martes, 9 de marzo de 2021

Leyendo "Eutifrón" de Platón (8)

¿Acaso todo lo justo es pío 
o bien todo lo pío es justo, pero no todo lo justo es pío,
sino que una parte de ello es pío y la otra no?
(Platón, Eutifrón, 12a)

El diálogo quedó ayer con Sócrates animando a Eutifrón para que no se cayera del diálogo de golpe, como se apaga hoy la red de vez en cuando dejándonos con un documento a la mitad y en las nubes. Pero vista la manera de retomar el examen, las preguntas van subiendo de tono y enrevesándose. 

Cuesta comprender esta pregunta por algo muy sencillo, que es a su vez la misma filosofía socrática: porque hablar sin aclarar de qué hablamos es, por sí mismo, confuso y crea confusión. Se percibe no solo en la traducción, sino en la formulación misma empleada. Buscamos qué es la piedad, en relación a los dioses; pero ahora, por si acaso aquello quedaba demasiado lejos y grande presa del misterio inescrutable, Sócrates hace descender la cuestión bajando de las nubes hacia la pregunta por la justicia, en relación con ella. ¿Qué tendrán que ver ambas? ¿Cuál será la prioritaria? ¿Será una parte de otra o ambas partes de un todo?

Estas cuestiones, de vinculación y pertenencia, no son de ningún modo minucias, pese a la densidad de su detalle. Siendo diferentes, o se miden mutuamente, o son medidas más allá de sí mismas. Nuestros días discuten esta misma cuestión en muchas otras realidades y de su respuesta se derivan consecuencias incalculables. Pero no son conceptos que señalan objetos sueltos del mundo material, sino conceptos abiertos que por sí mismos vinculan y valoran, en el sentido de dar dimensión o poner en comparación la realidad. El mero hecho de descubrir esos conceptos no atrapables como quien coge un lápiz o pulsa una tecla, ya es valioso y contagia de su valor a quien se ve inmiscuido en ello, es decir, sitúa a la persona, de algún modo, en relación con ese mundo de conceptos que no pertenece propiamente al mundo como hasta entonces es conocido. 

Sócrates ironiza con la fuerza y juventud de Eutifrón, pero quizá sea su propia escasez de años y experiencia la que le sitúe en la tesitura de no aguantar el tirón del atleta de las preguntas. 

Sin ruborizarse, se atreve a contradecir al poeta Estasino de Chipre y reordenar ante sus ojos la prioridad del respeto y el temor. Segando una parte del respeto se descubre el temor igual que una clase dentro de una especie, o una comunidad dentro de un grupo. En unos casos, vamos a decirlo así, aparecen juntos y en otros se separan, y uno puede aparecer sin que el otro esté presente. Hay seres de una mayor amplitud y otros que piden por sí mismos más finura, más detalle. Confundir ambos traerá consigo consecuencias inciertas. 

Lo dicho, respeto y temor no son idénticos sino diferentes, y uno "cubre más campo" que el otro. 

Que siga el análisis. Examina Sócrates lo siguiente: 

"Mira, pues, lo que sigue. En efecto, si lo pío es una parte de lo justo, debemos nosotros, según parece, hallar qué parte de lo justo es lo pío. Así pues, si tú me preguntaras algo de lo que hemos hablado ahora, por ejemplo, qué parte del número es el par y cómo es precisamente este número par, yo te diría que el que no es impar, es decir, el que es divisible en dos números iguales. ¿No te parece así?"

Atención al detalle, que no estalle la cabeza a nadie. Una especie puede contener, como se ve en el ejemplo, contrarios entre sí conciliados superiormente en una realidad que los abarque sin que entren en contradicción con ella. Dicho así suena mal, pero es nuestra forma de conducir diariamente la vida. Respecto a los números, ningún problema, espero. ¿Y qué pasa con lo justo y lo religioso? 

Eutifrón se moja, porque parece haber comprendido algo. Entonces, quizá por la capacidad heredada de Sócrates o el pinchazo de su "daimon", comprende la justicia como aquello que abarca el cuidado de los dioses (piedad) y lo justo restante sería la que sería la excelencia de la relación de las personas entre sí. El buen lector se habrá dado cuenta de la carencia de Eutifrón: al no tener palabra nueva, se limita a sustraer una parte de la justicia para la relación entre las personas, sin ser capaz de delimitarla con un concepto; simplemente es "lo que resta" en la fracción. 

Es probable que, por momentos socráticos como estos, Platón pusiera a la entrada de la Academia aquel eslogan de sobra conocido. 

En tanto que Eutifrón parece haber comprendido algo, el discípulo preguntón vuelve a marearlo una vez más. Ahora pide una sencilla "aclaración" conceptual: ¿qué es eso del cuidado? Porque Eutifrón ha dicho, literalmente eso: "el cuidado de los dioses". 

Para ilustrar su pregunta, Sócrates le enzarza. ¿Será un cuidado semejante a otros cuidados? ¿Es semejante el cuidado de los dioses al cuidado de los caballos, de los perros, de los bueyes? Porque es evidente que no todos saben cuidar caballos sino unos pocos, igual que perros y bueyes, y no se confunden ni entre sí, ni con quienes no saben cuidar ninguno de estos animales. ¿Ocurre lo mismo con los dioses? 

Los ejemplos nos llevan donde ya todos sabemos, si sabemos algo de la filosofía de Sócrates. Quien cuida lleva a la excelencia, a su máxima utilidad y mejora, lo que es cuidado; alejándolo, por supuesto, de todo lo que daña, pero obrando en positivo fundamentalmente sobre lo cuidado. 

Aceptado esto en relación al cuidado, la pregunta se las trae y Sócrates no espera demasiado para soltarla:

"¿Acaso también la piedad, que es cuidado de los dioses, es de utilidad para los dioses y los hace mejores? ¿Aceptarías tú que, cuando realizas algún acto pío, haces mejor a algún dios?"

Y nuestro querido Eutifrón se vuelve a revelar contra la pregunta, que en el fondo es su propio argumento y su propia razón, lo cual significa contradecirse a sí mismo y estar una vez más escandalosamente envuelto en confusión. Parece notar cómo se cierra la puerta, que hace un instante había abierto, por conducirle a un callejón sin salida que ha experimentado en primera persona. 

 "De ningún modo, por Zeus."

Seguimos sin saber, después de tanto, qué es lo pío, qué es lo justo, qué es lo divino y qué se debe hacer con todo esto. 

Ahora bien, lo del cuidado lo ha dejado meridianamente expuesto y, con esto, probablemente valdría seguir adelante una vida entera: 

"Cuidar es sacar utilidad y mejorar." 

No poner "algo", pero sí hacer algo, añadir una dimensión a la realidad. Por supuesto, restar impedimentos a su propia grandeza y belleza. Insisto: añadir, como mínimo, la relación en la que lo excelente se reconoce no autosuficiente y en deuda eterna con su cuidador, su sabiduría y su acción, aunque el cuidador no sepa ni explicarlo, ni traspasarlo. ¿Dónde te vimos... y te...?



Leyendo "Eutifrón" de Platón (7)

No sé cómo decirte lo que pienso, Sócrates,
pues, por así decirlo, nos está dando vueltas
continuamente lo que proponemos y
no quiere permanecer donde lo colocamos.

(Platón, Eutifrón, 11b)

Recuperemos pasión por Eutifrón, que está siendo emborrachado por Sócrates con sus preguntas. Y lo confiesa sin más. Como un joven que, en los primeros pasos prueba la seriedad del pensamiento y la vida, reconoce su posición pétrea y la falta de flexibilidad. Tal cual lo dice, en forma de pregunta. Ha vuelto a ser un niño al que le faltan palabras exactas para atrapar realidades exactas. 

Tanto Sócrates como Eutifrón parecen tener claro algo, sobre lo que no preguntan demasiado: los dioses o lo divino unificado. Sobre eso no preguntan, nadie sabe de dónde lo han sacado. Se limitan a hablar de que aman, quieren y casi sienten, disputan y se amigan, y con sus jaleos confunden y traen de aquí para allá como palabras escritas en nebulosa. 

El que sabía hablar y confundir, Eutifrón, asiste mareado al examen de sus propias palabras, como discursos dichos de tal modo que tienen como primera tarea convencerle a él mismo por mediación de Sócrates. Algo que, intento tras intento, no logra y está a punto de desesperarse y salir de allí corriendo. La referencia a Dédalo solo sirve, y no es poco, para indicar que hablar es una acción que construye, pero que las palabras de las que decimos ser dueños más bien, de algún modo, nos poseen vivamente e interiormente; es decir, las palabras, los discursos, las razones, creencias y opiniones nos construyen, constituyen. Claramente, las palabras nos hacen mirar en tal o cual dirección, remarcar o limitar, determinar aquí y no allá. 

Pasada la broma, en forma de descanso, Eutifrón ha cogido fuerza para no bajarse del burro y acusa (qué hombre éste) a Sócrates de ser él quien marea. El discípulo preguntón abandona su posición jocosa y se lo toma muy en serio, con unas palabras que realmente deberíamos considerar repetidamente: 

"Sin duda, lo más ingenioso de mi arte es que lo ejerzo contra mi voluntad. Ciertamente, desearía que las ideas permanecieran y se fijaran de modo inamovible mas que poseer, además del arte de Dédalo, los tesoros de Tántalo. Pero dejemos esto. Como me parece que tú estás desdeñoso, me voy a esforzar en mostrarte cómo puedes instruirme acerca de lo pío. No te desanimes. Examina si no te parece a ti necesario que lo pío sea justo."

Un arte, el de preguntar e indagar, que comienza en Sócrates mismo. Recordemos la discusión anterior, en la que se buscaba lo prioritario. Pues aquí está el sujeto no encontrado entonces, la piedra tirada en medio del lago y que está detrás del oleaje humilde al que la ciudad en su conjunto resiste con su rutina demoledora. Cientos de páginas, de todo tipo, se han escrito sobre este asunto. Es Sócrates el portador de la filosofía más allá de las palabras y el trasportado por ella, no quien la mueve, sino quien es movido. O bien por falta de voluntad, por el poderío mismo de la filosofía en su santidad y piedad, o bien por connivencia con ella, por ser más siervo que señor de su arte, por haber quedado atrapado en la gracia de la lógica, en su humanidad desdeñada. 

De ahí, con todo, aparecen a un tiempo dos movimientos: el primero contra sí mismo, que altera al otro con sus propias búsquedas, en estos diálogos y tantos otros; el segundo, querer paliar, en la medida de su fuerza, la desesperación del otro auxiliándolo del mejor modo que conoce: agarrándolo a la necesidad por encima de toda contingencia.   

 


  

lunes, 8 de marzo de 2021

Leyendo "Eutifrón" de Platón (6)

 ¿Lo pío es querido por los dioses porque es pío
o es pío porque es querido por los dioses? 
(Platón, Eutifrón, 10a)

El libro de Eutifrón ha pasado a la historia destacando esta pregunta. En el nuevo análisis de Sócrates, como se hace notar, el orden de factores altera radicalmente el producto y pone en evidencia la radical diferencia entre sujeto y objeto, para empezar, y la relación que hay de prioridad entre ellos. Curiosamente, aquí se busca el ser debido por algo, sobre lo que luego, a su vez, convendría preguntar. Pero se toma en origen, tomado como lo último, como lo primordial, como lo que hace que las realidades sean en su contingencia necesariamente lo que son. Una pregunta muy moderna, por otro lado. 

La pregunta pretende establecer la prioridad entre uno y otro estableciendo en el fondo una relación cuya sombra será alargada y alcanzará a toda la historia del pensamiento. Resumiendo mucho: realismo o idealismo. Está aquí, como en muchos otros lugares de Platón, ya enunciados. Las escuelas helenísticas se concentran en torno a esta cuestión. El pensamiento cristiano medieval, la modernidad y el problema del conocimiento, y todo lo demás hasta nuestros días. Incluso puede verse aquí ya el problema de la posverdad y el relato, como opción metafísica. 

Eutifrón, ante la pregunta de Sócrates, queda muy desconcertado y reconoce que no sabe lo que quiere decir. Así que el discípulo preguntón se explica al modo como suelen explicarse los maestros: con ejemplos. Primero, con diferencia de clases, de condición: "¿Algo es transportado y algo transporta, algo es conducido y algo conduce, algo es visto y algo ve?" Es decir, aquí no se trata de diferenciar cosas como quien diferencia churras y merinas, sino de hacer una diferencia constituyente, o como se quiera decir: una diferencia genética, de origen, de precedencia, de ascensión. Algo actúa de tal modo que causa lo actuado, da lugar a lo actuado. Por los ejemplos, es una acción que modifica la realidad sobre la que se actúa, que no era antes en esta condición y ahora se puede decir que lo es. No es un origen absoluto, no surge de la nada separándose de sí mismo, sino que provoca una transformación del objeto con su acción. 

Insiste Sócrates con un ejemplo de mayor envergadura si cabe, conectado radicalmente con una de las partes del platónico Banquete: "¿Lo que es amado no es una cosa y otra distinta de ésta lo que ama?" 

Cualquiera, con un mínimo de juicio, aceptará sin más la distinción socrática, este análisis lúcido y directo, cuya pregunta comienza a abrir campo en la realidad para considerar la existencia de diferentes campos que no pueden ser tratados de igual modo. Es más, lo que aquí se concluye es que unos, por la acción de otros, son llamados de una forma derivada. O sea, que algo es por sí mismo y lo demás no lo es por sí mismo. 

Volvamos al tema de la piedad, tratada como "amor". Lo amado es en tanto que es amado por alguien, no por sí mismo. Es lo que están examinando. Parece evidente que, al menos en un aspecto, se debe decir así desde la acción del sujeto. La pregunta es si lo constituye en "amado" con dependencia del "amante".  




domingo, 7 de marzo de 2021

Leyendo "Eutrifrón" de Platón (5)

¿Has oído a alguien discrepar diciendo que
no debe pagar su culpa quien comete injusticia? 

(Platón, Eutifrón, 8b)

La cuestión está así. Eutifrón defiende que las cosas amadas por los dioses, agradables a ellos, son las pías. Luego, si hay partidos rivales entre los dioses y luchas entre ellos, entonces hay cosas (y también personas) que son pías e impías a la vez, según qué dioses valoren su realidad y su acción. Por este camino, confusión. 

Es ahora cuando llega la pregunta citada arriba. Parece que nuestro mundo no ha cambiado tanto, porque la respuesta es la aceptación de la confusión y la ignorancia, o la mentira y la maldad. No hay acuerdo, no hay consenso, no hay pensamiento común y compartido con la verdad. Cada cual, lamentablemente, intenta defender aquello que cree que le beneficia. Lo cual, ciertamente, Sócrates pone en cuestión permanentemente. No se sabe ni lo que realmente conviene hacer. 

Las palabras de Eutifrón suenan, clarísimamente, a los primeros pasos de República. Leer a Platón es comprender por qué es un clásico intemporal: 

"Cometen toda clase de injusticias, pero lo hacen y lo dicen todo tratando de evitar el castigo."

El motivo, según lo siguiente, es que no discuten sobre el fondo último. Es decir, no lo dicen todo, no lo aclaran todo. Simplemente se quedan en la superficie y en las apariencias, que les escudan de algún modo. Si tratasen, según Sócrates, de si la injusticia debe pagar su culpa, quizá llegaran a algún acuerdo. Pero no pasan del lado de la razón, sino que permanecen en lo inmediato, en lo anterior, en la confusión de las evidencias sobre las que se puede decir cualquier cosa. 

Sobre el trasfondo, partimos aquí de que se comenten injusticias y eso resulta evidente aunque no sepamos cuáles son en verdad. Es decir, partimos de la constatación del sufrimiento y del mal; más del padecimiento que del cometimiento, más de su pasividad que de la acción propiamente. Y Sócrates, sin tapujos, invierte la cuestión como hará también en otros diálogos. Del qué al quién, de los dioses al problema del mal y la injusticia, de las disputas de unos a las de otros. 

Muy ilustrativa es la reiteración, que tanto daría para hablar y analizar la realidad actual, de las facciones, los partidarios en partidos, los acusadores vertidos en sus acusaciones. Demasiado real, política democrática en Atenas y política democrática de nuestros tiempos. Una simple constatación: el mal permanece en idéntico fondo. 

Conclusión: "Discrepan sobre un acto." Pero, sin saber lo que van a decir o sin decir todo lo que se debe decir, recortando la realidad, partiéndola. O bien lleva mucho tiempo, o bien están tan esclavizados de la ideología e ignorancia que los envuelve que preguntas más radicales resultan tediosas y prefieren en su torpeza seguir hablando, lo cual a su vez es prolongar y extender aún más la injusticia y el mal, sin detenerla. 

La filosofía (siempre socrática) es, en esto, profundamente terapéutica y se percibe algo mayor: frenar el ritmo de los acontecimientos con una pregunta en forma de acontecimiento que desbanque radicalmente su devenir. 

Dicho queda, se habla de cosas sin saber qué hay que decir de las cosas. Eutifrón afirma: "Sin duda." Y Sócrates pasa a examinar de nuevo su acción, porque estaba al principio convencidísimo de que lo que hacía era justicia, o al menos resistir ante la injusticia. Quizá todo lector se reconoce ahora a la intemperie, tan confuso como el mismo Eutifrón. Y Sócrates avanza: 

"¿Qué señal tienes tú de que todos los dioses consideran que (resumo) lo que haces es justo? Intenta demostrarme claramente que, sin duda, todos los dioses consideran que esta acción está bien hecha. Si me lo demuestras suficientemente, no cesaré jamás de alabarte por tu sabiduría."

Pide pruebas o señales, pero algo más también. Debemos detenernos en este "medio" interpuesto entre el criterio de toda realidad y la realidad misma, ese mundo al que, según Sócrates, la razón tiene acceso por medio de preguntas y cuestiones iluminadas en el diálogo y la confrontación. Aunque Sócrates lo trate en singular, lo cual es importante. 

Ahora Eutifrón se ha bajado de su entusiasmo primero. Ahora ya reconoce que no es tarea pequeña, aunque le llevará tiempo. Quizá pensó que convencer a Sócrates sería fácil, pero que dando vueltas lo lograría mareándolo, extendiendo sus discursos hasta perderse. 

El tema ha cambiado. Ahora Eutifrón es traído por Sócrates a conversar sobre su arte, elogiando a los jueces, que con pocas palabras reconocen lo justo y lo injusto y sentencian sin muchas dilaciones. 

Sócrates, a diferencia, no quiere perderse más en ese camino ya contradictorio. Le propone acceder por otra puerta, ya de por sí problemática, porque va a establecer una premisa que, según parece en la cabeza de Eutifrón es algo incomprensible. Y si los dioses considerasen en bloque lo que les agrada y lo que odian, ¿estableceríamos así -nosotros- lo pío y lo impío? Así que, dicho esto, Eutifrón acepta. 



sábado, 6 de marzo de 2021

Leyendo "Eutifrón" de Platón (4)

¿Sobre qué asuntos produce la disputa
enemistad e irritación

(Platón, Eutifrón, 7b)

Esta es, para mí, una de las cuestiones secundarias fundamentales de este pequeño diálogo entre el desconocido y acusador Eutifrón, que se presenta como adivino, y el Sócrates reconocido y acusado, cuyas preguntas actúan como relámpagos en la noche de quien cree que sabe sin saber que no sabe e intenta defender opiniones alargando respuestas o mareando discursos con tal de no apearse de la tozudez. 

Vamos al lío. Estaba Eutifrón feliz de su acción y de lo mucho que sabe de los dioses griegos. Pone al mismo Zeus como referente y su acción (acusar a su padre) como reflejo del dios del rayo, en paralelo prácticamente: 

"Los mismos hombres creen firmemente que Zeus es el mejor y más justo de los dioses reconocen que encadenó a su propio padre, y que éste, a su vez, mutiló al suyo por causas semejantes. En cambio, esos mismos se irritan contra mí porque acuso a mi padre, que ha cometido injusticia, y de este modo se contradicen a sí mismos respecto a los dioses y respecto a mí."

Su lógica funciona perfectamente con otros. Es capaz de encontrar la contradicción y, por tanto, la inconsistencia de la verdad que defienden, que hará aguas por algún lado.

Hablar de irritación y contradicción, de nuevo, quedan unidas y hay que comprenderlas de aquí hasta el final en forma de injusticia. Existen enfrentamientos, colisiones, choques, impactos de diferente orden. No hay tiempo de analizarlos todos. Apuntar simplemente que ciertos roces entre argumentos derivan en comprender con claridad que hay argumentos vacíos, desprovistos de dirección y sentido, de contenido o novedad, y que solo se explican cuando se refieren a sí mismos. 

Sócrates engancha a Eutifrón. Lo primero, que se muestre en su grado de convicción sobre su propio saber: ¿Crees que de verdad los dioses tienen guerras unos contra otros...? Y Eutifrón se refleja: "Yo te puedo exponer detalladamente otras muchas cosas sobre los dioses de las que estoy seguro de te asombrarás al oírlas." 

Atención a la respuesta desacomplejada de Sócrates, porque aquí comienza el repliegue para ni perderse, ni seguir adelante, y percibir la grandeza de su filosofía al estilo que después se alabará siglos y siglos después. El corazón, probablemente, de su método y forma: 

"No me asombraré... Ahora intenta decirme muy claramente lo que te pregunté antes." 

Detengamos el avance. Por así decir, no hablemos más y más, añadiendo ladrillos al edificio sin comprobar que tiene cimientos, que está apoyado, que se han usado las palabras adecuadas, que se comprende lo que esas palabras dicen. Definir, definir y definir. Poner coto, cercar, agarrarse. Así que, el atento discípulo preguntón vuelve a lo mismo: ¿Qué es en realidad lo pío? Es decir, qué es lo que comparten las muchas cosas de las que se llaman pías. Insiste el alumno en aclarar su pregunta: "No me pongas un par de ejemplos, ni muchos más, sino el carácter propio por el que todas las cosas pías son pías. ¿Qué hace que las cosas pías lo sean para que luego se puedan conocer como tales?"

Ahora, escuetamente, Eutifrón responde: "Pío es lo que agrada a los dioses, y lo que no les agrada es impío." En cada paso, nuevas cuestiones. Parece que acotar el tema no es tan fácil. Lo pío, la piedad en sí es lo agradable a los dioses; lo contrario será lo contrario. Por eso Sócrates sigue el examen, para que explique, para que saque de lo dicho lo que hay de verdad y concluya si es verdad o no Eutifrón mismo, con la ayuda inestimable del discípulo preguntón. 

Sócrates invierte la cuestión y distingue algo a tener en cuenta: actos y personas agradables para los dioses son píos; actos y personas odiosas para los dioses son impíos.  Y entre ellos son opuestos, tan diferentes que, si lo fuera, no se podría confundir uno al decir una cosa de los primeros y otra de los segundos. ¿Son palabras acertadas? Eutifrón considera que sí. 

Un paso más. En la teología mitológica griega, los dioses disputan y están enfrentados. ¿Sobre qué? ¡Fundamental! Esta es la pregunta de hoy. ¿Se puede discutir sobre aquello que es calculable y medible, es decir, sobre aquello que tiene un criterio establecido para el juicio de las realidades independiente de las realidades? Parece que no. Sin embargo, la diferenciación que Sócrates ha hecho revela que hay un orden de realidades, un mundo sobre el que la medida no es posible al modo como en el cálculo o entre lo mayor y menor. Lo matemático opera en un mundo de realidades que no agota la realidad y su límite sitúa a quien está examinando esta cuestión más allá de todo ello. 

Sócrates lo dice así: 

"¿Al disputar sobre qué asunto y al no poder llegar a qué decisión [la edición Gredos que manejo tiene una errata], seríamos nosotros enemigos y nos irritaríamos uno con otro? Quizá no lo ves de momento, pero, al nombrarlo yo, piensa si esos asuntos son lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo. ¿Acaso no son estos los puntos sobre los que si disputáramos y no pudiéramos llegar a una decisión adecuada, nos haríamos enemigos, si llegábamos a ello, tú y yo y todos los demás hombres?"

Aquí hay un salto importante, que se da sin justificar. No es lo mismo no llegar a acuerdo sobre un tema con carácter objetivante que ser enemigos en lo que no acepta tal tratamiento. Una cosa es no llegar a acuerdo y otra enemistarse. Pero aquí se sitúan simétricamente el conocimiento de algo y la reacción ética ante la alteridad de un juicio diferente al mío en el terreno de las no certezas medibles al modo como se suma o se resta. 

Pobre ética, en el fondo, que aplicada a los dioses hace saltar por lo alto su diversidad. Los dioses no discuten por "el mundo" de realidades, sino por el otro orden de realidades diferente al mundo que son lo justo, lo bello, lo bueno. De la opinión tomada como algo más que opinión vendría el enfrentamiento. Y Eutifrón le da la razón a Sócrates quitándosela a sí mismo. 

¿Por dónde continuar si este camino se ha desvanecido? Por algo muy actual y eje vertebrador de la posmodernidad, que en palabras tan antiguas puede resultar ridículo: ¿Hay algo de realidad en lo justo, lo bello, lo bueno o todo es mera opinión, ya que no puede ser "reglado"? En sus palabras: "¿las cosas que cada uno de ellos [podríamos incluir también a la humanidad en esto, aunque no sería lo mismo; cuidado con la lectura reducida y antropologizante] considera buenas y justas son las que ellos aman, y que odian, las contrarias?" O sea, que de común acuerdo, Eutifrón y Sócrates han llegado a la conclusión de que los dioses están en desacuerdo respecto de estas cosas y, por lo tanto, forman partidos y están enfrentados defendiendo cada uno su opinión. ¿Sin plantearse siquiera si existe una racionalidad superior? Parece que no. 

Dicho lo cual, el problema está claro. Cada uno defiende su opinión y de ahí, ahora sí, el enfrentamiento. No de la opinión, sino de la confusión entre su opinión y la verdad. De modo que, directamente las mismas cosas son hechas por los dioses, a tenor de su diversidad, en pías e impías. Y decimos de una misma realidad cosas contrarias. 

En el mundo actual, siglo XXI, hemos vuelto a los problemas del politeísmo vista la realidad desde la sociedad en su conjunto. Aunque no estemos en un ámbito igual y que Occidente haya crecido al abrigo del monoteísmo cristiano, lo cierto es que hoy vivimos esta misma pregunta sobre lo que es pío o no. Difícil de conjugar en lo teórico, quizá no tanto en lo práctico. 
 



viernes, 5 de marzo de 2021

Leyendo "Eutifrón" de Platón (3)

¿Qué vamos a decir nosotros, los que admitimos que no sabemos nada de estos temas? (Platón, Eutifrón, 6b)

Recopilemos el inicio del diálogo. Sócrates es acusado y encuentra a un acusador orgulloso de lo que ha hecho, porque lo suyo va más allá de lo común. Ha denunciado a su propio padre ante el tribunal en defensa de un extraño. Loable. Tanto que Sócrates decide, como de costumbre, convertirse en su discípulo para aprender de él. ¿Qué hace un buen alumno? Preguntar. Y en estas estamos. El alumno ha comenzado el examen de su nuevo profesor. ¿Cuál es el tema? El que Eutifrón dice saber: sobre la piedad y los dioses. 

En el final de ayer, en el que Sócrates se dice escrutado al máximo, da ya el paso para la gran pregunta del diálogo: "¿Qué afirmas tú que es la piedad respecto a cualquier acto? ¿Es que lo pío en sí mismo no es una sola cosa en sí en toda acción, y por su parte lo impío no es todo lo contrario de lo pío, pero igual a sí mismo, y tiene un solo carácter conforme a la impiedad, todo lo que vaya a ser impío?" 

Quien ya conozca mucho de Platón, ya sabrá todo lo que viene ahora. No se afirma con las palabras, sin más. La capacidad para determinar las ideas mostrarán en qué opiniones se asienta la vida y, si estas opiniones, son verdades, en caso de que se puedan alcanzar. El proceso de confrontación va, como ariete por los lados, probando la consistencia de las afirmaciones que se sujetan con la existencia, lo que se predica por tanto de esta. Por lo tanto, el mismo Eutifrón lo primero que responde sobre lo pío es su propia acción: "Digo que lo pío es lo que ahora yo hago, acusar al que comete delito...; no acusarle es impío."

Eutifrón se convierte en gozne entre el tema -en absoluto leve- del juicio y la justicia que involucra a personas y dioses, con la acusación o no acusación. Podría haber comenzado por otro lugar, pero las circunstancias y la conexión con la vida hacen que coja estos derroteros. En cualquier caso, es significativo, separándonos un poco del párrafo y viendo el conjunto, que la piedad entendida como reverencia, respeto, obediencia y amor a lo divino permanezca entrelazada a la justicia entre las personas. Y sus contrarios, según parece, deban y puedan ir en la misma dirección señalados. 

La lengua de Eutifrón y su entusiasmo, le conducen más allá. No solo se trata de acusar (enunciar algo de alguien, por lo tanto saber del tema del que se está hablando), sino de hacerlo más allá de toda circunstancia e independientemente de las contingencias propias de la vida. No sé si en forma de apisonadora que arrasa con todo, o porque una es la llave a la que, según quiere dar a entender, es posible reducir todo un asunto con sus posibles complejidades. Platón insiste en esa misma línea al hacer hablar a Sócrates y exigir sencillez en las respuestas para delimitar los problemas y centrarse en ellos. Aquí, con lo que quieren vérselas, es con una razón capaz de iluminar lo divino mismo, lo divino en sí. O, cuanto menos, su reflejo en lo humano, que sería la piedad conectada con la justicia. 

La parte segunda de la pregunta de Sócrates quiebra todo lo real en dos, como bien se sabe si se ha estudiado mínimamente. Este momento no es arbitrario, ni gratuito. Muchas veces no es comprendido, se toma como punto de partida para explicar todo sin adentrarse en sus razones. Sócrates ha observado y pensado que se habla con facilidad de las cosas, que son múltiples y diversas. En la realidad hay casi de todo, una enorme diversidad realizándose en cada momento, cambiando. De esa realidad, las personas se hacen cargo a través de la razón. Y la razón, perdón por la reducción, dice de unas y otras cosas semejantes utilizando palabras iguales para temas diversos. Luego hay una razón que se hace cargo de lo diverso a través de lo que es igual. Entonces, hay algo igual que, en sí mismo, deviene en diversidad. 

Lo anterior, sin entenderlo bien, es lo que suele decirse de Platón a bocajarro. Y, sin embargo, es fundamental. Solo hace falta ver cómo vivimos y cómo vamos "juzgando" toda la realidad enunciando cosas de todo tipo. Algunas muy graves, que creemos saber y resulta que no hay nada detrás del humo de las palabras. 

La posición Socrática es precisamente la de la distancia, la de la no confusión con uno mismo y las realidades últimas o la multiplicidad del mundo. Nos encontramos separados de todas ellas, y, aunque normalmente creemos estar del lado de lo sublime, lo común es cojear del lado de lo que muta, cambia, deviene, se altera. A diferencia de los sofistas, Sócrates no se pone a sí mismo como medida de todas las cosas, sino que se ve medido por el mismo ser y aspira a alcanzarlo de algún modo eligiendo el camino más elevado: el de la razón. 

Pues bien, Eutifrón justifica su posición con lo que él mismo hace. Y acto seguido dice algo muy importante. Seguimos en 6a. Tiene una "gran prueba": "no ceder ante el impío". ¡No olvidéis esto, que va a ser muy importante! 

Un Sócrates más que estupefacto le pregunta directamente a Eutifrón: ¿Tú de verdad te crees que esto ha sucedido así? No es la pregunta del escéptico, ni del inquisidor, sino de aquel que invoca al Dios de la amistad. 

Me he dado cuenta al terminar que no hemos comentado el tema de quien se sitúa en la ignorancia como punto de partida. Ya sabéis que se dirá que es quien sabe realmente de algo. 

Lo dicho. Poco a poco. A lo mejor en marzo termino este libro. Mañana sigo en 6c.  




jueves, 4 de marzo de 2021

Leyendo "Eutifrón" de Platón (2)

¿Y tú, Eutifrón, crees tener un conocimiento tan perfecto acerca de cómo son las cosas divinas...? (Platón, Eutifrón, 4e)

Parece que el amigo Eutifrón no frecuenta mucho el círculo socrático, ni le ha visto en acción. O es que llega caliente por el acto heroico que acaba de realizar. De modo que cuando Sócrates da un vuelco a la conversación, quizá por la inercia, sigue adelante como si no fuera a ocurrir nada y todo siguiera igual. Una sola pregunta va a servir para desmantelar al presunto hombre justo que actúa creyendo que es justo lo que está haciendo. 

Ya comenté que Eutifrón ha denunciado a su propio padre por un homicidio. La vida de las personas, que involucra a los mismos dioses, se convierte en asunto religioso y, por lo tanto, cuestión de piedad e impiedad. Los dos parecen tener claro que da igual si es griego o extranjero, familiar o extraño. 

La pregunta, sobre la que va a tratar todo el diálogo de aquí al final, con sus múltiples vueltas e idas, deja meridianamente claro que hay temas sobre los que mejor, de partida, tratar con humildad. Es probable que, sin ese primer paso, ni siquiera nos hayamos dado cuenta del alcance que tienen, respondamos de cualquier modo y prosigamos creyendo tener algún tipo de verdad en la que afianzar toda nuestra vida. Sin embargo, suena ya escandalosamente pretenciosa. Insistimos mucho en esto para hacer un buen examen: lo primero, comprender bien la pregunta. 

Sin embargo, Eutifrón el adivino, contesta sin miramientos. Merece la pena leerlo, para descubrir el orgullo del antifilósofo y cómo la sofística se había extendido, si no es acaso la situación propia de la persona que no ha despertado a una existencia más allá de sí mismo y lo básico que le circunda. Eutifrón responde: "Ciertamente no valdría yo nada, Sócrates, y en nada se distinguiría Eutifrón de la mayoría de los hombres, si no supiera con exactitud todas estas cosas." Queda dicho. 

Por lo tanto, el valor, la valía, la calidad humana se sitúa aquí en relación al conocimiento de las cosas divinas. Cuando, y es algo que se podría investigar pero que no nos da tiempo, a un mayor conocimiento de las cosas divinas quizá eso que llamamos "valía" pierda un enorme peso y relevancia a favor de otro asunto que conviene nombrar de otro modo y con otra relación: puede ser dignidad, puede ser vinculación, puede ser re-ligación, puede ser filiación incluso. Poco antes, el mismo Eutifrón se ha referido al "daimon" (espíritu) con el que Sócrates vive, al que escucha y atiende con reverencial obediencia pase lo que pase. Aquí, por tanto, que hablar de dos situaciones de partida respecto del conocimiento de las cosas divinas: la "adivinación" y la "espiritual". Sócrates, en verdad, no sabe dar cuenta ni siquiera de la suya, o de las raíces de la suya, ni de dónde viene ni a dónde le conduce. 

Dicho lo dicho, Sócrates ironiza (los jóvenes dirían: "en su cara") sobre si hacerse discípulo suyo, dado que sabe tanto. Así podrá aprender de Eutifrón para defenderse en el juicio con Meleto. Deja claro que, como siempre le ha interesado conocer las cosas divinas, pero parece que ha hablado a la ligera, lo mejor es tomarlo por maestro. 

Lo último, en este episodio, es algo que sonará a cualquier lector común. Llegado el juicio, Eutifrón usará la retórica, sin citarla, para desaparecer. Con eso será suficiente. Tiene un arte que le convierte en invisible y, entonces, no tendrá que dar la cara. Es más, con su capacidad adquirida, conseguirá que se hable de su rival, pasar desapercibido en sus asuntos y, probablemente, elogiado finalmente como victorioso. En castellano viene a ser como tirar la piedra y esconder la mano. Eutifrón conseguirá que nadie le impute nada, no ser responsable de nada e, indemne, lanzar a los demás contra su adversario. Tal es su destreza, su herramienta poderosa. 

Es interesante leer sus palabras: "Por Zeus, Sócrates, si acaso intentara presentar una acusación contra mí, encontraría yo, según creo, dónde está su punto débil y hablaríamos ante el tribunal más sobre él que de mí." Lo dicho. En términos de la tradición cristiana ignaciana, Eutifrón está dispuesto a comportarse como un auténtico "mal espíritu", a encarnarlo hasta el final estratégicamente. Por supuesto, esto es algo que solo se puede hacer si la verdad, la mentira, el bien y el mal te dan absolutamente igual. 

Lo de Sócrates es otro asunto. A él lo escrutan hasta el final, según dice. Doble ironía: dice querer quedarse como discípulo pero va a probar la medicina de la lógica y la argumentación, sin escapar, que es el verdadero examen; y, a su vez, Sócrates dice ser examinado por Meleto cuando, en realidad, la sentencia está tomada de antemano y ya no le caben, ni aceptará más preguntas radicales. 

Lo dicho, Eutifrón no sabe dónde se ha metido, ni tiene escapatoria posible. Es lo que pasa con quienes creen que saben más de lo que realmente saben. La prudencia y la humildad, de las que se habla muy poco en la sociedad del conocimiento del siglo XXI, son imprescindibles para la sabiduría, incluso para el conocimiento técnico, incluso para solo llegar a conocer lo que otros conocen y poco más. 

(A este paso, el mes se nos va a hacer corto para leer a Platón, no digamos para comenzar con otros textos. Veremos como va progresando el tema. Lo cierto es que me resulta completamente indiferente.)





miércoles, 3 de marzo de 2021

Leyendo "Eutifrón" de Platón (1).

¿Qué haces para corromper a los jóvenes? (Platón, Eutifrón, 3b)

Sócrates no está en su lugar habitual y es alcanzado por un extraño conocido, Eutifrón. Con él emprenderá esta nueva aventura, hasta hacerlo desesperar. El final del diálogo nos muestra al acusador huyendo de su lado mientras Sócrates le llama, una vez más, amigo. Parece que se ha hartado de no poder decir dos cosas con sentido ante el interrogatorio socrático.

El caso es el siguiente. Eutifrón ha ido al Pórtico del rey a denunciar a su propio padre, nada más y nada menos. Por lo tanto, está más seguro que nadie, si es capaz de semejante cosa, de qué es la justicia, qué es la piedad, qué es lo correcto, qué es el bien. Oportunidad que, por supuesto, Sócrates no va a dejar pasar en cuanto se entera. Eutifrón sabe que le llamarán loco. Lo que desconoce este adivino es que será él mismo quien se acuse de ignorancia y temeridad, y ya no sabrá si es un piadoso ciudadano que respeta a los dioses o lo contrario. 

La pregunta de hoy, como sabéis, es una de las tres acusaciones que se hacen contra Sócrates para llevarlo al tribunal de la cicuta. Corromper es una palabra en la que es mejor detenerse un poco más. Quizá contemplando el desecho en el que termina un buen alimento o una obra de arte dejada a la intemperie o lo que sea que se piense sin cuidarlo. Si bien muchas realidades se corrompen por su propio dinamismo generativo, en el caso de la juventud debería ser casi a la inversa. En ellos hay un potencial todavía por descubrir. 

Corromper es malear, destruir, pervertir. El riesgo del que nunca se habla cuando se aplauden los cambios. Que toda vida está situada en ese entre, del que no puede salir. Y si uno de los vectores aproxima a bien, el otro aproxima al mal. 

Cómo dicen que lo hace Sócrates. ¡Atención!: "Cosas absurdas, amigo mío, para oírlas sin más. En efecto, dice que soy hacedor de nuevos dioses, y, según él, presentó esta acusación contra mí porque hago nuevos dioses y no creo en los antiguos."

A partir de aquí, como bien sabéis, vendrá todo lo demás. ¿Qué es lo pío y lo impío? 



martes, 2 de marzo de 2021

Preguntas nada marginales. Día 2. Critón.

¿Por qué damos tanta importancia a la opinión de la mayoría? 
(PLATÓN, Critón, 44c, GREDOS, Madrid 1981)

Critón es uno de los diálogos conservados sobre Sócrates más breves. Muy recomendable. Comienza con el despertar socrático, apacible y tranquilo, en la prisión. Critón ha ido muy temprano, pensando quizá que su amigo estaría sin pegar ojo y desconsolado, quizá inquieto por la aparente buena noticia que porta: pese a estar cerca ya el barco que viene de Delos, conseguirá con su dinero (o cualquier otro) esquivar la muerte impuesta mayoritariamente en el tribunal de la ciudad; en resumen, alejarse de Atenas, para lo que también tiene plan propicio, y continuar con la filosofía como hasta ahora.  

Lo que no esperaba era encontrar, otra vez, al filósofo paciente y calmado, que parece tener tiempo para plantearse siempre preguntas e intentar resolverlas con el mejor de los argumentos. Critón es el diálogo en el que se vuelve a repetir la acción socrática: no tomar por bueno lo que aparentemente se presenta como tal sin examinarlo. Así que, queda hecha la pregunta y no cabe entonces amedrentarse ante ella ni por miedo, ni por comodidad, ni por cobardía. Al tercer día se acabarán las posibilidades para realizar lo que deba ser realizado. Por tanto, mejor proceder sin distracción y comenzar ya, aunque sea en diálogo con Critón, quien parece tenerlo todo claro. 

¿Por qué dar tanta importancia a la opinión de la mayoría?

La pasión se opone al criterio, la pasión tuerce la voluntad e impide contemplar rectamente la razón. Sócrates actúa movido por una paz difícilmente comprensible de pasada. Y digo actúa, porque buscar la decisión correcta es la vida que ofrece la filosofía situándose entre ciertas opiniones y las respuestas más impetuosas, liberándose así del común cautiverio del automatismo hacia la autonomía. Cuestión esta última, en relación a las Normas y Leyes, de gran calado en el diálogo. 

La opinión de los muchos, sobre la que supuestamente se funda la democracia si salimos a la calle a preguntar, no ofrece ninguna seguridad, ni confianza. Para que una asociación sea propiamente democrática debe estar compuesta por ciudadanos libres y, según se ve, eso mismo exige la libertad (no de título, ni heredada familiarmente) ejercida como tal por cada individuo y, como se sigue, demanda la filosofía. 

Esto no rompe lazos, ni crea divisiones. Al contrario, fortalece la relación haciéndola aún más imprescindible. Pero no en la medida en que unos se conquistan a otros y logran atraerse voluntades, sino en tanto que necesitados de la verdad y la justicia que requieren, dialogan entre sí en pos del argumento más solido y mejor. Es la única relación posible, que da lugar al acuerdo, a compartir el mismo logos, a disponer de la misma razón. Los muchos, esa mayoría inerte que se levanta con violencia, no son voluntades aunadas sino esclavos del discurso que, según el momento, más convenza según las artes retóricas y demagógicas en las que los sofistas están adiestrados.

El problema es evidente. Si bien para alcanzar la realidad, es imprescindible no detenerse en las apariencias y avanzar más allá de ellas hacia las cosas mismas, pero la realidad no engaña, en el caso de las personas la tragedia es infinitamente mayor, pues sí se elige la mentira sin pudor para destacar y librarse de los otros, para gobernarlos bajo la apariencia del bien y de la verdad. Algo que, incluso dicho con ironía, es terrible y letal para la humanidad, refleja la quiebra de su sentido y lugar en el mundo, si no su propio endiosamiento y a la sustitución de cualquier medida que no sea la propia en el ejercicio mal entendido de la palabra y la razón. 

Sócrates busca aquí coargumentar, aunque la apariencia sea la opuesta. Y se invierte la lógica de la sofísta totalmente, que sí contraargumenta para salirse con la suya sea por la vía blanca o la vía negra. Sócrates es un optimista recalcitrante y esperanzado que no se separa ni un ápice de la posibilidad que se abre en Critón de conocer el verdadero arte de la filosofía como búsqueda del Bien incondicionado y de la Verdad audible y comprensible. 

No en vano, en este diálogo las Leyes toman la palabra sin ser compañía de Critón requeridas como testigos en defensa de la decisión tomada por Sócrates: no cometer injusticia y punto, sea cual sea la circunstancia, dando la vida si el mandamiento lo exigiera. 

¿Será esta la mejor manera de construir un mundo más justo, en lugar de sacudir ciudades hasta derribarlas? ¿Hay que tener miedo a la voluntad de los muchos? ¿Qué ley impone la multitud cuando acaba con las leyes de la ciudad? 

"Danos crédito a nosotras (Las Leyes), que te hemos formado, y no tengas en más ni a tus hijos ni a tu vida ni a ninguna otra cosa que a lo justo, para que, cuando llegues al Hades, expongas en tu favor todas estas razones ante los que gobiernan allí." (54b)








lunes, 1 de marzo de 2021

Preguntas nada marginales. Día 1. Apología de Sócrates.

"¿Qué cuidador tienes la intención de tomar?" 
(PLATÓN, Apología de Sócrates, 20b, GREDOS, Madrid 1981) 

Sócrates (470 - 399 aC) convivió en Atenas tan ajeno a lo común que los comunes decidieron matarlo. Por votación, los muchos  establecieron que su destino debía ser el sueño de la cicuta. Pese las tretas propuestas por sus amigos para librarse, aceptó ese triste desenlace por respeto a estos otros tan otros, cuando le tomaron por enemigo de la democracia, de la ley, de la tradición y de los dioses. Aunque aquí hay algo decisivo, lo fundamental ocurrió aquí y allá en la polis, entre diversas compañías y diálogos, cargando obedientemente con su daimon y sopesando sin cesar a sus conciudadanos. Lo esencial de la filosofía de Sócrates se atisba en ser más sabio por decir irónicamente que sabía menos y, de ahí, examinar con acierto cada grieta y presentar las contradicciones de los que pretendían enseñar a ser personas en la dignidad que se requiere para serlo como prójimo expuesto a otros y junto esos mismos otros. No tenía escapatoria siendo fiel a sí mismo ante el tribunal y repitiéndose una vez más en el ejercicio de su filosofía.  

Esta pregunta no va dirigida a él en el juicio, sino que él se la espeta a Calias, padre de dos hijos. ¿Conseguirá desmarcarse Sócrates de los llamados sofistas? 

  1. El punto de partida es la indigencia, de ahí la exposición a otros. Llegar al mundo es ser recibido, en el pleno sentido de la palabra. Una orientación fundamental de la vida se masculla desde pequeños a medida que crece interiormente la libertad. 
  2. Sobre si hay alguien capaz de hacer a otros buenas (excelentes, virtuosas) personas o sobre ni lo hay en absoluto, la posición socrática no admite miramientos. Cada acción nos compromete sin excusa alguna. Por lo tanto, nos responsabiliza y también nos acusa de apoyarnos y confiarnos en opiniones más que en buscar la verdad, sin ser sus poseedores. 
  3. La palabra intención no traduce aquí cualquier asunto. Emparentada con la voluntad, se desmarca de ella por ser racional y gobernarla anticipando lo que es en lo que no hay.  
  4. Rescato de la pregunta, la vinculación del cuidado y la educación. Aunque en Sócrates formalmente es un interrogante, realmente es una alerta. ¡Cuidado con quién cuida! Por lo tanto, sabia distancia sin prisas, sin lanzarse demasiado rápido a la piscina porque está en juego la vida. Para quien no lo haya leído, si esta pregunta está al principio, el final de este libro dice así: "Ellos no me condenaron ni acusaron con esta idea, sino creyendo que me hacían daño. Es justo que se les haga este reproche. Sin embargo, les pido una sola cosa. Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos causándoles las mismas molestias que yo a vosotros, si os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son algo sin ser dignos de nada. Si hacéis esto, mis hijos y yo habremos recibido un justo pago de vosotros. Pero es ya hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios." El incorregible Sócrates termina así, con esta misión con resonancias tan evangélicas, y con otra pregunta que nuevamente muerde el alma viviente. 




 

Llevo tiempo rastreando preguntas. Al tiempo que comencé a escribir las de mis alumnos en clase, abrí ese mismo camino en las lecturas que he ido haciendo. Lo normal, aunque se diga lo contrario, es ir tan rápido a ciertas respuestas que el esquema general resultante de la filosofía es más una radiografía de huesos que la potente musculatura que sacude a quien se atreve con ella. También es verdad que ciertos filósofos no tienen claro su propio principio. 

Lo que haré este mes, independientemente de todo lo demás, es exponer algunas de estas muchas preguntas, sin más ánimo que remover las entrañas. Comenzaré, como no puede ser de otro modo, con el mismo Sócrates.