viernes, 2 de octubre de 2026

FEDRO. Día 17. Platón 235d

Fedro alaba la respuesta de Sócrates. Reconoce su bien decir cosas. Se expresa bien. Así que insiste en que más que recordar se ponga manos a la acción y haga un discurso mejor, que diga cosas diferentes. Le gusta la novedad a Fedro, como a tantos otros, que estéticamente disfrutan cuando se dan cuenta de que hay distintas perspectivas y no solo una. Y, para que sea más comprometida su escucha, promete una estatua de Sócrates en Delfos, como si fuera uno de los arcontes que ha faltado a su compromiso con la ciudad, y así reparar su acción. Nada más y nada menos que, de este modo, Fedro se muestra convencido de que no podrá superar lo dicho en Lisias. 

Sócrates vuelve a la carga con más retórica halagadora. Más aún que Fedro, sus palabras brillan por encima de él. Acto seguido pide ir al asunto del discurso, aunque lo hace confusamente. Y dice justo lo contrario, pues la tesis básica sería que hay que conceder favores al que ama, y a esto se llama sensatez frente a la insensatez que gastaría el contrario. Si se dijera esto, más o menos así de sencillo, no habría nada que decir ni que aportar. Por lo demás, hay que dejar al orador sus cosas, que es hablar con inventiva y ser ingenioso, creativo o perspicaz. Hay asuntos básicos en los que lo común nos vale, y otros en los que el orador es ciertamente alguien que tiene una capacidad que se muestra muy superior a otros, pues en los temas difíciles puede mostrar una inventiva que otros no tienen. 

Me quedo, de todo, con la división entre lo sensato (phronesis) y lo insensato (aphron). Una simple partícula relaciona ambos como si fueran dos horizontes opuestos. Evidentemente, nadie es o lo uno o lo otro. Pero en una decisión sí que puede verse o lo uno o lo otro. No en una vida entera, sino en lo concreto, singular y pequeño, frente a todo lo grande de lo que normalmente hablamos. Esta distinción, que en el discurso aparecía a la inversa, o se pretendía hacer ver lo contrario, como enloqueciendo en sentido común de cualquier persona mínimamente atenta a la vida desde la infancia. Aquí se devuelve, como de pasada, a su sitio normal. Y se insiste, de paso, en cómo las palabras pueden estar a su servicio o en franca oposición a su criterio elemental. No se pide mucho más. Es sencillamente señalar que el ingenio del retórico puede, o no, estar del lado del bien y la verdad. Es sencillamente dejar plasmado que la belleza, en cierto modo, se puede convertir en apariencia oscurecedora en lugar de transparencia o señal dignificante. 

Fedro alabra a Sócrates por ser alguien que "ha medido bien sus palabras". O sea, que sigue a lo suyo. Y sigue por el camino del enamoramiento. Hace la concesión a Sócrates de que el enamorado pueda estar más enfermo que el no enamorado. Y acto seguido le recuerda otra vez su intención de hacer de él una estatua. Terminando tan retóricamente el discurso que a día de hoy cuesta comprender cuál es su hilazón. 

Sócrates responde con dos preguntas. La primera, dejando clara su ironía. Que no debe ofender a nadie, menos a aquel con quien dialoga. La segunda, sobre el asunto, que Sócrates no quiere situar en intentar superar la elocuencia y retórica de Lisias, y se lo vuelve a decir porque todavía no lo ha entendido. Si acaso, lo que Sócrates hará será pensar el discurso, darle vueltas a quien lo oiga para que razone de otro modo y, con todo, abrirse un poco más el sendero de sus búsquedas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario