, y no a la inversa, como le ocurre al desdichado amante. Es decir, hay que proveer de bienes a los que, como mínimo, puedan devolverlos de algún modo. Eso sería lo más inteligente. 

Un comentario, como si nada, deja a los jóvenes en periodo de prueba y tentación. En general, por supuesto, y sin matiz alguno. Frente a los jóvenes, algunos, no todos, mayores podrán "mostrar su excelencia" cuando se haya calmado, si es que eso ocurre en todo orden de la vida, el deseo. 

El cierre llama a considerar lo dicho. Deja todo delante, incluso aquello que suele pensarse y no se dice, revestido de una cierta nobleza que invita a ser acogido por encima y delante de todo lo demás. Lo fundamental, como se apunta, "el provecho", el "mutuo provecho", enemigo de la gratuidad. Y abre la puerta al diálogo invitando a preguntar. Tiempo le faltará a Sócrates para acoger esta última palabra por encima de todas las demás. Lo intuyo. 

Mi valoración primera sería la siguiente. Se habla mucho y se dice poco. Se tratan síntomas, no sin cierta malicia, sin profundizar en los entresijos de lo que ocurre. Y desde el inicio se condena a la esclavitud al amor, sin considerar en serio que pueda elegirse como lo mejor por encima de todo lo demás que pueda decirse del impulso juvenil erótico. Que tampoco convendría despreciar, sino sanar. Los juegos infantiles que separan blanco y negro con facilidad, a mi entender, siempre tienen trampa, siempre conducen intencionalmente a engaño. Y cuando se habla demasiado apelando a un sentido común excesivamente asentado en la mayoría, quizá se pretenda también apalancar a alguien en su ignorancia, sin querer más que hablar y hablar para confundir y ganar algo. Este discurso, conviene no olvidarlo, está hecho para enamorar a alguien como queriendo mostrar más virtud de la que realmente hay y ocultando en verdad toda la verdad que puede vivir el amado, aún siendo cierto que en el amor no se posee toda la vida, si es que alguien puede decir que se tiene a sí mismo gobernado en todo.