sábado, 16 de octubre de 2021

Más teología y menos...

Algunas veces me pregunto cómo es posible el retroceso de la Teología en el espacio público. Al menos en el mío. Y voy llegando a la conclusión de que se ha encargado de dar respuesta a todas las preguntas que le llegan sin ser capaz de plantear su propio programa y desarrollar con profundidad su propio pensamiento. Si se hace un pequeño recorrido por la Teología reciente se descubren corrientes y corrientes, temas y temas, vertientes y causas por doquier que, poco a poco, la han desmembrado y desorientado la reflexión desde sus mismas fuentes. Por otro lado, la preocupación del método por el método -que resulta sinceramente ridícula vista, eso sí, con la perspectiva de los años y de sus frutos- ha hecho que se manejen todo tipo de objetos extrañísimos y rarísimos a la propia teología, dotándole de un alcance sinceramente escaso y de cortas miras, incapaz de llegar donde promete e incapacitándose para alcanzar y transmitir a otros el alcance propio de sí misma. En esto, evidentemente, se ha visto encerrada la Teología por querer asemejarse a otras formas de pensamiento, de saber y de acción con los que, al querer paracerse, ha dejado de dialogar desde su originalidad. 

Aunque lo estoy diciendo muy rápido todo, la Teología se parece mucho más a las Matemáticas y la Lógica que a otros saberes. Porque parte de algo ya dado y recibido, y no de lo concreto. Y por eso necesita de otros saberes, evidentemente, como la filosofía, que cuestionen y obliguen a transformaciones en los paradigmas. Algo que se da, como es bien sabido por quienes realmente saben, en otras ciencias. Usando esta palabra en su sentido amplio y riguroso, y no como se conoce vulgarmente. Respecto de su objetividad y exigencia, que personalmente creo que no entendemos esas palabras ni las transmitimos como conviene en su amplitud dejándonos llevar por una comprensión superficial y general de los temas, vendrán dadas tanto por su pretensión y alcance como por la comunidad científica y su intercambio. Ahora bien, si los que hacen esa comunidad no tienen ningún interés en fortalecerla y llevarla a la verdad, y andan preocupados, de nuevo, más por sus métodos y por sus perspectivas, la asfixia será total. Y creo, sinceramente, que la Teología se ha dejado llevar por exigencias y requerimientos tan externos a sí misma que ha dejado de pensarse con hondura y radicalidad, como le correspondería. De ahí que su palabra sea en muchos casos inútil, porque dialoga en terrenos y territorios del saber que no son los suyos, sin tender auténticamente puentes, abandonando sus conexiones. Y lo digo no solo en relación a aspectos que tienen que ver con la Física, la Biología o la Psicología, con sus derivados, sino en general con todo, especialmente en el descuido de su propio método. 

Como estos días ha desembarcado, con excesiva fuerza e ímpetu, el profesor de Teología con quien pude conocer un poco mejor el método de Tillich, para algunos ya olvidado, reconozco en él este valor por encima de muchas otras aportaciones. Igual que lo valoro en los grandes teólogos del siglo XX, que para mí siguen siendo Rahner y Balthasar. Sus métodos eran propiamente teológicos, no derivados teológicos. Y sus pretensiones eran, por lo tanto, de gran alcance. Con todo, es su gran esfuerzo el que me permite seguir pensando sin quedarme encerrado en sus concreciones. Lo cual, mucho me temo, no ocurre normalmente hoy, donde los teólogos han abandonado el cultivo de este saber realmente en conexión con la comunidad de la que, precisamente y no sin ella, reciben el humus y la libertad suficiente para desarrollar su trabajo, precisamente para la misma comunidad en primer lugar y luego para toda la sociedad en su conjunto. 

A los que están pensando en una jerarquía clara y ordenada de saberes, les diría que primero es necesario pensar esto. Luego, si acaso, atreverse a poner orden en cierto modo. No al revés. Sabiendo que, cuando se hace eso, se elige un criterio que, como bien sabrá quien se haya dedicado a ello un par de horas serias, no es del todo aprendido y mucho menos creado artificialmente, sino que responde hondamente a lo humano mismo y es, de por sí entonces, una primera encarnación sublime de la verdad. Dada previamente y presente antes de toda conciencia de ella. Pero esto es otro cantar. 

Lo que me preocupa, porque me preocupa, es el lugar de la Teología y lo que se está haciendo con ella por parte de quienes más la desprecian y cómo sutilmente se ha ido desgajando de sí misma, de su objeto propio y sin reflexionar suficientemente en el método que le permita alcanzar aquello de lo que, en realidad, ya parte. Es decir, que el método es claramente el de la profundización y no tanto el de una expansión artificial e ingenua, que confunde más que ayuda. 



viernes, 15 de octubre de 2021

Recuerdos de santa Teresa

Recuerdo lo que otros han recordado de Teresa. Recuerdo lo que Teresa ha dejado como recuerdo de sí misma. Una protagonista de su propio recuerdo, con sus propias palabras, que siguen siendo tan actuales como distantes. Dibujan y se sitúan en un mundo ajeno, muy distante al mío -apenas a ciento cincuenta kilómetros de aquí- ya desaparecido. Todo aquello terminó. Ella ayudó a derribarlo. Puso delante algo que es lo que sigue siendo atractivo y vivo, de tremenda cercanía y proximidad a toda persona religiosa, incluso a toda persona creyente, es decir, a toda persona. Lo difícil es leerlo, yendo al fondo, sin quedarse en las palabras. Digo difícil porque lo es. Porque requiere un cierto espíritu en quien lee ejercitado en estas trabas históricas y destiempos, en estas durezas en el molde y, cómo no decirlo, de la propuesta de Teresa. Muchas lecturas caen así en lo superficial, sin elevación, o en la construcción de castillos, sin elevación real, sin trato directo con la memoria de Teresa y la memoria que Teresa dejó y quiso dejar para otros. Recuerdo a Teresa determinada y los dolores de su determinación. Recuerdo a Teresa fina y de detalle, cuidadosa con algunas palabras, creadora de imágenes sugerentes que densifican lo cotidiano. Recuerdo a Teresa hermana entre hermanas y hermanos, sabiéndose hija, queriendo ser hija, con lo que conllevaba de carga y lamento, de paciencia y pertenencia, de fidelidad y silencio. Recuerdo a Teresa morando el mundo con una única morada, que es ella misma, haciendo trabajo ahí constante y hondo abriendo puertas, despreocupada por otros secretos y misterios llamativos. Recuerdo a Teresa aceptando y con disponibilidad, sin saber en qué terminará, pero continuando en la acción sin parar demasiado en algunas contemplaciones vacías. Recuerdo a Teresa lectora y niña, escritora y mujer, dialogante y gustando dialogar algunas palabras. A Teresa toca leerla a ella misma, por ella misma. Y dejarse interpelar, entrar en su conversación, compartir su obra. Pero esto me lo digo a mí, no a otros. Porque no creo, sinceramente no creo, que sea para todos, ni todos tengan que pasar por Teresa, ni quedarse en Teresa. Es deseable, porque educa. Algo hay que saber, por saber y poco más. Algunos, los menos, están llamados a hacerse, en el mejor sentido de la palabra, del Carmelo para encontrar y seguir mejor al Señor. Poco más. Pero quien tiene la alegría de conocer a alguien que ama a Teresa y que da a conocer a Teresa, algo de Teresa llevará siempre consigo. Aunque solo sea el nombre, la imagen y alguna palabra bella y clara, verdadera en la vida y fuerte por sí misma. Recuerdos. Son recuerdos.  



jueves, 14 de octubre de 2021

Creencias y pertenencias

Si el conocimiento, si el saber, si la apertura es siempre situada, concreta y con punto de partida en la propia carne, el saber siempre será pertenencia. Y de la pertenencia provienen creencias, no a la inversa. La comunidad, el grupo, las relaciones hacen, no de filtro, sino de orientación. Se da en la cultura, a través de lengua y familia, y en los primeros pasos de la vida según va concretándose. 

Excursus. Pertenencia en español tiene dos acepciones claras, que son muy interesantes. Por un lado, vínculos. Por otro lado, "las herramientas y las realidades que se han hecho propias, de las que se dispone". 

Esta tarea de acogida de la vida hay que hacerla y se hace. Es inevitable. No hay otro modo. De tal modo que se despierta siempre en una realidad concreta, y se despierta habitualmente como si fuera casi una vivencia única, que bien sabemos que no lo es en general nunca, pero sí lo es en cuanto a personal y propia. En este sentido todo el que despierta vive algo único, original, no trasladable. 

Es su momento, es su ocasión, es su oportunidad. Se despierta porque se despierta. Se despierta en una comunidad, ya con unas pertenencias y lazos. Que no son tan débiles ni fragmentarios como se vende hoy. Hoy la ligazón no será con lo inmediato y con unas pertenencias cerradas como en otros tiempos, pero hay pertenencias muy fuertes. Hoy, por ejemplo, los jóvenes pertenecen a una generación, pertenecen a un tiempo, se refuerza esa pertenencia y diferencia respecto a otros de múltiples formas y se traslada y se comunica. Esa pertenencia, dada las limitaciones humanas y dada nuestro carácter unitario, que puede evidentemente estar en medio de la paradoja y la contradicción sin darse cuenta, pero no tanto, es una pertenencia fuerte siempre. 

Este despertar, esta oportunidad, como también está casi dado de suyo, se vive de modo diferente según la tierra en la que se está, según el tiempo en el que se está, según la comunidad y relaciones en las que se está. Ahí, en la cultura, se ve si hay una cultura de la vida o contra la vida, si se comprende y acoge la vida como novedad que llega o se cierra esa novedad para hacer de ella nada más y nada menos que repetición de lo que había. Esa esa la diferencia y separación teórica y práctica que podemos hacer en la cultura, que es la auténtica pertenencia, de la que dimanan enormes creencias. 



miércoles, 13 de octubre de 2021

Tal y como yo lo veo

Últimamente uso mucho esta expresión. Como si se tratara de una muletilla o coletilla que, en lugar de usarse al final de la frase, advierte desde el principio y encabeza todo lo que llega detrás. Tiene su gracia. Porque es una toma de posición, la conciencia de la propia perspectiva que, y solo es posible así, ayuda a superar la propia perspectiva y todo forma de especticismo. A lo mejor quien la escucha no se da cuenta de lo que quiere decir, pero quiere decir exactamente eso que quiere decir y no otra cosa. Que las cosas son aquello que yo veo y que tal y como yo lo veo en estos momentos es como explico a continuación. 

Ese realismo mágico e insustancial que cree que se pasea por el mundo entre cosas y significados hechos y que puede diferenciar tranquilamente entre real y no real según le parece a él, me excede. Como también me cansa enormemente el subjetivismo, el pesimismo idealista de quien ni siquiera ha hecho el esfuerzo por pensar -mejor dicho, vivir- algo en serio. Evidentemente a unos y otros, tan volcados sobre el mundo y el existir cotidiano, todo les resultará blanco o negro y pedirán exigiendo calma en otros, no tomarse nada tan en serio, si no es el dinero, el mantenerse en el mundo, el satisfacer o soportar algún que otro deseo o capricho, mientras todo vaya como sigue yendo. Lo suyo es tan conservarse en la vida que el insisto básico es supervivencia, mera supervivencia y nada más. Y, por su supervivencia en eso poco que viven, no temerán ofender, dañar, hacer sufrir o condenar a otros. Directamente incluso, sin pestañear. El mundo es lo único que existe y no hay nada más que considerar: ni a uno mismo como vida, ni -por supuesto- a otro. Suma y sigue. 

Una cierta sensibilidad siempre hay. La que aplaca la conciencia. La que se escandaliza morbosamente en el regusto narcisista que ofrece en sacrificio al otro. 

Tal y como yo lo veo significa que me esfuerzo por poner delante las cosas, por verlas. Tomo conciencia de ello. No aplaco, ni me canso en ese esfuerzo. Las mantengo más allá de los fogonazos y las sigo considerando una y otra vez. Vuelvo sobre ellas, sin darlas por sabidas e intento pasar la mirada una vez más a ver si encuentro algo que explique en ella por qué es como es y no es de otra manera. Es decir, captar eso esencial que ciertamente se da libremente y que yo estoy teniendo dificultad para recibir, para comprender, para hacer mío, para entrar en ello como se merece. 

Vuelvo y, tal y como yo lo veo, lo cuento. Contarlo es necesario. Ese filtro es necesario. La explicación es necesaria. Esa liberación es importante. Ponerlo en común. Ganar, si no objetividad, sí una cierta universalidad de comprensión o una familiaridad con la cosa. Contar para ver en común, para construir mundo común, para ajustar palabras como se ajusta la llave inglesa para apretar la tuerca, para modelar y moldear. Para seguir. 

Tal y como yo lo veo no es una expresión más entre otras. No la repito por repetir. Me la repito para repetirme, para hacerme un cierto camino en todo esto. Que no es lo mismo relativo y relatividad que relativismo. Que lo relativo puede ser relativo a mí y por tanto, si me engloba, algo personal, o racional y, por racional, compartido con otros. Que lo relativo solo dice que se pone en contacto con, que trata, que se relaciona, que hay dirección, que hay vínculo. Lo relativo a al persona será por tanto personal. El peligro es tratarse al revés. Y que relativo, descubrir lo relativo, puede ser la mejor manera de empezar a hablar en serio de absoluto, de lo absoluto, del absoluto mismo. Antes, a decir verdad, sería una barbaridad hacerlo, cuando todavía hay solo relativo o relatividades, sin haber descubierto algo absoluto en lo relativo, aunque sea la afirmación misma de lo relativo o la capacidad misma de captar lo relativo. 



martes, 12 de octubre de 2021

¿Dónde podemos aprender a ser (mejores) profesores?

Unos amigos me preguntaban estos días qué les recomendaba para aprender a ser profesores. Son antiguos alumnos que se inician en institutos y ya comienzan a sentir, porque son inteligentes, que algo les falta. Ni con máster, ni sin máster se soluciona este problema. Pero me alegro mucho, y así se lo dije, que no hayan terminado su formación antes de empezar a dar clase. Porque los primeros años son cruciales.

Primera recomendación, aprender de lo recibido. De los muchos profesores que han pasado por sus vidas, cuál siguen recordando y por qué. En el mejor sentido, claro. Qué ocurría en sus clases, cómo les trataba. Segunda recomendación, aprender de sus compañeros. Fijarse ahora en quienes tienen más cerca y hacer departamento con ellos. Muchos institutos tienen una vida de claustro pobre, pero departamentos ricos. Otros tienen departamentos pobres, pero claustros ricos. Ya les adelanté que, a mi modo de ver, esto es fundamental. Tercero, que pregunten y pregunten y sigan preguntando. Y, en lo posible, vayan buscando siempre los mejores profesores. Al principio, para evitar deslumbramientos, mejor que ciertos libros “mágicos” y “fantásticos” no se lean, porque no se pueden ubicar en la realidad. Lo primero, a la realidad. Después, para cuidar y velar por la esperanza, algunos libros. Pero primero, la realidad.

Pasando al capítulo “sí mismos”, que no dejen de formarse en aquellas materias que son “lo suyo” y que amplíen horizontes a otras. Pero que no olviden las suyas y sigan profundizando. Lo mejor sería no dejar nunca la universidad. Hoy, con las tecnologías de nuestro lado, es fácil seguir vinculado de una u otra forma. En torno a las universidades hay mucha vida académica e investigación. Creo que en el futuro el puente será muy directamente entre docentes de uno y otro lado y, probablemente, proyectos comunes. Puede ser interesante. Dejar de formarse es la antesala del papel amarillento.

Y, como todos los que llevan un tiempo ya saben, que miren mucho por los alumnos y los conozcan. Al principio, como la distancia es corta, tienen mundos afines y conexiones que lo hacen de suyo. Pero espero que se den cuenta pronto de que conocer a un alumno no puede ser una tarea circunstancial, ni hablamos de “su entorno” e intereses, sino del alumno como alumno, como persona, como joven. A partir de aquí se darán relaciones académicas y personales que harán de la escuela ese lugar de antifabricación de personas y serán la resistencia, en primera línea, de una humanidad que no se apague.

Aunque he intentado proceder con orden, todo se mezcla. En realidad, lo que les dije, para resumir todo esto, es que hay algo que el buen profesor tiene desde el inicio y que va descubriendo con ayuda de sus alumnos y con pasión por enseñar y que aprendan, por abrir ventanas, por ver avances, por rescatar a los que van dejándolo, por dedicar tiempo fuera de todo tiempo, por preparar, por tantas cosas… Pero que ya lo tiene quien empieza y solo hace falta alguien, combinación de compañero y alumno, que lo saque a la luz y, al principio, le dé horizontes amplios y lo cuide.

Con todo, me entristece que no se den buenos pasos para cuidar a los jóvenes profesores que llegan a las aulas. Porque ellos pasarán allí muchos, muchos años. ¡Ánimo y adelante! ¡A buscarse la vida! (En el mejor sentido de la palabra.)




lunes, 11 de octubre de 2021

¿Por qué nos polarizamos?

Es evidente que divisiones, grupos enfrentados y conflictos ha habido siempre. El fenómeno de la polarización no es comparable con ningún otro anterior por la existencia de las redes sociales. Es su distintivo más notable. Y también define el alcance, de carácter nacional y global. Pero, a todo esto, hay que añadir un elemento en el que poco se piensa: algoritmos y robotización digital. Me explico brevemente. 

Una persona accede al espacio público de las redes sociales. Comienza a interactuar y recibe también la acción de los otros. Entonces, se tiende a juzgar como exitoso aquello que recibe más aplausos y como menos exitoso lo que no recibe atención de nadie. Se reproduce hasta el punto de condicionar la acción de quienes actúan en las redes sociales. Si el impacto va siendo grande, se añaden más y más personas, crece la comunidad sin darse cuenta y sin poder controlar quién aplaude según qué comentarios o rechaza otros. 

Los algoritmos reparten contenidos a otras personas a través de las relaciones con otros usuarios y los contenidos repetidos que se van compartiendo y ejecutando. A mayor contenido en una dirección más localización y mejor se puede difundir si interesa a otros. Se va cerrando el círculo. La persona termina por ceder su vida ampliamente considerada al reducto de vida que interesa a los demás. Y a las opiniones que parecen cosechar más difusión. 

Según el momento y el contexto, además actuarán grupos interesados con sus robots interesados en fragmentar, dividir o insignificar discursos y posiciones buscando lo más llamativo, lo más vulgar, lo más destructivo, lo más raro, pero para mostrarlo como opinión general de un grupo concreto. La persona que se ha visto implicada tiende, además, a repetirlo, porque se ha visto reforzada en su discurso o tiene que defenderse dando más explicaciones y, de este modo, cierra sobre sí toda posibilidad de otro contenido. 

He escuchado que hay un grupo que ha convocado una jornada "contra la polarización (digital y luego social, no a la inversa)", sin darse cuenta, probablemente, que su posición ya es reflejo del sistema y que actúa dentro de él reforzándolo. Otras personas, que seguro que son muy agradables en la vida común y corriente más allá de las redes, no paran de lanzar mensajes unidireccionales con carácter provocador, si no agresivo, que justifican sus posiciones personales, sin darse probablemente cuenta de la imagen que están trasladando a quienes no les conocen de nada más y el uso mediático que están haciendo de "marcas" o "pertenencias" tan grandes como "Iglesia", "Catolicismo", "Cristianismo"... Otros, sin duda por motivos personales, participan activamente de redes que entremezclan todo tipo de problemas personales y sociales, dando visibilidad cada vez mayor al discurso más pedregoso y exigente... Y todo esto es lo que es la polarización. 

El reto de la polarización no es hablar de ella, sino la comunión, la vida común o como se quiera llamar a la participación respetuosa en un mismo espacio. Pero claro, sin el "calor" y el "dinamismo" que da la disputa y el enfrentamiento, las redes sociales no habrían llegado a tener el poder e impacto que ahora tienen, y por lo que son decisivas e interesantes para fuerzas que actúan en un marco global, tanto respecto a la economía como al poder, como la cultura y la ideología. 

Solo lo digo por ir pensando. Contra la polarización la única medida suficiente es regulación personal, no vivir ni de aplausos ni de insultos ajenos, pensar antes de escribir, comprender y procurar no enfrentar lo que, de suyo, probablemente no esté enfrentado. Y dejar a un lado polémicas de escasa profundidad para aprovechar este tiempo en lecturas de mayor hondura. Esto se dice fácilmente, pero cuando llegan las elecciones y las decisiones serias, todos votamos. 

Leo por ahí que la "opinión general" es probablemente uno de los objetos inventados más peligrosos de la historia de la humanidad. Y, aunque me pesa mucho, le doy la razón. Me gustaría que todo fuera de otro modo, que el diálogo enriquecedor fuera antes que nada lo que se diera y que la persona, siempre una y única, de carne y hueso y singular, fuera lo primero en todo. No sé si es una utopía, sin más, que como todas terminaría en excesos, pero como marco, para la vida corriente, me vale y me sobra. Se llama "amor", en este caso, "al prójimo". 




domingo, 10 de octubre de 2021

Entre Gorgias y Critón

Entre Gorgias y Critón hay proximidades y distancias. Digo esto sobre los diálogos, no sobre los personajes, que debieron existir. Banquete es una construcción mayor. Una trilogía que podría leerse unida. En este orden precisamente. Primero Gorgias, después Critón, luego un largo tiempo sin leer y, por fin, llegar a Banquete. 

El cristianismo es amor al prójimo. Insisto mucho en que sobran causas y temas. Lo digo en serio, sobran. Oscurecen el mandamiento principal, lo reducen más que condensan. Y uno tras otro termina estableciendo una línea entre malos y buenos moralizando algo donde no hay más que aquello que de Dios llega y nos atraviesa hacia otros, hacia el prójimo. El amor al prójimo cristiano es gratuidad porque no es nuestro. Si amamos con nuestras fuerzas, oscurecemos a Dios. Si amamos a algunos entre los prójimos, oscurecemos a Dios también. Insistiría en esto lo que hiciera falta. El mandamiento único es el amor. No hay libro en el que lo haya descubierto, salvo el Evangelio. 

Marión presenta el fenómeno saturado. Un fenómeno que en su donación excede y supera. Creo que Lacoste lo trabaja mejor. Diría, además, sin pretender añadir nada a ninguno de los dos, sino en otro orden, que es una realidad que nos hace personas, que en su donación nos constituye, no como sujetos entre objetos, que eso lo hacemos nosotros por nosotros mismos sin ayuda de nadie, sino como personas en una humanidad recibida y compartida. El entre de muchas filosofías no es uno y el mismo, no es el mundo, y sí que puede ser la humanidad y el amor a la humanidad. La humanidad se ama a sí misma de modo diferente en cada uno y en el entre, en el común. En el común hay una desposesión que se debe a la donación por la que se entra en él, por la gratuidad de la donación, por el exceso del fenómeno. No sé si es saturado por densidad y por la impenetrabilidad en él, pero sí por la porosidad hacia el otro. Algo en la saturación es más apertura que cerrazón. 

Se ha publicado un libro sobre filósofas del siglo XX muy interesante. Se curtieron. Hoy no sé por dónde van los tiros en muchos casos. Noto una enorme dispersión. Algunas filosofías están preocupadas exclusivamente en sí mismas. Son un desastre devastador. Un pesimismo lacerante. 

La música se aprende, se afina en quien la escucha. Conferencias como las de Ramón Gener ayudan mucho. Como es un mundo en el que me sumerjo en mi propia ignorancia y disfrute, personas como él me ayudan mucho. Levantaría un monumento enorme a personas didácticas como él. Los hay también menos mediáticos. Pero valoro mucho la buena divulgación. Casi tanto como odio esa palabra. Son maestros, no divulgadores. Maestros de cultura. Tres libros sobre música andan ya cerca. Tres editoriales diferentes. Me gustaría, siempre lo he dicho, disfrutar más de lo bello, de la belleza, del arte y de la estética. Pero sigo en pantalones vaqueros. 

Para leer a Henry hay que distinguir muy bien, muy finamente entre vida y mundo, entre mundo de la vida y mundo de la objetividad. Y saber de la primera casi antes que de la segunda. Por cierto, desconozco sus novelas. Parece que tuvieron un éxito notable que no acompañó a "La esencia de la manifestación". Por qué será. Lo intuyo. El primer libro al que me acerqué fue "Yo soy la verdad". Los últimos que he descubierto son los dos tomos sobre Marx, con quien tiene claras deudas intelectuales y de quien hace una recepción muy propia, ciertamente recortando aquí y allá. O al menos a mí me lo parece. La gente que no lee a Marx, pero habla de él como si tal cosa, termina diciendo barbaridades. Como quienes lo leen demasiado, que todavía los hay. Tengo un par de amigos que saben mucho de Henry. Con ninguno he tomado un café. Y el día que lo hagamos, si es que se da la ocasión y hay voluntad para ello, no hablaremos de él. Me temo. 

A propósito de los poemas, me llega hoy esto: "El poema es una mano extendida sobre el abismo. ¿Para salvarte? No, para no caer solo." De Ana Pérez Cañamares, poeta a quien no conozco. Me lo envían en prosa. Por si alguien luego quiere corregirlo. A la fe, ciertamente, no le hace falta poema alguno para hacer que la persona no esté sola. O, mejor dicho, la fe hace cumplir con la soledad de un modo tan personal y propio que hace que la soledad sea tal sin romperla cuando se abre al otro. Creo que pronunciar la palabra "soledad" es en muchos casos lo mismo que decirse y saberse "único, irrepetible e insustituible", pero que eso no es sino la vida. Es más, diría que la soledad no se ve, ni se nota sin otros. Que en lugar de hablar de "soledad" sería mejor estudiar la comunicación entre ambas y usar un cierto plural que a lo mejor no está inventado. 

Sobre la pobreza de nuestro lenguaje y nuestro modo indigente de caminar por el mundo, basta para mostrarlo hacer el siguiente ejercicio: hablar de la hoja de un árbol en otoño, de su color y su forma, sin sacarla del lugar en el que está. Nada de cogerla entre las manos. Nada de manipularla. 

Ángel Viñas compartió esta mañana en Twitter algo de Shestov. Este autor es una locura maravillosa. Aunque, de lo que he podido leer, nada como "Atenas y Jerusalén", que es un libro para perderse y comprender a retazos. Hubiera sido un gran intelectual del siglo XXI o se hubiera perdido en la insignificancia más absoluta, porque sus preocupaciones y formas son plenamente actuales y plenamente distópicas. Quiebra el sentido. Es uno más entre los grandes que nada quieren con el sistema o, incluso, un cierto sentido. Aunque otros que exploraron la necesidad de un sistema de representación no llegaban ni a la mitad de lo que ahora vemos que implica la totalidad. Es lamentable que las personas, con la cantidad de posibilidades que tenemos abiertas a nuestra permanente disposición, vayamos siempre en una dirección que parece atentar contra nuestra misma humanidad. Salvo que nos salve algún tipo de lírica, épica o impacto. A Sócrates no le avisaron de lo que iba a ocurrir cuando bajara de nuevo a la caverna y Platón quiso dar detalle de ello sin metáforas. 

El Evangelio de hoy no es ni para entender, ni para escuchar, ni para recibir explicaciones. Es para escuchar y vivir. No hace falta nada más. O todo lo demás sobra hoy. 

Sé que es una manía mía y poco más. Pero qué libertad tan mezquina se impone cuando se obliga a vivirla haciendo lo mismo que todos los demás y todo lo que los otros esperan que hagas. ¿No hay más salida que la de volver a ser como niños? ¿Será posible? 

Mañana llega un nuevo libro que me da cierta pereza. Viene presentado con un subtítulo en forma de recetario y técnicas de mil maneras para alcanzar lo bello, bueno y verdadero. Confío en que no me salgan erupciones, que estoy atópico últimamente.