sábado, 3 de octubre de 2026

FEDRO. Día 18. Platón 236c

Fedro insiste en que Sócrates debe hablar y expresarse del mejor modo. Y que todo lo demás no tiene sentido, porque así lo decidieron. Están dando vueltas para evitar lo inevitable, pero Fedro no logra todavía que Sócrates dé el paso y poder así escuchar su discurso para comprobar si es mejor o no que el de Lisias. De hecho, le recuerda que ya en algún otro momento de su vida otros le recriminaron que actuara tan esquivamente y, por eso mismo, logró desatar furia y violencia. 

Sócrates intenta de nuevo zafarse alegando que hará el ridículo en la comparación, por dos razones: ser un profano, o sea, que Sócrates se distancia conscientemente de toda retórica y muestra así que lo suyo no es eso; y porque hacer un discurso así es improvisar algo rápidamente, dar una respuesta ágil e ingeniosa. 

Fedro se vuelve con cierta furia, le pide que deje de tontear o le obligará a hablar. Es muy interesante este aspecto, que en otros lugares de los discursos es Sócrates quien lo emplea. Aquí se produce una inversión en los papeles habituales, pues los remolones suelen ser aquellos a los que Sócrates pregunta y no a la inversa. De hecho, lo común es que muestre muy solícito para el diálogo, pero no para los discursos. 

Obligado, Sócrates dice que accederá a hacer un discurso, con la cabeza tapada para no ver a Fedro y no sentir vergüenza. Pero justo antes ha dicho algo que es central en el discurso: Sócrates dice de sí que él es un amante de las palabras, un filólogo. 

Σωκράτης

βαβαῖ, ὦ μιαρέ, ὡς εὖ ἀνηῦρες τὴν ἀνάγκην ἀνδρὶ φιλολόγῳ ποιεῖν ὃ ἂν κελεύῃς.

En todo el diálogo esta cuestión será clave. Por dos razones, tanto por lo que pueda decirse del amor como por lo que signifique que nuestro acceso humano a la realidad sean las palabras, hasta el punto de constituirnos y construirnos con ellas. Ni poseedor, ni técnico de palabras, ni usador de palabras, sino un amante. O sea, alguien que trata a las palabras como el enamorado puede verse arrebatado por el amante en su presencia o en la soledad. Alguien que, de una manera u otra, no puede separarse de ellas y tiende a sentir esa llamada a la unidad y a la cercanía que, en el caso de las palabras, cobra un significado también distinto cuando se habla de ellas como vivas en el diálogo o muertas en la escritura. Amante de las palabras por lo que recibe y por lo que, como el loco e insensato, quiere entregar. 

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