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LISIS. Leyendo el diálogo platónico

Publico la primera entrada sobre el diálogo llamado  Lisis  de Platón el 1 de enero de 2022. Nadie piense que sé mucho. Más bien lo hago, al...

sábado, 31 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 80. (Platon, 348c - 348d)

Es francamente complicado hacer una definición de filosofía fuera de la acción, al menos como yo la entiendo y en lo que me ha interesado. Tiene su historia larga que se remonta precisamente hasta aquí, hasta este punto, que no es más que poner sobre la mesa el tema principal de la sabiduría y qué es ser sabio y si se puede alcanzar ese nombre, o conviene simplemente mantenerse en búsqueda, en tensión, en trato continuo y en amistad, amor, apasionamiento o entusiasmo respecto de ella. 

Cuando se dice que toda persona tiene su filosofía de vida o del campo que sea, entendiendo lo que se quiere decir y siendo del todo cierto que cada persona vive del alimento con que nutre su pensamiento y alma, hay un paso más que dar. Precisamente por haber descubierto eso, que tenemos una visión de la realidad incorporada que no son meros espejismos, fábulas y ensoñaciones, sino que son cruciales día a día y momento a momento. El simple momento en el que se toma conciencia de la precariedad en la que estamos respecto de la realidad, y las no pocas confusiones y enredos de los que participamos como si tal cosa, exige un paso más. Creo que este salto, siendo personal, no siempre se puede dar solo o, mejor dicho, nunca es solitario. Basta con ver algo tan bello como el modo como las personas confían unas en otras con vínculos, cadenas sólidas que los enlazan. 

Sócrates toma la palabra y se dirige a Protágoras, como haciéndole volver la mirada hacia el lugar en el que comenzaron y dejando a un lado otras referencias. 

"Protágoras, no creas que yo dialogo contigo con otra intención que la de examinar estas cosas de las que yo no conozco solución. Pues creo que acertaba Homero al decir lo de: Marchando los dos juntos, el uno alcanza a ver antes que el otro."

Dulce complicidad. O nueva ironía. O una forma nueva de reiterar lo que siempre ha dicho: que es ignorante, porque de las cosas que trata no puede sino ser ignorante, él y cualquier otro, hasta que alguien le demuestre lo contrario y él lo compruebe, lo examine, lo comprenda de otra forma. Carácter rudo o sintonía con Protágoras al verlo en una situación vital que él es capaz de reconocer sin mediar más palabra que la del silencio. Y queda la duda de si está jugando adulándolo para que entre de nuevo al trapo y al juego, o si está apoyando desde fuera -siempre desde fuera- el trabajo que Protágoras está en situación de hacer, por fin, consigo en su propia alma, ahí dentro, sin espectador alguno capaz de adentrarse tan hondo. 

En cualquier caso, pone de relieve algo interesante que, por mi parte, también vivo de esa manera. Que la filosofía, pese a su soledad, no es tan solitaria como se piensa, como personal, muy personal, extraordinariamente personal. Claro, como aquí estamos en el punto "fundante" de una filosofía consciente de sí misma, es decir, como filosofía, no hay error alguno, pese al subrayado de no hacer demasiado caso a otros, como a los poetas. Por cierto, que para remarcar la duda, Platón hace que Sócrates cite a Homero. Pero la filosofía es esa vuelta sobre lo personal, lo más personal. Y el modo de llamar a esto ha sido "alma" en la persona. La vuelta del alma sobre sí. Si es que se puede hablar así. No para enraizarse precisamente la persona en sí misma, sino en su alma, en su vida. 

La compañía es fundamental. Está claro. Hay una habilidad en el diálogo que no sale en ningún otro lugar. La lectura es, para nosotros, una posibilidad para ello. Cuando estamos implicados en la lectura. No cuando se hace por ocio, por entretenimiento, por distracción, sino en búsqueda. Ahí hay una fuente extraordinaria que otro tiempo no pudo conocer. Con el peligro de eso, de reducirla a aprender lo que otros han dicho sin más con enorme memoria y ser capaces de citarlos. Es decir, sin que haya persona entera implicada frente a la radicalidad de los problemas que plantea el querer saber, el necesitar saber de qué va todo esto a lo que nadie me ha preguntado si quiero vivir y donde estoy clavado. Esto es la razón. Por eso la filosofía. 

Muchos han visto antes, claro. No solo uno respecto de otro. Sino una gran multitud ya, antes de vérmelas yo aquí. Millones de personas habrán leído y dialogado con intensidad con Platón, infinitamente mejor que yo, por supuestísimo. Eso me provoca, claramente. Pero también todas las personas que han vivido y sufrido, hasta el final. Ellas también han sabido, saben. Necesitaría escucharlos. 

Lo he dicho muy mal. Esto último. Tendré que revisarlo. 

Vuelvo. Otros han visto ya. Lo han dejado escrito, con sus palabras. Eso me interesa. Han buscado, han encontrado algo. Lo han dejado ahí para el diálogo. 

¿Y hoy? Se mantiene vivo el diálogo en otros espacios filosóficos. De algún modo, diría, todos buscan esos encuentros si aman la filosofía, porque no se puede abandonar, porque se sabe que lo de hoy no vale tanto que mañana no tenga que ser vuelvo a ver y hay una constante marcha sobre lo eterno. Ante la crisis de la universidad actual, que no conozco de primera mano pero sospecho por conversaciones, amigos, publicaciones y foros, este asunto es muy importante. De la universidad nadie debería salir una vez terminados cuatro, cinco, ocho años. Eso es lamentable que se viva así tantas veces. Pero bueno.

No pienso que Sócrates esté aquí comportándose indignamente con Protágoras, como el de antes. Insistiría filosóficamente en este asunto, aunque no sepa explicarlo bien, ni siquiera mejor. Lo que vislumbro a duras penas es la situación protagórica, el momento, el valor de su silencio y el llamamiento de Sócrates a volver a la seriedad de lo que está ocurriendo. Con ironía, claro. No hay en sus formas otra forma mejor para hacerlo. 

La compañía, el diálogo, el intercambio es imprescindible. Quienes hablamos de esto lo sabemos, en clase y fuera de ella. Y particularmente callo en muchos ámbitos en los que participo, sin azuzar más, como me gustaría. No veo momento como este. Aunque a veces se da este milagro, en el que la roca queda erosionada, la arenilla luce como polvo de lo que somos y de lo más que polvo que somos y sabemos que somos. La cercanía del otro es imprescindible. Despierta la pregunta fundamental que no podemos simplemente descubrir por lo que vivimos por nosotros mismos y de lo que somos conscientes porque lo vivimos y pensamos en ello. La pregunta del amigo, que está en otras cosas, y no digamos de los que nos adelantan, claramente, en tantas cuestiones, despierta. Siento la redundancia en la expresión. Se podría decir que pone delante lo que está, también. Que centra la atención. Una palabra fundamental da para toda una vida en muchos casos. Despeja, por continuar con la metáfora de letargo, aunque se parezca igualmente a una cierta oscuridad sobrevenida, a una borrosa miopía.

¿Qué es lo que ocurre cuando la verdad es tan importante y sin embargo podemos darle la espalda?




viernes, 30 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 79. (Platón, 348c)

Igual que confundimos con frecuencia cantidad con calidad, el más con el mejor, de igual forma relacionamos muy rápido aprender con alguien que nos enseña y cosas por el estilo. Esto de aprender, de coger algo por uno mismo, de captarlo y de verlo, de tomar -sin más- conciencia de lo que es delante de nosotros aún habiendo pasado por allí la mirada no pocas veces, de reconocerse a uno mismo ante una realidad amplia en la que nuestro conocimiento muestra dificultades propias para adentrarse en ella por sus limitaciones, esto de aprender es saberse en el misterio de la ignorancia sin que la ignorancia pueda ser resuelta salvo lenta y parcialmente. 

La escena que comenté ayer, con Alcibíades mitológico increpando a Protágoras en sus sueños sin piedad alguna, me recuerda mucho a la impaciencia de los sistemas que quieren abarcarlo todo y en los que las personas tienen un lugar irrelevante y absolutamente sustituible, hasta el punto de no ser queridos por nada en sí mismos y muchos menos deseados por alguien. Sin más, se cierra cualquier persona mirándola con las gafas y las orejas de la insensible totalidad. Estás aquí pero la escena te puede. El mundo es mucho más importante. La realidad en su totalidad es lo fundamental. ¡Adiós! ¡Habla o cállate! 

Es lo que ocurre tantas veces con personas de las que somos capaces de olvidarnos o consumir, que vienen y van. No es algo propio, ni original en Platón, aunque Alcibíades se haga altavoz de ello. El mismo Alcibíades es usado por Platón de este modo. Sobre él van todas las culpas y así nos lavamos las manos, no tenemos nada que ver con eso, es algo suyo y nada más. Pasamos página y adelante. 

"Protágoras se avergonzó." 

καὶ ὁ Πρωταγόρας αἰσχυνθείς 

Ya lo he visto en otros textos de Platón. El interlocutor queda confundido, enredado y oscurecido. Mejor dicho, se ve a sí mismo en su propia confusión, enredado y oscurecido. Esta es la buena fe que le visita. Y la reacción, incluso física, que se puede ver, se apodera de él como de cualquiera. Y le hace ser "un hombre" entre otros, le encarna, le humaniza. No es humillante, no es desprecio, ni hay conquista alguna. Es su oportunidad real, lo que está viviendo. 

Y Sócrates, dice "me pareció a mí", para sostener la distancia y no entrar en ello, respetando casi sagradamente la herida y no hacer sangre con la debilidad y vulnerabilidad que se muestra. Protágoras está aquí, no en otro sitio. Protágoras sabe lo que sabe e intuye lo que viene a continuación. Protágoras está singularizado, salió de donde estaba atrapado. Existió aquí su liberación. La puerta, que no ve, puede ser atravesada. Al menos sabe que hay una puerta que lleva a otro lugar en el que, por lo que parece, no ha estado y no sabemos si está dispuesto a estar. 

La descripción completa, penosamente, es la siguiente: 

"Protágoras se avergonzó, me pareció a mí, cuando Alcibíades dijo esto, y al rogárselo Calias y algunos otros de los presentes, consintió, a duras penas, en el diálogo; y me invitaba a que yo le preguntara para responderme."

καὶ ὁ Πρωταγόρας αἰσχυνθείς, ὥς γέ μοι ἔδοξεν, τοῦ τε Ἀλκιβιάδου ταῦτα λέγοντος καὶ τοῦ Καλλίου δεομένου καὶ τῶν ἄλλων σχεδόν τι τῶν παρόντων, μόγις προυτράπετο εἰς τὸ διαλέγεσθαι καὶ ἐκέλευεν ἐρωτᾶν αὑτὸν ὡς ἀποκρινούμενος. 

Digo penosamente por cómo se fuerza a Protágoras a salir de su momento y nadie repara en que sería interesantísimo para todos que hubiera contado lo que estaba viviendo y explicara algo de lo que hablaba en silencio, de lo que callaba. Quizá es más importante esto que todo lo demás. Y también penosamente porque la presión, una vez más y tantas otras veces que queda, se hace presente para forzar. Y no es Protágoras quien por sí mismo acepta la invitación de Sócrates sino que se revuelve en su quedar bien ante otros para responderles, a pesar de darse cuenta de que Sócrates es muy diferente de todo lo que Calias y compañía pueden aportarle o importarle. Protágoras está ante lo otro, ante lo diferente, ante lo inesperado, ante lo que no olvidará, ante la duda encarnada, ante su propia carne avergonzada, vergonzada, envuelta en su ignorancia, situada ahí y no pudiendo escapar a ningún lugar salvo en la dirección de la puerta de Sócrates que está ante él por encima de todo lo demás. Y sigue. ¡Qué pena!

El giro del diálogo es, si alguien quiere verlo así como yo lo estoy entendiendo, un paso más hacia la aceptación de la propia ignorancia y el intento de ocultarla ante quienes todavía no la han visto. Protágoras todavía está en la estética, en el quedar bien, en la apariencia falsificadora. Parece que solo Sócrates ha podido ver su "vergüenza"; esa apariencia se ha vuelto transparente a él porque la ha visto también en otras personas, en otros momentos. Aquí hay de nuevo esta "vergüenza" que haría que la filosofía fuera algo realmente serio. Sin embargo, Protágoras responde a Calias y algunos otros, no todos, a un resto que todavía le valora y defiende. Es decir, a su orgullo. 

Sobre esta "vergüenza", que es como una deshonra, un desdibujamiento de uno mismo, un rechazo hacia uno mismo... tendríamos que hablar mucho más y saber en qué momentos se vive con intensidad, y qué respuestas caben más allá del arrepentimiento libre y confiado junto a la intemperie de ir donde no se conoce y donde la ignorancia, por tanto, se redobla en lo fundamental, como siendo un niño que nuevamente entra en el vientre materno. 

Sócrates toma la palabra para dirigirse nuevamente a él. Es interesante compararlo con Alcibíades. Estos dos momentos consecutivos. 



jueves, 29 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 78. (Platón, 348b - 348c)

Visto así, en la distancia de más de dos siglos, todo parece fácil. Alguien te invita a una conversación en la que tienes que decir lo que piensas y qué puede ocurrir mal. Simplemente es eso: di lo que realmente piensas. ¿No es la situación más cómoda, fácil y simple del mundo? Pues no exactamente. Para nadie, en general. Pero mucho menos si has dicho antes orgullosa y gloriosamente que eres un sabio. E infinitamente menos si delante tienes a alguien dispuesto a no darse por vencido a la primera y que preguntará no solo de lo que dices, sino de si sabes lo que dices y si vives lo que dices. Tal es el embrollo en el que está metido Protágoras con un Sócrates que parece estar cogiéndole por los brazos y zarandeándole con la máxima corrección para saber si es realmente la gallina de los huevos de oro que dice él mismo ser. 

Tan callado permanece Protágoras, calculando, que una vez más Alcibíades interviene en la disputa, para dirigirse esta vez a Calias. Margen para unos, que no pueden mirar para otro lado ni un segundo. 

Con contundencia el joven, no tan indirectamente, sentencia la cobardía de Protágoras situándolo entre el bien y el mal. Ahí colocado, pero más inclinado con su silencio e indiferencia al mal que al bien. Aunque Alcibíades -mitológicamente-, reflejo de su violencia acostumbrada, aunque sea en este momento mayor o no se comporta como un joven irrespetuoso sin comprender lo que está ocurriendo con Protágoras, o en Protágoras, o dentro de Protágoras, o en Protágoras con el mismo Protágoras. Algo así. El caso es que Alcibíades urge y exige lo que él mismo no da, ni puede probablemente ofrecer. ¡Arrogancia, claro! 

Las personas necesitan tiempo cuando se trata de decisiones importantes o palabras graves. Necesitan tomarse el tiempo o rascarlo con las uñas si es que fluye más rápido de lo habitual arrastrándolas. Este hacerse hueco en la vida, como cayendo a plomo sobre ella, es muchas veces un callarse que no tiene que ver con esconderse, sino con haberse descubierto o revelado algo fundamental, que probablemente estaba ahí desde siempre y que ahora luce particularmente. Este momento -que no es místico, sino más que cotidiano o vulgar para quien no está viviéndolo en primera persona- reconforma el significado de muchas realidades de un plumazo. A unas las deja sin sentido, a otras las rebrota, a no pocas las inunda. Protágoras parece que es lo que está viviendo. 

Alcibíades se toma a juego y broma esto de dialogar y cree que simplemente es intercambio de palabras entre unos y otros, de modo que se puede sustituir a un interlocutor por otro del banquillo y todo seguirá adelante. Atracción, pero de feria. Protágoras molesta. ¡Pues que se vaya! Tal es la forma en la que Alcibíades está, como en la guerra, sometiendo a Protágoras. Y esta no es la forma de Sócrates, a decir verdad, ni cuando estuvo a punto de irse desesperado. No es o Protágoras u otro, sino que Protágoras comienza a importar por él mismo. 

Lo de expresarse -y hacerlo libremente, claro- no es nada simple. Bastaría que cada uno pensara en sí mismo un rato para darse cuenta. Y exigirlo a otros, provocarlo en otros, no siempre resulta igualmente satisfactorio. Insistiría en eso, para tomar conciencia de lo que es hablar con un filósofo así de primera mano, al modo como Protágoras lo está sufriendo. Hay que vérselas ahí para reconocer la exigencia. Que no es un examen al modo como hoy se hacen los exámenes, repitiendo los saberes que otros han alcanzado o haciéndose sabio por citar bien tal o cual página de tal o cual libro, de modo que otros me saquen del atolladero. En este caso, darle la mano a Sócrates es saber que arrancará el brazo de cuajo. 

Lo de expresarse, vuelvo ahí, debe ser libre. Es evidente. Y quien tiene recorrido e historia ya se siente preso de ella siempre, de lo que dijo entonces, de lo que dijo hace algún momento. Liberarse es dificilísimo, rarísimo, escasísimo. Diría que la mayor parte de personas vive en el engaño de creer que no puede comenzar y quedan atrapadas así en un engaño que se hacen a sí mismas, desproveyéndose de su propia libertad, que nadie puede quitarles pero que sí pueden negar o cegarse o enfangarse más. Lo de expresarse tiene algo de "catarsis" que se ha visto siempre del lado del espectador, más que de la propia vivencia. No es un fenómeno de masas, no se produce entre el gentío o la vulgaridad. Eso será compensación pobre y amparo en lo general para desfogar un rato. Pero la expresión de uno mismo es pura liberación, como la Verdad que acontece. 

Sócrates abre esa puerta. Sócrates quiere que esa puerta se abra. Sócrates sabe lo que hay tras esa puerta. Sócrates ya la ha cruzado y, aunque esté ahí presente, pide que otros la atraviesen. Y sabe que no cualquiera está en condiciones de hacerlo por sí mismos. Menos aún algunos. Así que se acerca y lo reclama, guía hasta ese momento. Pone frente a ella a cualquiera. Es la puerta del no ensimismamiento, la puerta de la persona, la puerta del sujeto, la puerta del yo, la puerta de la conciencia, la puerta de la entera libertad, del momento absoluto, del absoluto en la historia, la afirmación por excelencia contra toda negación, la esperanza radical y absoluta en el que el Bien es posible. Expresarse. 

En el expresarse de otro hay posible "homología" entre sabios. Y lo demás serán juegos. 




miércoles, 28 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 77. (Platón, 347d - 348b)

Una buena reunión filosófica es aquella en la que cada uno habla de sí mismo. No es una reunión por tanto para hablar de otros, para hacer historia de la filosofía, para hacer comentarios a la historia de la filosofía, para sumar opiniones a las opiniones de los demás. Una reunión filosófica es hablar en primera persona. Es decir, hacer lo que siempre hacemos sin el escudo de la opinión del otro. Quizá la escasez de filosofía sea lo que haga que la filosofía sea incomprensible para muchos, especialmente para quienes se inician en ella. Y aquí sí pienso que todos tienen un inicio en ella motivado por la vida misma. 

Comentar opiniones de los demás, como si pudiéramos llegar a ellas por lo que escriben y bucear en sus intenciones, es ridículo. Lo es sin duda respecto a alguien presente, no digamos si no lo está y cuánto más si pertenece a otra época. Tal y como yo no pretendo hacer aquí, porque esto no es ni de lejos un comentario a nada, sino una meditación al hilo de este diálogo. Si fuera un comentario sería otra cosa distinta la filosofía, que es precisamente lo que se pide a los alumnos que van a ir a la universidad en el examen general para ingresar. Tal cual, en ese caso, está penalizado el comentario personal. 

Imagino que este apunte vale para toda la educación ampliamente considerada, donde no se da, salvo en rincones marginales, oportunidad al alumno para que piense, lea lo que le provoque interés, escriba sobre su inquietud e inclinaciones personales, comparta con otros compañeros foros y entornos de discusión. Eso, si se hace en la escuela -da igual su grado-, será siempre "como al margen", como "rozando lo ilegal" y considerado "como inútil". La educación actual, como entonces la de Grecia según parece, traslada al individuo a una esfera en la que pensar por sí mismo se penaliza. ¡Mejor que sea un repetidor! ¡Eso sí es aprendizaje! (Ni hablo del debate que hay en torno a la memoria, porque está desquiciado.)

Me parece muy luminosa la descripción platónica: 

"Así también estas reuniones, si se componen de hombres tales como la mayoría de nosotros dicen ser, para nada necesitan de voces ajenas ni siquiera de poetas, a los que no se puede preguntar de qué hablan; y muchos, al traerlos a colación en sus argumentos, los unos dicen que el poeta pensaba esto y los otros aquello, discutiendo sobre asuntos que son incapaces de demostrar. Pero los educados dejan a un lado las reuniones de esa clase, y ellos conversan entre sí, tomando y dando una explicación recíproca en sus diálogos." 

No deja lugar a dudas. No se trata de ningún tipo de desprecio por la cultura, el saber y todo lo demás. Por otro lado, Sócrates y Platón creo que no atisbaron nunca que hoy yo aquí estuviera leyendo uno de sus libros y haya leído a otros tantos (los libros son siempre cosas del pasado, claro está), porque no creo que deba situarse ahí la cuestión. Tampoco entiendo que la filosofía esté de la mano de la autenticidad de lo que cada cual piense en su momento. La situación es más complicada, porque ahora, cualquiera que esté concernido e involucrado en estas búsquedas tendrá a mano muchos textos que le ayudarán. Siempre y cuando se tomen bajo la advertencia de lo que hoy se quiere decir, pero no se dice, en la redundancia del pensamiento crítico. Es decir, que la propia acción de leer siempre será un pensar y que en el pensar por uno mismo siempre habrá que estar alerta. 

Por supuesto, todo pensar es personal. Pero no todo lo que se piensa el propio. Y gran parte de la filosofía consiste en hacer pensar lo que se piensa, sin más. Otros, los grandes genios, son los que crean horizontes de sentido para su generación y, no pocos de los más grandes, para las venideras. En esas estamos. En la necesidad de pensar que, cuando llega, ya tiene por lo tanto una historia que revisar y en la que habrá que "meter mano" de algún modo. Los grandes autores ayudan a eso. Pero filosofía solo será en primera persona. Y sabiduría, lo que es sabiduría, convendría ir separándola lo más que se pueda de la capacidad de citas elevadas o refranes populares. Un sabio no es el repetidor de las opiniones ajenas, sino el que eleva su voz en consonancia con lo originario, con lo fundamente. Esta memoria sí es prodigiosa. 

La incitación de Sócrates no queda como una reflexión abstracta. Quiere pasar a la acción, actualizarla, vivirla. Esto es lo que hay. Si somos sabios en algo, si hay sabiduría en nosotros, hablemos y sepamos de qué está hecha. Es decir, analicemos bien lo que decimos por nosotros mismos. Que es lo mismo, casi idéntico, que saber cuál es la fuente de nuestra vida. Y, ya que sabemos que no somos sabios, que esta conversación al menos conduzca a una nueva conversión, reparación o arreglo de nosotros mismos. ¡Al lío!

τοὺς τοιούτους μοι δοκεῖ χρῆναι μᾶλλον μιμεῖσθαι ἐμέ τε καὶ σέκαταθεμένους τοὺς ποιητὰς αὐτοὺς δι᾽ ἡμῶν αὐτῶν πρὸς ἀλλήλους τοὺς λόγους ποιεῖσθαιτῆς ἀληθείας καὶ ἡμῶν αὐτῶν πεῖραν λαμβάνοντας

Para poder realizar lo que Sócrates está proponiendo, que no es tarea fácil esto de "hablar por uno mismo", hay antes que "deponer a un lado" todo lo demás que es ajeno, aunque esté dicho con buenas y bellas palabras. "Abandonarlo", hacerlo extraño. ¿Cómo es posible, si ya está dentro de mí, si lo he recibido desde pequeño, si ni sé distinguir en mí lo que es propio y lo que es ajeno, lo bien pensado y el engaño, y todo lo demás se cierne en una confusión enorme nada más doy el primer paso? ¡Complicadísimo! 

Como todo esto es tremendamente cierto, que es una verdad de dimensiones enormes y que a nadie le gusta que le cuenten, mejor no tener ningún aprecio por uno mismo y lo que piensa, y ser lo suficientemente libre como para ponerlo en cuestión. Si se llega a esto, ya hay inicio en la sabiduría. Sin esto, difícilmente. Por muy inteligente que sea una persona, amándose a sí mismo por encima de todo lo demás la Verdad, como tal, no puede aparecer. Si hay Verdad, en pura lógica, la persona se amará a sí misma menos que a la Verdad, al Bien y a la Belleza. Pero cuidado, que aquí muchos se entregarán a ideologías de todo tipo, cegados y cerrados, repitiendo esta verdad sin haberla hecho Verdad. Si hay Verdad, en serio, nada más será tan importante. Quien lo ha probado, lo sabe. Y no es "misticismo", como me decía hace unos días un gran filósofo de reconocido prestigio mediático en España. Otra cosa es que no se haya probado la Verdad y se pueda leer mucho en muchos idiomas. Son cosas diferentes, que parece que los que saben muchos idiomas deberían saber, y quizá sepan, pero no lo dicen jamás. 

Protágoras ha quedado indeciso, incierto, débil e incapaz de tomar una decisión. ¿Exponerse? Durísimo. ¿Callarse? Quedaría como aquello que dice no ser o no dice ser, lo que se quiera. ¿Enredarse con Sócrates ahora para discutir estas nuevas palabras sobre si son o no verdad citando a otros poetas, como hace en otras ocasiones? Aquí parece que no puede dar gato por liebre, ni enredar enredando a otros. 

Sócrates habló más, no solo eso. Dijo otras cosas por el estilo. Pero sea lo que fuere, es importante ver que Protágoras ya ha recibido, se le ha aparecido algo que todavía no ha nombrado. Ese silencio locuaz de cuando caemos en la cuenta de algo o de cuando no sabemos cómo articular en palabras ordenadas lo que estamos viendo o de cuando la intemperie puede más con su incertidumbre y luz cegadora de lo que soportan nuestras seguridades y pilares cotidianos. Es importante verlo. Quizá es la puerta para lo mejor de la vida. Quizá no abandonar esta actitud sea de lo más filosófico que se puede provocar en muchas personas. Es un "hacer pensar", no dar algo que aprender, que son cosas diferentes. Es poner en marcha a la persona. 

Ahora bien, todos sabemos que un momento así, que es ocasión para lo mejor con un poco de valentía que se tuviera, en la mayoría se resuelven con mirar para otro lado y no acobardarse frente a la propia mediocridad confiando en el olvido de todo esto, en que el tiempo haga de la suyas y penetre esta luz en el pozo ciego. Será una posibilidad ahora, luego ya veremos. Será oportunidad, pero hay que cogerla por uno mismo. Igual que pensar, que nadie puede hacerlo por uno mismo. Igual que vivir. Se puede ser esclavo de alguien, pero nadie puede vivir por mí mi propia vida. Esto es una mala comparación. 

Está claro que se abren los ojos y se sigue adelante, o se queda uno tan tranquilo en la cama, tapadito y calentito. Que mañana ya, si eso, será otro día. 




martes, 27 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 76. (Platón, 347b - 347d)

Retomo esta lectura. Es curioso, y creo que despista mucho, que Platón, siendo el primer filósofo que reconocemos como tal aún hoy, diga que la sabiduría (cuando decimos conocimiento hoy esto se entiende mucho peor todavía) es recuerdo, memoria y todas esas palabras que usamos para lo que, en verdad, sería una vuelta sobre lo originario, que es como la aventura de verse en el tiempo girado hacia lo eterno. Por eso es recuerdo. No porque haya mucho anterior que retomar, sino porque lo suyo es ayudar a darse la vuelta sobre lo que corre el riesgo de olvidarse bajo el dominio transitorio del presente y las obligaciones que imponen naturaleza y mundo sin sentido y constantemente. 

Después de un rato en el que Sócrates ha hecho "lectura" de Simónides y lo ha traído a la conversación, le tocaría a Protágoras dar el siguiente paso en el desafío propuesto. A saber, que él era sabio y tiene que demostrar que posee tal sabiduría y que tal sabiduría se transmite, pasa de unos a otros de alguna manera. Sócrates cede al sofista "lo que le sea más agradable". Pero sobre todo, para que se avance sobre la cuestión importante y no se despiste nadie comentando "literatura ajena" para "pensar por sí mismo". 

Se trata de examinar a Protágoras, de examinarlo con él mismo. No de otro asunto menor, considerado aquí con dureza como "cosas de gente vulgar y frívola" que hablan "mientras toman algo", es decir, para no hacer de esto un "tema de bar" en el que se sirven tantas opiniones como bebidas circulen entre el auditorio. Lo cual es muy interesante, porque considera la importancia del escenario que envuelve la discusión, el diálogo, el intercambio, el mutuo comprenderse y mutuo examinarse. ¿Hay espacios que son más apropiados que otros, como si formasen parte del método mismo que alumbra un buen camino hacia lo más alto de todo? La meditación sobre esto llevaría a la imposibilidad de categorizar como diálogo todo intercambio de palabras. Lo cual ya sabemos por experiencia propia. Y primer unos sobre otros, como participando de un diálogo superior en el que todo lo demás sea borrado del horizonte y en donde la atención sea concentración, es decir, que nos veamos involucrados de tal modo que seamos nosotros mismos tanto quienes hablamos como de "lo que" hablamos. 

Lejos de "pasar el tiempo" entre flautistas, música y divertimentos, la seriedad hace aparición. ¡Cómo nos habíamos pasado por alto a nosotros mismos! 

No sé a cuántos de la sala, pendientes ellos de las palabras de Sócrates, les estará cayendo un jarro de agua fría encima. Pero sí se que muchos presentes, en el fondo, aunque reservemos espacios especiales en edificios especiales para hablar de estas cosas, nos parecerá que la imagen de bar se puede trasladar a donde suena música celestial en el tono que sea, sin compromiso, sin acierto, sin implicación, sin salir de allí transformado. Más allá de "espacios" hay "circunstancias vitales y personales" realmente "vitales y personales". 

Y es verdad que no se pueden fabricar estos lugares, como se montan paredes, sí que se puede ver una persona que busca la verdad y el bien en esa circunstancia. Y también es verdad que el hecho de compartir estancia con otra persona no tiene nada que ver con compartir situación, con "vérselas en las mismas". Y, por supuesto, la empatía de uno con otro no será ni de lejos tan importante como la "empatía" con la verdad, la comunicación con la Verdad que atrae y llama, con el Bien que reclama y exige. 

La rebaja platónica de "gente de cultura y bien" se puede tomar como ironía o como señal de algo que propicia la seriedad de la vida. Y ojalá la cultura fuera ese "espacio" provocador sobre la existencia, que pida a unos y otros salir de la masa, de la generalidad, de la totalidad, de la actitud "burlona" de quien solo se distrae y baila. 

Que nadie piense que aquí se hace burla del baile, ni de la poesía y el arte, ni de la literatura y el ocio, ni del bar y la fiesta. De lo que se trata es de la distracción existencial general que llamo desde hace tiempo "ociosidad" esclavizante y cegadora. 



lunes, 26 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 75. (Platón, 346b - 347b)

Se va esclareciendo -un poco- por dónde va Sócrates conversando con Protágoras. ¿Quién está tratando con quién, por decirlo al modo como Protágoras habló al principio de su intervención? ¿Qué es la filosofía cuando pone más énfasis en la filia, en la búsqueda amorosa, en la cercanía, en la persistencia y permanencia junto al otro? ¡Hay que aguantar para no separarse demasiado! ¡Hay que vivirlo!

Es verdad que el mundo de los grises, sin reconocer blancos y negros, es más que cómodo. No exige nada, porque es pura conformidad. Se da por sentado antes de comenzar y no aporta nada. Todo es gris. ¡Cuidado con los blancos y negros, con esa especie de extremismo radical que habla del bien y del mal, de lo blanco y de lo negro y que quiere poner orden, proporción y equilibrio! ¿Qué equilibrio cabe entre el bien y el mal? ¿No será la mezcla siempre perversión y pérdida? ¿De qué somos capaces de hablar y vivir? El asunto es importantísimo. Y no sé por momentos a qué se teme más y de qué se anda la persona alejando: si del mal, para no ser dañado o herido; o del bien, para no ser llamado, interpelado, interrumpido. 

En la palabra "interrupción" hay tiempo y quiebra, o una distancia que cobija la libertad en su separación del mundo. Escucho hablar del "amor al mundo" y me surgen dos dudas o tres: de qué amor hablamos, porque pienso que el amor propio no es tal amor; a qué mundo nos referimos y si por mundo entendemos una totalidad en la que los otros son parte, sin separación de otras circunstancias; y, tercera, si cabe hablar de algo así como un mundo de amor, más que de un amor al mundo, porque me temo que en el amor al mundo hay más adaptación acomodaticia que construcción de algo a la altura imposible de la humanidad que habita en él. Interrupción es esto, que tantas y tantas veces ocurre al margen de nosotros mismos, anormalizando su desarrollo, abocando a lo inesperado, sorprendiendo en la calma o en la tormenta o donde sea. Esta "interrupción" de la normalidad no puede ser un instante, sino algo más alto y ancho como mínimo, de mayor impacto del que se escribe y describe habitualmente. Y sucede cada día. 

Parece que el poeta acepta "los términos medios para no censurar", porque el juicio que se hace cuando se habla de lo bueno y lo malo está ahí y permanece. No censurar para no atreverse a que se escuche lo diferente. No sea que la masa revolucionara se revuelva y vaya contra él, dejando de aplaudir sus poemas, sus reflexiones, sus cantos. No sea que saliéndose de la norma y el equilibrio social acomodado aparezca lo que el gris esconde y acalla, al saber de la presencia del mal y de la posibilidad radical del bien. El bien sí que es radical. 

Elogiar a cualquiera... ¡Cuidado, cuidado! Se me ocurren ejemplos de condenas extremísimas que aceptamos históricamente sin desvaríos. ¿Será que no son elogios auténticos los que no dicen nada más que una parte de la verdad? ¿Será que no aceptamos la posibilidad de silenciar lo otro? ¿Elogiar a cualquiera? Elogiar solo se puede elogiar el bien. ¿Todos tienen algo bueno que reflejar? ¿Todos?

Eso sí, si dejásemos de premiar, de elogiar el mal, la acción mala... si recuperásemos la bondad de la persona, la acción buena y no solo el simple deseo... Pero para eso hay que ver mucho positivo, frente a lo negativo que resta continuamente y empobrece lo que fue posible... ¡Mucho hay que ver, mucho hay que saber, mucho hay que haber vivido! 

Y termina su interpretación del poema. Casi se nos olvida que Pródico y Protágoras estaban ahí. Y que este discurso comenzó como alegato de la brevedad y ha sido una hermenéutica completa del poema, un comentario de texto longevo que se seguirá escuchando de mil maneras... 

Dicho lo cual, ambos siguen callados. Ni se les espera de momento. Porque Hipias sí que ha tomado la palabra para pedir tiempo para su propio discurso. De momento, sin más referencia a Sócrates que un genérico "te has explicado bien" sin contenido, sin objeto alguno referido. Como los sofistas estaban acostumbrados a estas exhibiciones, Hipias es más que sincero: "Tengo un discurso sobre el tema que va bien y que os voy a recitar en seguida." Es decir, por si no se entiende, Hipias tiene enlatado un discurso que usa aquí y allá según convenga, y le parece que es el momento de volver a repetirlo. Sin mas. Venía ya de antes. De nada, según parece, ha servido la intervención de Sócrates. Qué más da el diálogo, que aparece despreciado. 

Alcibíades sale al quite. "¡Mejor lo dejamos para otro momento, Hipias!" Y vuelve a centrar en lo dicho antes: que ahora toca el diálogo, que ahora es tiempo de preguntas. Tal y como hacemos en las exposiciones generales, en las clases tras la presentación de contenidos. ¿Nos ponemos manos a la obra porque es ahora cuando llega lo verdaderamente importante? ¿Qué hay que hacer si no esto, reaccionar, reactivar, recibir?

Sócrates dice: "Dejo a Protágoras lo que le sea más agradable." Un buen modo, más que cortesía. Es ya la primera pregunta. ¿Qué quieres hacer con todo esto y cómo te encuentras mejor para proseguir la investigación? ¿Eliges? ¿Dices algo? ¿Estás ahí, Protágoras? ¿Qué has escuchado? Tanto si pregunta, como si acepta responder será a cambio de hacerse mínimamente responsable de haber escuchado y entendido algo. Lo cual, si me ocurriera a mí, ya digo que sería muy difícil sin lápiz, papel y algo más de inteligencia de la que tengo. Porque el discurso, con el que Sócrates ha dado a probar al sofista su propia medicina deslumbrante y ataviada de muchos círculos e idas y vueltas, ha sido largo, intenso y, a ratos, de detalle. No hay solo una o dos contradicciones, una o dos vueltas a lo mismo y lo contrario. Hay más. ¿Qué puede hacer un mortal en estas circunstancias?

Me pregunto qué elegiría yo. Preguntar es haber entendido. Responder es dejarse examinar. Lo primero sería de "más sabio". Lo segundo da al traste con "la relevancia" que se desea tener y por la que quiere alguien ser reconocido. ¿Será capaz de poner a prueba a Sócrates o no quedará otra que continuar aceptando el lugar del discípulo examinado? ¿Se verá todo esto?




domingo, 25 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 74. (Platón, 345d - 346b)

Vuelvo sobre el tema de ayer. Comienzo casi del mismo modo. Perdón por la repetición. Lo creo necesario. El asunto es que del bien y del mal no se escribe de cualquier manera o no se debería hacer. Y que cuando nos tenemos que parar a pensar sobre ello es siempre "tarde", sin antelación. De ahí que nuestra posición más sincera sea una ignorancia más que reconocida y una precariedad en los instrumentos notables. 

El niño que se plantea que ciertas decisiones de sus padres son malas para él y le da vueltas y vueltas, porque la vida es siempre injusta y no le da tregua, en el fondo no habla del bien y del mal, sino de sí mismo y todo lo demás, junto con su deseo de no tener obligación y responsabilidad alguna, porque eso "carga". Quien se plantea el bien y el mal está ya y se ve ya "cargando" necesariamente y sin salida con una realidad que, podríamos decir que como un niño que empieza, le supera ampliamente y en la que no cabe otra que verse implicado, haciendo sin saber de las consecuencias de lo que hace. 

Si del bien y del mal hablásemos así, con su profundidad propia, poco menos que el alma se desgarraría entera. Tanto por lo hecho como por la presión de lo que queda por hacer. E, insisto, no queda otra que actuar. Lo repito, no hay salida. Estamos de lleno en eso. 

Solo alguien que ignora esto puede vivir tan distraídamente de sí mismo que, en el fondo, le da igual su propia persona, la de los de alrededor y no digamos los otros que no conoce y que están viviendo las consecuencias de sus decisiones. No es una exageración, por supuesto. Si no se ve es porque falta profundidad al reconocer lo decisivo que es esto de lo que hablamos. Todos sabemos que quien construye un fusil no mata a nadie. ¡Claro que no! Ni quien compra esto o aquello tampoco es un opresor que paga injustamente. ¡Claro que no! Ni quien hace a medias ciertas obligaciones se puede decir que sea un vago que enseña a otros a vaguear y trampear por su comodidad, pase lo que pase luego. ¡Claro que no! Ni un padre que es mal ejemplo es el responsable último de la vida de sus hijos y lo que hagan con ella. ¡Claro que no! Y suma y sigue. 

Sócrates expone aquí su doctrina, su pensamiento sobre la vinculación entre el mal y la ignorancia. Decimos "intelectualismo moral" y todos saben ya de qué hablamos. ¿Nadie hace mal "a sabiendas", con "sabiduría"? Y nos reímos de la bobada que es, aunque sea para desahogarnos por las veces que hemos creído ver y vivir lo contrario. ¡Cuántos habrá que hayan matado queriendo matar y sabiendo que mataban y disfrutando incluso de la muerte del otro y deseando su sufrimiento y el de todos los de su alrededor! ¡Cuántos!

No es así como se tiene que ver la cuestión, ridiculizándola. ¿Alguien que viera el mal en su profundidad, con todas sus consecuencias, sería capaz de obrarlo? ¿Alguien que supiera lo que es y dónde se mete, lo aceptaría? ¿Alguien que colocara el mal en su auténtico lugar, no descolocado de todo lo demás, se atrevería a acercarse o cedería? ¿Alguien así no resistiría? 

A la inversa, ¿alguien que supera de su capacidad para el bien y todas las consecuencias que tendrá no lo desearía como lo primero, lo buscaría, se comprometería, daría lo que fuera por alcanzarlo como el tesoro más valioso? ¿O es que no vemos el Bien en su auténtica grandeza, lo ridiculizamos éticamente en ocasiones, lo dejamos al "libre albedrío" como opcional? ¿En serio? 

Ahora, ¿no será que no sabemos, esto es, que ignoramos lo que son y por eso vivimos como vivimos, pero que si lo conociéramos...? ¿No habría voluntad?

Probablemente esté aquí el otro asunto, que ha encandilado a muchos. ¿Voluntad dañada, herida, rasgada, temerosa, débil, precaria? ¿Cómo llamar a esto? ¿Desorientada, perdida, extraviada, atrapada? ¿Voluntad negativa, temerosa? 

Hace falta meditarlo bien. Que es lo que Sócrates procura que hagan aquí sus oyentes. Desconcertados, ciertamente, a medida que va comentando el poema y toma referencias de Simónides. 

Muy interesante la referencia del esfuerzo de los buenos para no ceder voluntariamente a "lo que les nacería casi automáticamente", que procuran decir bien cuando todos se quejan con males y, con sus palabras sencillas, muchas veces justician sin echar más leña al fuego. La queja, por pequeña que sea, como es acusación y juicio, sitúa curiosamente del lado del "mal", clausurando y cerrando la culpa, mientras que el bien es posibilitante, recuperardor, reparador, esperanzador siempre. Así se distinguir desde antiguo. Y así cualquier en su día a día puede comprobar el poder cotidiano del bien frente al mal, que lo detiene. A lo mejor también nota lo contrario. 

τοὺς δ᾽ ἀγαθοὺς ἐπικρύπτεσθαί τε καὶ ἐπαινεῖν ἀναγκάζεσθαικαὶ ἄν τι ὀργισθῶσιν τοῖς γονεῦσιν  πατρίδι ἀδικηθέντεςαὐτοὺς ἑαυτοὺς παραμυθεῖσθαι καὶ διαλλάττεσθαι προσαναγκάζοντας ἑαυτοὺς φιλεῖν τοὺς ἑαυτῶν καὶ ἐπαινεῖν.

Efectivamente. Quien ama, con su voluntad justifica. Así obra el bien y quedan vinculados para siempre más allá de la mera amistad o de la pertenencia social, se une al bien y queda impregnado por él. Diríamos que alguien que obra así es auténticamente valiente y fuerte, y no pocas veces le toca "templar" ambientes cálidos o fríos, amainar tempestades y soportar -siempre es paciencia lo que está en juego- inclemencias, intemperies y realidades que buscan imponerse con la violencias de los hechos ante la precariedad de lo que debería ser. 

Suena duro, pero es así. Estos buenos que describe Sócrates silencian el mal, lo tapan, lo ocultan, lo hacen suyo sin reflejarlo. Porque no es ignorancia del mal lo fundamental, sino el conocimiento del Bien. Solo eso transforma y no lo pensamos detenidamente casi nunca. Conocer el mal a fondo solo puede conducir a la negrura del alma. Quien conoce el bien, lo contrario. Pero que nadie espere que por conocer mucho y muy profundamente el mal se saldrá de ahí de algún modo sin el amparo del bien, sin el hueco de salida. Sin embargo, en este mundo, quién puede conocer solo el bien. Quien conoce el bien sabe también, y probablemente no poco, del mal. A mí esto me parece decisivo en educación y cada día más. No digamos socialmente, con todas las oleadas de quejas, reivindicaciones y protestas, que llevan al enfrentamiento sin salida alguna. El bien es otra cosa, procede de otra realidad. Quien conoce el bien, tiene verdaderamente otra vida, otra tensión. Centrarse en él es fundamental y fundante. 

Deberíamos seguir pensando esto con mucho más cuidado. No sea que la sabiduría sea esto y solo esto, porque pequeña que parezca: saber del bien, nada más y nada menos; y de la tensión en la que está la vida humana situada, con su voluntad y tiempo de por medio. 



sábado, 24 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 73. (Platón, 344d - 345d)

Cuando buscamos o nos preguntamos por el bien y el mal no estamos en la misma situación que quien ha perdido cualquier cosa o necesita coger un tenedor para comer algo. Cuando buscamos o nos preguntamos por el bien y el mal ya estamos afectados por ello, sin que sepamos de dónde viene todo esto o por qué ni para qué. Es una pregunta de tal calado y radicalidad que no se hace sin haber vivido, y no de poco sirve todo lo que hemos vivido si nos conduce a una cierta responsabilidad a partir de entonces. 

Solo el bueno puede caer en el mal. Se diría que al revés existe también la oportunidad. Como un vaivén. Aunque el texto no lo cita directamente, en el fondo esta parte del diálogo va sobre la posibilidad de virar la existencia en alguna dirección, habiendo reconocido al menos una primera parte de esta especie de único camino de dos direcciones, atisbando curiosamente su final. 

Como Sócrates está hablando continuamente con un sabio, le previene reiteradamente de la posibilidad de volverse ignorante ante tanta insistencia en su propio conocimiento. O dicho de otro modo, que hay realidades que no se aprenden jamás del todo y que, por lo tanto, requieren permanente atención. Vivir no es montar en bicicleta reflejamente, vivir no puede convertirse en rutina. No se despierta de la caverna una vez para siempre, por mucho que haya acontecimientos decisivos en la vida que lo trastoquen todo. No es que se pueda dar marcha atrás, que no siempre es posible. Es que se puede constantemente elegir el paso equivocado o ir a un ritmo impropio. 

Volviendo al tema. En la exposición socrática hay un punto de partida interesante sobre el que conviene poner un poco más la lupa. Si lo tomamos en serio, que es algo que siempre tengo dudas de que sea lo que hay que hacer con Platón, lo que viene a decir es que el inicio del que se puede hablar con más propiedad es la bondad. De ahí nace la persona. Ahí nace la persona. No en la maldad, como tampoco despierta adecuadamente por ella, sino por la bondad. Y es la bondad la que se pone en riesgo repetidamente, quizá sutilmente. Pero no sé si esto hay que tomárselo muy en serio, aunque esté señalado. El mal viene sobre nosotros con la capacidad de negarnos lo que somos, bajo la tentación de decir que somos lo que no somos o no somos lo que somos. Es un golpe a nuestra propia identidad que crea confusión, altercados y disputas, es decir, la ignorancia magna en la que no nos reconocemos ni frente a un espejo, ni en nuestra historia, ni se esclarece futuro alguno digno a la altura de la realidad y de lo posible. Esta ignorancia de lo que se es es ignorancia de lo que será. Y con ella vendrán los miedos, los temores, las dolencias, la precauciones, los disparates de todo tipo que, avalados por lo que otros parece que hacen porque hacen lo mismo a lo que nos vemos empujados terminamos tomando como lo más normal del mundo y casi la única salida razonable que permanece abierta. 

Para ciertos conocimientos está claro que es así. Para ciertos saberes, si se quiere decir con esas palabras. El estudio, el ejercicio, la medicina. ¿Pero qué pasa con el saber sobre la persona, no con el saber de una parte de la persona? ¿Qué pasa con la realidad de la persona en su conjunto, no con su inteligencia, no con su voluntad, no con su cuerpo por separado? Y, una vez más, quedamos empujados a reconocer que no es lo mismo, que no valen las mismas artes, que no hay técnica entre las técnicas conocidas. Y se da la vuelta al tema: si carecemos de sabiduría adecuada para ese asunto se cae en la maldad. Espero que se haya entendido la prioridad que aquí se pone en el conocimiento, en el saber, antes que en la ética. Porque luego se dará la vuelta en las partes para hacer ver su dimensión radical. La bondad, que debe anteceder a todo lo demás, no acepta técnica alguna. Sin embargo, las domina todas (o debería). 

No habrá persona buena, no habrá persona mala. Pero sí es posible que sea buena y mala. Es decir, que hay mejores y peores personas, sin ser la bondad o la maldad. De modo que, aquellos que amen la bondad serán los mejores entre los hombres. Y por bondad aquí se entiende, como en tantos otros lugares, a Dios mismo. 



 

martes, 20 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 72. (Platón, 344b - 344d)

Sigue hablando Sócrates, sobre la interpretación del poema de Simónides que ha sacado a colación Protágoras. Donde Protágoras ve una contradicción en Simónides, que Sócrates no reconoce, el propio Sócrates está haciendo una lectura de múltiples matices de una profundidad incomparable. Es como si estuvieran haciendo un comentario de texto un alumno de primer curso y un profesor a las puertas de su jubilación después de casi infinita acumulación de saber. Y el profesor le estuviera pidiendo al alumno que recogiera su testigo y aprovechase bien lo que tiene que decirle. No solo no hay contradicción, sino que es Simónides un aprovechado en su verbilocuencia de la brevilocuencia y buen consejo de un ausente Pítaco. Toda una indicación para los que llegamos después. 

Por un lado una alteración de lo esperado que confunde a quien no sabe leer bien. Por otro, un matiz no tan pequeño sobre el llegar a ser y el ser permaneciendo en el ser. En este segundo tema, lo propio de la persona sería la vida esforzada queriendo llegar a ser, entre dificultades, sin que se le ofrezca descanso alguno permanente o decisivo en el caso de que alcanzase supuestamente su meta en él. Es decir, que lo que tocaría honestamente es vivirse en permanente tensión respecto del bien, como en "llegando a ser", sin poder afirmar de una vez para siempre que se "es bueno", que se está en "el bien". Aquí se traza una línea divisoria entre seres divinos y seres humanos que no viene ahora al caso examinar, salvo para distinguir lo posible de lo imposible, lo posible por difícil que sea de lo imposible por mucho empeño que se ponga.

Aquí vamos a enganchar con un tema que, si no se ve bien, termina en una idea fatalista de la humanidad en su conjunto, sin remedio alguno, sin cura de ningún tipo, y que expone a cada uno de sus integrantes al sufrimiento y al sin sentido permanentemente, salvo que este decida con su libertad realizar poco menos que la locura de permanecer siendo bueno pase lo que pase. Porque de lo que trata es de la siguiente sentencia y su posible verdad o no, llevada a un examen sincero y no tomada como la excusa de siempre. Juntamos las dos para que todos las veamos. 

Por un lado, "solo un dios tendría tal dominio" como para permanecer en el bien. 

Por otro, "a un hombre no le es posible dejar de ser malo, si a él le alcanza una desgracia irresistible". 

Esto hay que pensarlo bien, que nos va demasiado en ello como para ir de puntillas. Lo que está diciendo el poeta es de gran calado, ciertamente una enseñanza que parece reproducirse reiteradamente porque se enseña de unos a otros. Algo así como que toda persona sucumbirá en el mal ante la presencia del mal mismo, que no se puede estar en el bien si llega el mal y el mal siempre vencerá atrayendo hacia sí a todo aquel que roce, sin que quepa resistencia. Los ejemplos se pueden multiplicar. Se responde al mal con mal, se le quiere vencer con mal y, por tanto, ahí está el fruto de su semilla. Y no cave otra. 

Luego se pregunta Sócrates a quién derriba. Evidentemente, no al que está ya tumbado, sino al que está de pie. Al que conduce, le puede torcer, pero no hay tempestad que despiste a quien no se mueve de su sitio, igual que no se equivoca nadie que no toma decisiones, en el ámbito que sea. Quien no hace nada, si es que hubiera alguien en tal situación, nada le puede pasar. Quien no vive, tampoco sufre. Pero quien vive, por la misma razón de vivir, está expuesto permanentemente a algo que puede superar, con creces, su capacidad para dominar la situación y, por lo tanto, puede afectar a su propio dominio en la situación. Distingamos esto último bien. Que una cosa es lo que ocurre y otra qué se hace con lo que ocurre. Si es en forma de diálogo, una es la pregunta que recibo y otra la respuesta que doy. Y aunque la pregunta quiera siempre llevarme, porque esa intención no siempre se oculta, no tengo por qué darle la razón de primeras y dejarme conducir por ella donde quiere verme. ¿O sí?

Lo que dice el poeta es que lo que nos sucede nos "causa" irremediablemente una reacción en su misma línea. Si alguien me hace bien, bien. Si alguien me provoca un mal, le daré otro. De modo que la persona y su mundo están en continuidad. Por así decirlo. 

En ocasiones no es un momento concreto y puntual, sino que lo que nos sucede puede durar. Como la noche, como la oscuridad que cada día nos abarca largamente. No es un instante, no es una situación, sino que puede darse también la reiteración de la situación, la vida sin escapatoria. No algo que llega y "pum", sacude y desaparece, sino que permanece, se mantiene. Incluso puede vivirse en la forma en la que se da algo como circunstancia de lo que no se pueda volver a salir, que abarque con su presencia todo el horizonte, sea cierto que vaya a suceder así o no. Es decir, que en ocasiones la noche se presenta tan oscura interiormente que se viva como si jamás se volviera a abrir el sol. Y no dudo que esto ocurra, porque de hecho es así. Una noche irremediablemente noche fuera de la cual ya no se vivirá. 

El excursos anterior es para no caer en la tontería infantil de considerar el mal como una bofetada que sorprende, duele un poco y se pasa. Porque la cara que ofrezca puede ser todo lo contrario, incluso la de verlo venir y no tener lugar alguno por el que escapar para no recibirlo, con la obligación no sorpresiva de tener que afrontarlo y someterse a su dominio. Con el miedo que esto puede provocar cuando nos damos cuenta de que es así, que ciertamente es así. 

Volvamos al texto. Que no hay que perder el hilo. De este modo el noble cede hasta hacerse malo. Insisto: cede, se deja llevar, cae, confunde el rumbo, hierra el tiro, descoloca sus principios, desnorta su horizonte, deja de resistirse, permite, concede, condesciende... Insisto: el noble hace posible con su acción que el mal avance en la historia, en lugar de detenerlo, permanecer, resistir, persistir en su bien, fortalecer su situación, aceptar el impacto. Y, ojo, que es fundamental esta diferencia. 

Otra cosa es el malo. El malo no tiene que ceder. ¡Claro! Solo puede ceder el bueno, como solo puede caer quien está de pie. ¿Será posible ser malo, ya que ser bueno se da por supuesto que es imposible para todo ser humano, sin excepción? ¿Es así como tenemos que ver este asunto y como debemos plantearlo si queremos ir por buen camino, sin ceder a repetir sin refutar las impresiones comunes de la gente? ¿Hay algo más o no que se pueda decir, con sólida esperanza, con firmeza verdadera o verdad firme, con bondad? ¿Cae siempre frente al mal el bueno? ¿El malo no tiene otra que seguir en su maldad sin moverse de ella, yaciendo para siempre? ¿Es posible el arrepentimiento, ya que tratamos así las cosas, respecto de la sabiduría, de modo que se haga, como mínimo, amiga o amante de ella sin poseerla y a una cierta distancia continuamente?










lunes, 19 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 71. (Platón, 343b - 344b)

Como el oráculo de Delfos, Sócrates hace escuchar a Protágoras, como de pasada, esta frase que enmarcaba la llegada de todo peregrino griego. Según cuentan, allí podía ser vista por todos. "Conócete a ti mismo."

Ha pasado a la historia grabada en la mente de Europa. Poco más hay que decir. Recoger las innumerables veces que se ha usado con alusión directa es casi tan imposible como rastrear su presencia indirecta en el discurso filosófico, en las búsquedas más profundas de la humanidad, en la educación de los pequeños y en la orientación de los adultos. 

Aquí aparece como un concentrado enigmático, junto a "De nada demasiado", menos trabajada y conocida, sin duda alguna. Esta segunda sentencia invita a la moderación de una forma negativa, como privación. Si la primera adquiere forma de mandato e imperativo, esta segunda es indicación general que para ser llevada a la práctica requiere vivir alerta, moderando, ponderando, sopesando. Quilón fue sin duda un sabio. Supo decir muy brevemente algo de gran excelencia. 

Para Sócrates, la sabiduría de los antiguos se compone con "brevilocuencia lacónica". Entre los sabios, según Sócrates, circulaba una expresión de Pítaco que decía "difícil es ser digno" por la que habría alcanzado fama. Los antiguos serían simples en comparación con los que vinieron después queriendo auparse sobre sus hombros, de modo que extendieron y alargaron -como yo hago precisamente en este blog- las sentencias que habían recibido para adornarlas con más bellezas y engrandecerlas más. Así, si los sabios aplaudían a los antiguos, también aplaudirían a sus repetidores y ampliadores. ¿O no? Es lo que Sócrates echa en cara precisamente a Simónides. No su frase, a decir verdad. Sino algo que late en su intención y que no es la sabiduría sino la "ambición de honores", la querencia hacia la gloria por medio del aplauso y no por la sabiduría en sí misma. Damos por supuesto que Pítaco no pretendía el aplauso de nadie, sino solo la sabiduría y que quizá esta frase por la que pasó a la fama simplemente se le cayó de los labios en una conversación sin más intención que decir, no enseñar a nadie nada. Pero quien la recibió la recogió y transmitió junto con lo recibido a través de ella: su deslumbramiento, su brillo. 

Simónides habría compuesto todo su poema en torno a esta tentación de superación de Pítaco. Y pide Sócrates a los que todavía escuchan que sigan su interpretación, su estudio, su examen. Pero en lugar de ofrecer sin más lo que él entiende que Simónides dice, lo toma como motivo de su práctica de filosofía junto con otros. 

ἐπισκεψώμεθα δὴ αὐτὸ κοινῇ ἅπαντες, εἰ ἄρα ἐγὼ ἀληθῆ λέγω.

La interpretación general de Sócrates es que Simónides se aprovecha de la sentencia de Pítaco para, corrigiéndola, engrandecerse. Y lo hace desde el inicio, con ese "men". Luego aclara el asunto: lo difícil no es ser digno, sino llegar a ser bueno de verdad. Más aclarado todavía: no hay unos buenos que lo sean de verdad y otros de mentira, sino que los que son buenos siempre lo son de verdad y, por tanto, "bueno de verdad" es una reiteración, un subrayado a través de la alteración del orden esperado en las palabras, del hipérbaton. "De verdad bueno" y "bueno de verdad". En resumen, un diálogo de Simónides con Pítaco para corregirlo sin que Pítaco pueda explicar su auténtica intención, si es que fuera por estos caminos por los que el poeta le ha atrapado. 

Un poco más adelante es cuando se comenta el otro asunto. Que una cosa es llegar a ser y otra permanecer en ello. 



domingo, 18 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 70. (Platón, 343a - 343b)

Estábamos con la sabiduría de los de Lacedemonia, de los laocontes, de los lacónicos. Lo suyo es, como en español entendemos igualmente, breve, conciso, directo, más que interpelar lo suyo es sentenciar. Y está Sócrates alabándolos en un gran discurso con pelos y señales, con cierta poética. Y nótese una vez más la ironía, por si alguien no se da cuenta. Y veamos la contradicción. 

Las frases breves se recuerdan fácilmente. Esa es su forma de sabiduría. De lo que ya hemos hablado en otro momento, después del primer discurso de Protágoras y en algún otro momento más. La brevedad, la contundencia, el no dejarse llevar demasiado por las palabras y que las palabras traduzcan acertadamente lo que quiere comunicar el pensamiento. Más aún cuando no tenemos claro lo que estamos diciendo, ni si estamos hablando de lo mismo. Lo cual sucede en numerosísimas ocasiones, según la distinta posición del interlocutor. De lo cual podemos deducir que el sabio que sabe que el otro es ignorante cuando quiere enseñarle, dada su sabiduría, tratará de hablar sencillamente para ser más comprendido; lo cual de la parte del ignorante es más complicado de ver, si el ignorante no ignora que ignora y no busca por tanto sabiduría, escuchando al sabio con una cierta apertura y docilidad. 

Se cita en este apartado, como síntesis de toda esta enorme sabiduría, uno de los principios délficos que más tenemos vinculados con el socratismo: 

“γνῶθι σαυτόν” καὶ “μηδὲν ἄγαν”

Son frases que, por su contudencia y enigmaticidad, dejan claro que dicen más de lo que dicen y no hacen que el continente eluda la responsabilidad del contenido, sino que lo ponen a su servicio diciendo, como es propio de la sabiduría, muchas cosas al mismo tiempo y permitiendo diferentes interpretaciones, lo cual sitúa la responsabilidad de aprender del lado de quien debe aprender más que del lado de quien se supone que está enseñando. De hecho, si tuviéramos que comprender lo que dicen estaríamos días enteros examinando. 

Algo parecido ocurre con otras culturas sapienciales en sus escritos principales. No son, al modo como entendemos conocimiento en nuestro occidente actual, conceptuales, definitorias. No conducen a algo, propiamente. Es más bien al revés, resitúan a quien las escucha o las lee, a quien las reciben. Le obligan a desaprender, a buscar. Le ponen en un dinamismo que no le ha calmado pacientemente. Le hacen probar el "filo" de la "sofía" y, por eso quizá, sean tomadas como las más sabias entre las sabias. Y digan, sin decirlo, que el aprender es de cada uno su responsabilidad. Y que sin vivir el camino no se puede disfrutar la meta. Porque el camino y la búsqueda que educa a quien la hace no se diera, se podría llegar al conocimiento sin la forma personal adecuada para hacerse -y ahora toca hablar de otra responsabilidad aún mayor- cargo del conocimiento que ha alcanzado. No lo puedo decir más fácilmente. Salvo que es conveniente proteger el conocimiento de quien no puede hacerse cargo responsable de él, no solo por su bien, sino también por el bien del resto de la humanidad. Algo que no practicamos demasiado hoy o probablemente nunca se ha hecho. Ni cuando dejamos que cada uno piense lo que quiera, ni cuando creemos que alguien sabe algo por el hecho de ser capaz de repetirlo sin haber hecho ningún tipo de esfuerzo integral con su persona para alcanzarlo y sostenerlo. 



sábado, 17 de julio de 2021

PROTÁGORAS. Día 69. (Platón, 341e - 343a)

Cuando se habla de Dios como "el que lleva una vida fácil" se está dando la razón a más de uno que, frotándose las manos, encuentra en la ignorancia de algunos la justificación, que no prueba, para atacar la fe de los creyentes. Una vida fácil o una vida difícil son cosas de las personas, que al cambiar de plano quizá resulten, como en buena teología se sigue diciendo, poco más que "idolatría", es decir, atribuir a Dios lo que a Dios no le corresponde. En este caso, la antropomorfización es griega y es lo que ellos fueron capaces de descubrir poéticamente en muchos casos. Al menos en mi caso, participo bien poco de todo esto en estos términos.

Cierto es que aquí se trata de un conocimiento, y ahí nos movemos, cualitativamente diferente. Incluso para el que conviene usar palabras distintas y que no se confundan la una con la otra. Mostrando que la razón humana pueda ser imagen de una Imagen mayor, en tanto que la humana es no inmediata, y esa no inmediatez la conduce directamente a una vía y la necesidad de metodologías exigentes rodeadas en su trayecto de numerosas desviaciones o equívocos, mientras que la divina es inmediata y no requiere de nada más que de sí misma para "conocer". Lo cual, dicho sea de paso, también nos lleva a considerar seriamente que las personas necesitamos, o nos vemos involucrados en este campo antes de que podamos darnos cuenta, de mediaciones ajenas a nuestra propia experiencia y vivencia. No así el conocimiento divino. 

De eso va todo lo que trata el diálogo en este apartado y mucho más. Es fácil ver el recorrido que va a tener en la historia esta intuición y palabras. 

Sócrates se ofrece como intérprete de la poesía de Simónides, si es que Protágoras quiere escucharle y examinarle. Y el supersabio accede. No solo él, sino que más gente, entre la que Platón cita al mismo Pródico, que ha sido ganado para la causa y todavía tendrá que recibir más elogios en este discurso, e Hipias. 

Toma la palabra y expone lo que piensa. Primero nombrando la filosofía, de la que dice ser antigua y muy grande entre los griegos en Creta y Lacedemonia, y contando numerosos sofistas en sus tierras. 

φιλοσοφία γάρ ἐστιν παλαιοτάτη τε καὶ πλείστη τῶν Ἑλλήνων ἐν Κρήτῃ τε καὶ ἐν Λακεδαίμονικαὶ σοφισταὶ πλεῖστοι γῆς ἐκεῖ εἰσιν:

Pero ellos no niegan y fingen ser ignorantes, para no ser descubiertos. Y se hacen pasar por "fuertes" para que nadie sepa de dónde procede su superioridad. 

ἀλλ᾽ ἐξαρνοῦνται καὶ σχηματίζονται ἀμαθεῖς εἶναιἵνα μὴ κατάδηλοι ὦσιν ὅτι σοφίᾳ τῶν Ἑλλήνων περίεισινὥσπερ οὓς Πρωταγόρας ἔλεγε τοὺς σοφιστάς, ἀλλὰ δοκῶσιν τῷ μάχεσθαι καὶ ἀνδρείᾳ περιεῖναιἡγούμενοιεἰ γνωσθεῖεν  περίεισινπάντας τοῦτο ἀσκήσειντὴν σοφίαν

A dónde conduce todo esto. A que los que quieren ser como ellos les imiten en cosas externas que no son las que realmente les hacen ser sabios. Hacen "mímesis" de lo que no es, creyendo que así alcanzarán fácilmente el bien que les hace superiores. Al no conocer la realidad, no pueden ser verdaderos "imitadores", no pueden hacer lo que realmente les hace ser lo que son. Para lo cual podríamos tener miles de ejemplos en la actualidad que confirman esta diferencia entre el ser y el aparecer, y de cómo la apariencia y la imitación puede ser "controlada" en cierto modo por las personas para lo verdadero y lo bueno o lo contrario. Algo en lo que profundizar y que daría para mucho más de lo que acabo de decir reflejando lo que aparece en el texto. 

Los de Lacedemonia no pueden ocultar su superioridad, pero se reservan para sí mismos el camino hacia ella. Es más, Sócrates sigue hablando y describiendo que, para que no se ponga en peligro todo esto, de vez en cuando purgan a los que están entre ellos, se reúnen a escondidas para dejar las cosas claras y, por supuesto, no permiten a nadie salir de allí, no sea que "desaprendan" la verdadera sabiduría y se contagien con otros, con las enseñanzas de otros. Mientras están juntos hay fuerza suficiente para mantener esta apariencia. 

Orgullosos de su educación, dice por ahí también. Por educación se entiende algo muy diferente a lo que entendemos hoy. Mejor dicho, por educación aquí no se habla de un sistema educativo reglado, sino más bien de una forma de transmisión local de generación en generación, no solo la reproducción de patrones de unos en otros para buscar una forma común. Se llama "paideia" a todo este asunto, que es más problemático de lo que parece a simple vista. 

Sócrates insiste en que lo puede comprobar cualquiera hablando directamente con cualquiera de ellos. No es una afirmación general, sino concreta para cada uno de ellos. Tal es su estima por el asunto. Dice que, aunque puedan parecer ignorantes en algunos momentos de la conversación, siempre tienen una "palabra adecuada" para tal asunto que da en el clavo. La descripción es muy bella y cargada de elogios. Aunque, de este modo, revela que no se oculta para siempre su saber y aparece para quien está atento en forma de "palabra digna de atención, breve y condensada". 

εἰ γὰρ ἐθέλει τις Λακεδαιμονίων τῷ φαυλοτάτῳ συγγενέσθαιτὰ μὲν πολλὰ ἐν τοῖς λόγοις εὑρήσει αὐτὸν φαῦλόν τινα φαινόμενονἔπειταὅπου ἂν τύχῃ τῶν λεγομένωνἐνέβαλεν ῥῆμα ἄξιον λόγου βραχὺ καὶ συνεστραμμένον ὥσπερ δεινὸς ἀκοντιστήςὥστε φαίνεσθαι τὸν προσδιαλεγόμενον παιδὸς μηδὲν βελτίω.

En español todavía conservamos "lacónico", con significado de sabiduría decisiva. Pues eso. Que los de allí estaban "perfectamente educados" en todas estas artes, que al inicio ha dicho Sócrates que eran "filosofía". Y sigue citando una serie de nombres que elogiaban tal educación y que se referían a esto que él está diciendo también.