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domingo, 21 de febrero de 2021

Duermevelas y vigilancias. Día 21

Hoy me levanté monopropósito: encontrar hermosas verticales angélicas. Sin duda alguna amanecí, tan despejado. Con una única pregunta: dónde será y cómo, si seré capaz de reconocerla. Motivación máxima. Energía desplegada. Ideal sometedor y subyugante. Lo mismo que en mí latía quería ver fuera. La vertical que una cielo y tierra, la vertical que quiebre la historia rígidamente en dos, que sea evidente y clarividente, que rompa lo ya roto. Un solo trazo. Tanta tensión sopesada para encontrar lo que creo que quiero y deseo, que despeja cualquier camino a machetazos. Quita de aquí. No me molestes. Vade retro. Aléjate y no me confundas. Tentación, muf. Yo seguiré firme, erguido y paseando. No se me doblará el espinazo. No perderá la cerviz su orgullo. Pisaré al pequeño junto a mí mientras oteo. Avanzaré demoledoramente tras mi objetivo. Solo al final del día me confesaré a mí mismo mi estupidez y que me he perdido. Entonces, solo entonces, estaré a salvo. Me mostrará en ese instante, todo junto y agolpado, cada detalle de la belleza a la que me he negado. Así, a la vez y articulado. Era el centro, y no una línea, lo que realmente deseaba, une todo y me concentra. 



Alcanzar, con el mínimo esfuerzo, el máximo saber posible sobre algo. Los libros también son buenos cuando ni se arrojan, ni se escupe sobre ellos. Son la carga de una generación obligada a elevarse por sí misma que no ha encontrado el regusto de quien calcula, seleccionando horas y apartando días, de qué podrá hacerse cargo enmudecido y alejado. Esta es una de las actividades más impropias de la naturaleza humana, en la cual algunos piensan que se ha tapado su esencia y que, como piratas, deben encontrarla guiados por mapas de lenguas extrañas e imprecisas. Nada de paraíso, nada de viajes aventureros, nada de nada de lo que se comúnmente se alaba sobre grandes diálogos, hallazgos misteriosos, explosiones de finuras. Realmente es inhumano quedarse entre la tinta y su pozo blanco, a la vuelta de lo subrayado, en la esquina de más abajo, en la corrección hecha al margen por el iluminado. Realmente no corresponde a nada digno quien aquí se queda amontonado, sustituido por el que vendrá detrás, sea por nuevo o por viejo. Realmente es espantoso decir que aquí encontrarás entre tantas copias algo original, que la segunda edición te servirá de algo, que perdiste la primera y ya no pasó el tren, que te dejaste ojear y juzgar en cinco o seis horas entremanos. Una letra por sí sola indica nada. Una línea quizá algo. Un párrafo para una cuestión. Una página para un entramado. Un capítulo entero dando vueltas a lo mismo. Un volumen sufre cortado, sin alargarse lo suficiente para llegar a sus hermanos. En conjunto, la biblioteca es la única que sabe cuánto falta, que pergaminos o códices viven sin carne ni hueso. Lo dice alguien que lee pensando, que piensa que lee, que lee lo que piensa, que piensa lo que lee, que le da vueltas sin reparo. Sobre todo cuando vive entusiasmado con su encanto. Al final los dejo desordenado y descolocado, con la tentación de quedarme con ellos en una vida sin confrontación, sin fundamento, sin hondura, sin diálogo. 




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