Fedro alaba la respuesta de Sócrates. Reconoce su bien decir cosas. Se expresa bien. Así que insiste en que más que recordar se ponga manos a la acción y haga un discurso mejor, que diga cosas diferentes. Le gusta la novedad a Fedro, como a tantos otros, que estéticamente disfrutan cuando se dan cuenta de que hay distintas perspectivas y no solo una. Y, para que sea más comprometida su escucha, promete una estatua de Sócrates en Delfos, como si fuera uno de los arcontes que ha faltado a su compromiso con la ciudad, y así reparar su acción. Nada más y nada menos que, de este modo, Fedro se muestra convencido de que no podrá superar lo dicho en Lisias.
Sócrates vuelve a la carga con más retórica halagadora. Más aún que Fedro, sus palabras brillan por encima de él. Acto seguido pide ir al asunto del discurso, aunque lo hace confusamente. Y dice justo lo contrario, pues la tesis básica sería que hay que conceder favores al que ama, y a esto se llama sensatez frente a la insensatez que gastaría el contrario. Si se dijera esto, más o menos así de sencillo, no habría nada que decir ni que aportar. Por lo demás, hay que dejar al orador sus cosas, que es hablar con inventiva y ser ingenioso, creativo o perspicaz. Hay asuntos básicos en los que lo común nos vale, y otros en los que el orador es ciertamente alguien que tiene una capacidad que se muestra muy superior a otros, pues en los temas difíciles puede mostrar una inventiva que otros no tienen.
Me quedo, de todo, con la división entre lo sensato (phronesis) y lo insensato (aphron). Una simple partícula relaciona ambos como si fueran dos horizontes opuestos. Evidentemente, nadie es o lo uno o lo otro. Pero en una decisión sí que puede verse o lo uno o lo otro. No en una vida entera, sino en lo concreto, singular y pequeño, frente a todo lo grande de lo que normalmente hablamos. Esta distinción, que en el discurso aparecía a la inversa, o se pretendía hacer ver lo contrario, como enloqueciendo en sentido común de cualquier persona mínimamente atenta a la vida desde la infancia. Aquí se devuelve, como de pasada, a su sitio normal. Y se insiste, de paso, en cómo las palabras pueden estar a su servicio o en franca oposición a su criterio elemental. No se pide mucho más. Es sencillamente señalar que el ingenio del retórico puede, o no, estar del lado del bien y la verdad. Es sencillamente dejar plasmado que la belleza, en cierto modo, se puede convertir en apariencia oscurecedora en lugar de transparencia o señal dignificante.
Fedro alabra a Sócrates por ser alguien que "ha medido bien sus palabras". O sea, que sigue a lo suyo. Y sigue por el camino del enamoramiento. Hace la concesión a Sócrates de que el enamorado pueda estar más enfermo que el no enamorado. Y acto seguido le recuerda otra vez su intención de hacer de él una estatua. Terminando tan retóricamente el discurso que a día de hoy cuesta comprender cuál es su hilazón.
Sócrates responde con dos preguntas. La primera, dejando clara su ironía. Que no debe ofender a nadie, menos a aquel con quien dialoga. La segunda, sobre el asunto, que Sócrates no quiere situar en intentar superar la elocuencia y retórica de Lisias, y se lo vuelve a decir porque todavía no lo ha entendido. Si acaso, lo que Sócrates hará será pensar el discurso, darle vueltas a quien lo oiga para que razone de otro modo y, con todo, abrirse un poco más el sendero de sus búsquedas.
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