miércoles, 30 de septiembre de 2026

FEDRO. Día 15. Platón 234e

La situación es la siguiente. Después del discurso leído y el primer intercambio, el único que no ha revelado la posición en la que está es Sócrates. Y de ahí su capacidad para actuar. Una estrategia que, con suma ironía, tiene desconcertado a Fedro, que en verdad ya ha manifestado todo lo que se puede esperar de él. ¿O no?

Analicemos la primera respuesta de Sócrates. En primer lugar, le da igual todo. Un buen punto de partida. Una radical indiferencia. 

Pero continúa negándose a sí mismo y preguntando si se tiene que alabar a alguien por decir lo que tiene que decir y poco más. Si es que este fuera el caso. Un elemento que aparece en otros muchos diálogos: la persona que se ajusta a lo debido, al tema propiamente hablando, y expresa su opinión de forma libre y pública, para otros. Aunque, en este caso, Sócrates le tira el guante al propio Fedro, respecto al contenido, mientras que él dice haberse fijado más en lo aparente y la forma, es decir, en lo retórico, en el uso de las palabras. Como a mí, sinceramente, el discurso le ha parecido repetitivo por escasez de contenido. Esto es, que el autor habla y habla, como diciendo cosas, porque en realidad solo tiene una que decir y es pobre, pequeña o insignificante. No se ajusta al contenido, entra en discrepancia formal con el tema y queda en un entretenimiento infantil, como le parecía a Fedro que Sócrates respondía de primeras. O sea, que se está tomando a broma lo que es más serio, en parte porque le da igual el tema y cree que con palabras más o menos bien usadas puede satisfacer populistamente a la masa que lo escuche. 

No le falta razón a Sócrates en este punto. En el fondo, lo que está en juego es el servicio que prestan las palabras como herramientas. De momento, solo son consideradas en su valor de medios portadores de algo más. Si cargan con mucho y se hacen pesadas por eso mismo, quizá no consigan su objetivo real que es llegar a buen puerto y transmitir algo relevante. Si se vuelven ligeras en exceso, será que nada soportan. Tendrían que ajustarse más bien entre ellas para alcanzar con éxito la meta. 

Las palabras pueden servir para profundizar. Una palabra se agarra, no se deja escapar y se la interroga para que suelte entonces todo lo que lleva dentro. Fijarse en la retórica es quedarse en lo superficial, cuando no está al servicio de la verdad. Este va a ser el tema realmente importante del diálogo a partir de ahora. Puesta la verdad en el medio, aunque solo sea intuitivamente, la retórica se vuelve problemática no solo por la calidad de sus formas, sino porque puede servir humildemente a la verdad o servir soberbiamente a su ocultación o engaño. Las palabras son el dedo que señala en medio del mundo en alguna dirección. No son cualquier cosa. Nuestra existencia entera, por así decirlo, es una palabra. Y sabemos que, al examinarla, lo relevante es qué porta, qué anuncia, qué confía y qué confirma. Sabemos que la existencia vivida así, como palabra, se somete por tanto a la luz de la verdad. 

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